“Planta baja”, álbum de José Manuel Higareda

Óscar Muñoz comenta "Planta Baja", un disco del guitarrista José Manuel Higareda que, en primera impresión, incluye de elementos propios de varios géneros, como el jazz y el post-rock, por lo que es posible afirmar que se trata de una obra ecléctica... Incluye playlist, ¡súbele el volumen!

El disco de José Manuel Higareda, titulado Planta baja, incluye diez piezas musicales que, en la primera impresión, es notoria la inclusión de elementos propios de varios géneros, por lo que es posible afirmar que se trata de una obra ecléctica. Desde la primera pieza, que le da nombre al disco, son notorios los múltiples ingredientes musicales que José Manuel amalgamó en cada uno de los títulos.

Aunque de las distintas fuentes en las abrevó el músico, destacan las que ofrecen las sonoridades del jazz, las cuales logró fusionar en sus composiciones. Igualmente, son notables los elementos musicales propios del rock, mejor dicho, el post-rock. Precisamente en esta fusión de jazz y rock, también son relevantes detectados elementos sonoros de otros tiempos y latitudes, más allá de la globalización y la contemporaneidad

Al parecer, las piezas musicales corresponderían al post-rock, ya que en este género las composiciones son instrumentales, a pesar de la voz de Annel Sacramento que interviene en la canción Dzitiá, aunque ésta resulta más instrumental que cancionera. Respecto de su duración, si bien las obras del post-rock suelen ser extensas, pese a que las incluidas en este disco son cortas, no importa tanto, porque tienen otros elementos musicales propios de este género.

Uno de estos aspectos que están en las piezas de Higareda, además de su marcada influencia de jazz, es la del slowcore, que se caracteriza por melodías tranquilas, ritmos lentos y arreglos minimalistas. Otra característica es que el post-rock está influenciado por el género ambient, que favorece el desarrollo del sonido y la textura más que la estructura musical convencional, todo ello con el firme propósito de crean una atmósfera sensibilizadora.

En la mayoría de las obras del disco prevalece el sonido acústico, marcado esencialmente por las guitarras de Higareda, a pesar de las eléctricas que también intervienen, lo mismo que el violín y el piano. Respecto de los instrumentos de metal que participan, como la trompeta y el saxofón, son los adecuados para la creación de la sonoridad de jazz que permea casi todas las piezas.

Por otra parte, acerca del enfoque musical que tienen las piezas de Higareda, es posible afirmar que cumple con el sentido del post-rock: emplear la instrumentación de rock-jazz para crear música no-rock, ya que los artefactos utilizados son empleados para facilitar timbres (y no los riffs del rock) y texturas atmosféricas (y no los acordes potentes del rock).

José Manuel Higareda en el Teatro Manzanero.

Esta música de Higareda, además de sus sonoridades implicadas, provoca ensoñaciones, como si la musicalidad acariciantes condujera a estancias habitadas de tranquilidad. Lo importante en estas piezas musicales, más que reconocer algunos géneros incluidos, es lo que promueve: cerrar los ojos y dejarse elevar por encima de la vida misma para llegar a una dimensión en la que cualquiera sucumbiría con cada pieza del álbum.

En todos los casos, a través de la sonoridad del post-rock y los sobresalientes elementos musicales del jazz, el disco de Higareda ha permitido la inclusión afortunada de otros componentes sonoros, propios del rock latino, el bolero y el tango y otros estilos que destacan en cada una de las piezas del disco.

La composición que abre el disco (y le da título), Planta baja, resulta una ensoñación musical que no despierta aún al oyente, sino que le permite entrar en una vigilia inusitada. La segunda pieza, llamada Amanecer, impulsa un estímulo más vivo, aunque invadido de metáforas musicales tranquilizantes, ausentes de asaltos alarmantes (como el caso del despertador).

La siguiente, que está bajo el nombre de Enramada, parece hacerle honores al rock latino, acompañado de guitarras que se deslizan en medio de un placentero adormecimiento acompasado y con un tono “santanero”. La próxima, titulada Aventón, induce de lleno el rock más evidente con sus tintes post y eclécticos. Promesa es la composición que continúa, la cual proyecta la sonoridad más cargada de jazz, donde los instrumentos protagonistas son el piano y los metales.

En la segunda parte del disco, sigue la llamada Nostalgia, que celebra su título con las sensaciones nostálgicas que evoca la música que desarrolla el tema, para lo cual el violín provoca tal evocación; además esta pieza incluye una musicalidad que deriva de sonoridades latinas alejadas geográficamente, aunque cercanas en hermandad musical: Veracruz y Argentina, por lo que deambula entre el bolero y el tango y logra un resultado impresionante.

La séptima melodía, nombrada Mayab, desarrolla una serie de imágenes musicales que se amalgaman en una sola pieza con la delicadeza musical con que es interpretada. La octava pieza, Progreso, resulta un remanso de paz, propio de una playa, como la de Progreso, con todo y salpicaduras musicales de humedad marina.

La penúltima composición, titulada Dzitiá, se hermana musicalmente con la anterior, aunque hay mayor contundencia musical del rock a través de la instrumentación y la voz femenina que interviene. Finalmente, el disco termina con Sepia, una pieza que cierra perfectamente la obra mediante esa textura musical que, a estas alturas, ya caracteriza a Higareda.

No cabe duda que la creación de estas composiciones marca un estilo propio (como el nombre propio) y establecen una base fundamental para la publicación del próximo disco de José Manuel Higareda. Lo mejor de todo será que mantenga la tendencia hacia el post-rock y el jazz rock-fusión, que se asomaron en esta ocasión.

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