“Polvo lunar”, un cuento de Zeth Arellano

Como parte de su primer libro de cuentos, te presentamos "Polvo lunar", de Zeth Arellano, uno de los relatos que componen Ruinas Líquidas, el cual fue publicado a fines de 2025 por la Universidad Autónoma de Nuevo León. ¡A leer se ha dicho...!

Raquel observa su reflejo, ha perdido peso en las últimas semanas, la clavícula parece más un accesorio externo que una parte de su cuerpo, es como un ancla sobre la arena seca. Con el trabajo acumulado y la fecha límite de entrega a la vista, dejó de comer a sus horas y ha ignorado por completo el movimiento de las manecillas del reloj. Se peina las cejas, es un reflejo de su ansiedad, cuenta hasta llegar a veinte y baja las manos, sabe que está atrasada. Le ha costado tallar las figuras que expondrá en la galería de arte. La última semana, al despertar, ha corrido hacia su pizarrón de corcho a leer la carta de aceptación sólo para confirmar que no fue un sueño.

Ahí está el recorte del periódico con su nombre y los bosquejos abstractos de varias lunas que desea entregar, su peor miedo y lo que más la obsesiona. Todo se le resbala de las manos, de la mente. El nervio le brota, líquido, a través de las palmas y sólo puede secarlas en el mandil que se interpone entre su ropa y los otros elementos: las pinturas, el polvo de las lijas, los barnices. De pronto y como si jugara a los encantados se queda quieta y agudiza los sentidos, apenas respira, quiere estar segura de lo que sintió; abre la puerta y alcanza a ver los libros suicidas saltando desde las repisas.

Al principio un quejido leve de la tierra, luego un trueno seco, subterráneo; la siguiente sacudida, la tumba. Intenta levantarse y correr sin saber en qué dirección. El movimiento del piso no la deja avanzar, se esfuerza y sólo logra dar brincos en el mismo lugar. El vidrio de las ventanas se hace añicos y los objetos caminan, cambian de lugar. Suena la alarma sísmica a destiempo, gritos y ambulancias entran por las grietas, como si no hubiera paredes entre ella y el exterior.

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Cuando la respiración ruidosa de Raquel vuelve al silencio, aparece Emiliano en la puerta del departamento, con la piel muy blanca. La mueca en su rostro mantiene la calma, pero los ojos abiertos consumen a los párpados y lo delatan. Raquel le pasa de largo, se dirige a la cocina, nerviosa. Los dedos parecen escapar hacia el fondo de la bolsa de papel, encuentran el último bolillo y lo pellizcan para sacar el almidón. Aquella sacudida le ha movido los recuerdos de infancia, las ideas. Casi puede escuchar a la abuela Leonor contándole esas historias que le causaban pesadillas y siempre terminaban igual: si no quieres que la luna te trague, brilla, mi niña.

Emiliano extiende la mano para tocarla, no quiere presionarla, sabe que no debe. Cierra los puños detrás de ella, mientras sus ojos se mueven de una idea a otra, buscando las palabras, las acciones correctas para sacarla de ahí. Está viviendo el peor de sus miedos: terremoto, réplicas, emergencia, caos, noche. También a él le desobedecen las manos y las piernas, no la quiere perder.

—No encuentro mis calmantes —susurra Raquel.

Ambos ojean el gabinete de las medicinas, sólo ella lo abre y lo cierra un par de veces, como si a la primera no lo hubiera visto bien, busca algo más que frascos vacíos o medicamentos con fechas caducadas. Busca su valentía. Emiliano la jala con él hacia la puerta, se detiene para verla a los ojos y mientras la sostiene con fuerza de los brazos le dice con urgencia —El edificio puede colapsar, tenemos que salir.

