Roberto Beltrán y Rob Myers, por todo lo alto con la OSY

Potentes y novedosas tomas de tres obras se escucharon en el cuarto programa del 2025. El 14 de febrero de 2025, la Orquesta Sinfónica de Yucatán dirigida por el director huésped, Roberto Beltrán Zavala, junto con el trompetista Rob Myers como solista, nos hicieron partícipes de un fascinante laboratorio de interacciones sonoras, según Diego Elizarraraz. ¡Bravo...!

Potentes y novedosas tomas de tres obras orquestales para el cuarto programa de temporada. El pasado 14 de febrero de 2025, la Orquesta Sinfónica de Yucatán, sobria y minuciosamente dirigida por el reconocido director huésped, Roberto Beltrán Zavala, nos hicieron partícipes de un fascinante laboratorio de interacciones sonoras.

En la primera obra, la Obertura Trágica de Brahms, el director y la orquesta despliegan un complejo entramado sensorial donde cada instrumento actúa como un elemento químico, la armonía se fusiona con los conocidos timbres brahmsianos para revelar una sinergia de peculiar perspicacia. El director dirigía un intercambio donde la cuerda, como hilos de una red fractal, se entrelazaba en patrones simétricos que ayudaban a la construcción de un tapiz de líneas melódicas con las maderas que de forma sincrónica evocaba el poema para el cual la obra fue concebida. Las texturas en las maderas sustentaban un frágil pero sólido paño tímbrico, mientras los brillantes y resonantes metales irradiaban haces de luz en un prisma que  proyectaba espectros de lo que fuera un diálogo filosófico entre familias instrumentales donde cada una exponía su propio razonamiento.

El flujo en los metales combinaba la inevitabilidad y complejidad de la partitura mientras el director guiaba y la orquesta reaccionaba, casi como compuestos catalíticos, controlando con una sutil maestría el pulso rítmico y liberando una energía dramática que se asentó en la memoria. La obra, que se percibe como un solo movimiento, insinúa una reflexión íntima, un tanto como pensamientos efímeros flotando en la conciencia. Desde que escuché por primera vez a Brahms, encuentro que en sus obras – sin ser esta una excepción –, no solo plasma emociones, cuantifica y ordena la belleza en proporciones precisas, haciendo de sus obras un puente entre el arte y la ciencia de la música.

Para continuar, el Concierto para trompeta y cuerdas del laureado compositor ruso Vyacheslav Kruglik. De inicio se asoma un intervalo de quinta, de las manos – y pulmones –, de la primera trompeta de la orquesta, Rob Myers, unos compases iniciales que, si no hubiese sido por la reducida dotación orquestal, pasarían por una calca del inicio del poema sinfónico de Richard Strauss: Also sprach Zarathustra. Pero el Do-Sol es una finta, el tema ha de trascender en un crescendo soportado por la cuerda que llega a un fortísimo del cual paulatinamente desvanece el ímpetu sobre el que la melodía discurría. El fragor inicial del Allegro vivo también es engañoso, tan solo está preludiando un giro de afecto en la melodía que, a contrapelo de un motorizado y vertiginoso movimiento en la cuerda picada, evoca y recuerda – al menos en este que escribe – , un poco a Ravel y a Stravinsky.

Todo parece indicar que estas tres secciones previas eran el preámbulo de un melancólico y nostálgico discurso, más canto que monólogo, con más células rítmicas que tejidos o hilvanados tímbricos. Al final del canto el afecto es totalmente cinemático, una escena intensa y pasional que retoma el violonchelo a manera de antesala de un segundo discurso. Este segundo discurso, ahora pausado pero enérgico, alto y oscilante, es sutilmente complementado por una sedosa y profunda cuerda, ya en este punto ambas secciones devienen una, el director, el solista y la orquesta parecían emanar su conexión a través de una estructurada conclusión que trae motivos y técnicas previas para culminar con el unísono de un mágico Sol. Ya lo pronosticaba el crítico Máximo Hernández en el programa de mano: un gran estreno que dejará  huella en el alma de los melómanos. Coincido, dejó huella.

Acabados los diez minutos del intermedio, el director entraba para la interpretación de una de las cuatro sinfonías de Robert Schumann, la no. 2, dotada de una paleta sonora que transmite las complejidades de un experimento científico y la delicadeza de un poema. En el primer movimiento, la obra emerge con un llamado chamánico que recuerda la obra previa – ahora no es uno, sino casi todos los metales –, construyendo gradualmente una tensión dramática. La orquestación refleja la arquitectura sonora del periodo romántico temprano, Schumman usa, prominentemente, maderas duplicadas y cuerdas en contrapunto, huelga decir que la avezada orquesta interpretó delicadamente estas convenciones. Para el scherzo, un gesto virtuosístico orquestal, los violines ejecutan veloces pasajes mientras los alientos aportan un característico color tímbrico. Aquí, la textura orquestal parece un perpetuum mobile, similar a un sistema de partículas en movimiento browniano.

De la expresividad del tercer movimiento pueden dar cuenta la cuerda, con su naturaleza sumamente lírica, que teje una red de melodías con los clarinetes y oboes que añaden líneas expresivas, creando una atmósfera contemplativa que – al menos para este que escribe–, recuerda a la poesía romántica alemana. El cuarto movimiento es una culminación sinfónica que integra elementos temáticos previos en una brillante y correcta orquestación. Una obra destacable de Schumann quien como muchos de sus contemporáneos dominaba el género sinfónico, interpretada por una preparada orquesta encabezada por un prudente director huésped.

En las tres obras cada instrumento fue una variable en una fórmula, cada frase, un axioma, y la orquesta, un laboratorio vivo investigando y experimentando la esencia de cada obra y su compositor. ¡Bravo! ¡Gracias, OSY!

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