—Pero la luna… —le contesta Raquel mientras frunce el ceño y dirige la mano hacia el calendario que apenas se sostiene de una esquina. Emiliano no necesita verlo para saber en qué ciclo de la luna están. Le guía las manos y las recarga sobre el barandal, cómo cuando amarras al caballo a un algo imaginario, esperando que se mantenga quieto. Entra al departamento a buscar documentos de valor, cobijas, lámparas, amontona todo en una mochila y la alcanza.

Ella se suelta y se peina las cejas de nuevo, pero ahora lo hace rápido, una, dos, tres, cuatro, siempre un número par de veces. Se inclina hacia enfrente, siente que la han pateado en el abdomen y el llanto le brota como de una presa que colapsa, ella está colapsando. Balbucea palabras, pero a Emiliano no le importa entenderla, necesitan evacuar el edificio.

Zeth Arellano es una narradora mexicalense que reside actualmente en Guadalajara, Jalisco.

Algo tintinea, Emiliano sabe que son los medicamentos psiquiátricos de Raquel. Cuando la conoció pensó que lo que sonaba en el interior del morral eran botellitas de alcohol; Ella nunca le pareció normal, pero era justo eso lo que lo atraía, hablaba como poseída de lo que la luna le hacía al organismo sin exponerse de manera directa a su luz.

—Imagina si sales de noche, no se puede confiar en la luna. —lo afirmaba con tal convicción que Emiliano dejó por la paz el tema. Siempre estaban en casa antes del anochecer y la ventana no se abría ni siquiera en luna nueva, a menos que hubiera sol.

Él debe revisar si hay algún calmante entre los frasquitos, pero le parece imposible detenerse y leer las letras chiquitas, por las réplicas, por la tierra que los sacude a los dos, porque es como estar en un tren en constante movimiento, porque la quiere viva y no atrapada entre los escombros del edificio. Tienen que salir de ahí.

Este volumen de relatos fue publicado a fines de 2025 por la UANL.

El cubo de las escaleras parece eterno y la poca luz no deja ver el final. La tierra convulsiona. A Raquel le lloran los ojos tanto como las palmas de las manos. Se frena en cada escalón que baja, no lo puede evitar, le aterra estar al alcance de la luz fría que despide el cuerpo celeste. Tiene la piel enrojecida y los labios se le parten, como la tierra que no ha probado la lluvia en años. Se vuelve a peinar las cejas: uno, dos, tres, cuatro. Emiliano no pierde la paciencia, al menos logró sacarla del departamento, pero sabe que no saldrán rápido si ella hace lo mismo cada diez o veinte escalones. Observa el reloj, aún falta un piso antes de llegar a la puerta. Todo luce callado, afuera es donde está la emergencia. La grieta en las escaleras los sigue de cerca, les pasa de largo.

Raquel siente que su cuerpo ya no le pertenece, dentro de ella hay una colonia de hormigas que se mueven en todas direcciones y escapan por los poros de su piel. Emiliano ve el fondo del pasillo, cómo entran las sirenas y sus colores, también el murmullo de una ciudad que se derrumba.

—Apenas puedo respirar —dice Raquel, con la cara abrillantada de sudor, jalándose el cuello de la blusa para abrirlo y sentir el aire que le falta. Emiliano se para frente a ella y antes de verla desmayarse la sacude.

—¡Concéntrate en respirar! Toma aire y suéltalo.

Raquel cierra los ojos e intenta seguir las instrucciones, pero su organismo rechaza el oxígeno, siente la anarquía de su garganta, ya no recibe órdenes, se cierra, está mareada y no puede gritar para pedir ayuda. Emiliano la detiene en el momento justo para evitar que su cabeza toque el suelo. La levanta y la lleva con él. Sale a la calle e intenta colocarla en el pasto, junto a sus cosas, pero ella se convierte, de los pies hacia arriba, en parte de los rayos de luz que emanan de la luna e iluminan la noche, en diminutas partículas de luz fría, tan frías que queman. Emiliano le acaricia el cabello antes de verla desaparecer y el roce le marca los dedos para siempre.

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