Un trueque funesto en el Chopo…

En esta ocasión, Óscar Muñoz narra en sus Crónicas Melómanas uno de esos sábados en el tianguis del rock del Chopo, y cómo la primera edición de un álbum de Gloria Trevi lo llevó a conocer a una de las cantautoras mexicanas más relevantes de la actualidad: Madame Récamier... ¡súbele al volumen!

A la memoria de Octavio Muñoz

Ya había amanecido, y era sábado. Así que me di prisa para alistar los discos que llevaría ese día a El Chopo. Ya había acumulado casi veinte años que llevar discos al tianguis de rock más importante no sólo de la Ciudad de México, sino de todo el país. Ahí logré completar mi colección personal de King Crimson en todos los formatos: vinil, compact disc, cassettes y hasta archivos digitales. Claro que también llevaba grabaciones de otros grupos y géneros musicales para el trueque… el intercambio… la catafixia.

Ya era tarde cuando, por fin, salí de casa rumbo a la vieja estación de Buenavista, que estaba justo a un costado de la avenida Insurgentes norte, dentro del barrio bravo de la Guerrero. Ahí, en el fondo del tianguis, estaba destinada un área de la calle para que los truequeros hiciéramos nuestros intercambios. En realidad, a pesar de que el espacio era exclusivamente para el trueque, todos sabían que ahí también había compra-venta de discos y cassettes. Y yo era parte de aquella banda.

Eso sí, en ese espacio de trueque, nadie debía instalar ningún puesto en forma, como sucedía en el resto del tianguis. Sólo nos estaba permitido ponernos en el espacio con los discos, que algunos los llevaban en cajas, maletas, mochilas y otros similares, pero sin sacarlos. Nos permitían, nada más, que la gente mirara los materiales dentro de los contenedores. Y si alguien se interesaba por algún disco o cassette, ya acordaban si lo intercambiarían o lo comprarían.

Por fin había llegado a El Chopo y, con gran premura, me adentré enseguida hasta el fondo del callejón. Cuando llegué, la mayoría de mis compas ya se habían colocado en los mejores lugares. Pero El Gato, mi mejor cuate del tianguis, me tenía reservado un buen sitio, junto a él, y ahí descansé mi pesada maleta. Con mucho cuidado, abrí el contenedor para que los discos de vinil que había llevado ese sábado los viera la gente a su paso. Esta ocasión, llevé una colección increíble para muchos. Era una compilación especial de los años setenta: la serie Rock Revolution, única en el mundo.

Sin embargo, en lugar poner a la vista alguno de los discos de aquella serie discográfica, coloqué por encima de todos los vinilos de la maleta un disco totalmente diferente a los que yo acostumbraba llevar. Además de que ese vinil no pertenecía estrictamente al género de rock, la intérprete era una cantante muy popular. Se trataba del primer disco de Gloria Trevi, titulado Qué hago aquí y publicado en 1989. La verdad, un disco equis, aunque un material muy codiciado. No cualquiera, de los coleccionistas y los fans, tenía aquel primerísimo vinil de la Trevi de la marca Ariola.

Yo sabía muy bien que ese disco pop me permitiría obtener una buena ganancia si lograba venderlo o, por lo menos, intercambiarlo por otro disco igual de envidiable. Aquel disco, muy bien conservado, por cierto, lo hallé en un tianguis de objetos viejos, el cual me había costado tan sólo veinte pesos. Por estas razones fue que puse el disco de Gloria Trevi por encima de los de la serie Rock Revolution. Enseguida, con una seguridad inusitada, me quedó a la espera de que llegara alguien interesado en ese disco pop, muy pop.

El día en El Chopo transcurrió sin mayores sucesos importantes. Los grupos musicales que cada sábado ofrecían sus tocadas siempre atraían gente de todos los gustos hasta el fondo del tianguis, donde se encontraba el tinglado para tales espectáculos. Y esa situación favorecía en mucho a los truequeros, como yo y mi cuate El Gato, quienes aprovechábamos las oleadas de darketos, punkeros, rockeros, góticos y demás fauna urbana para ofertar la venta o la catafixia de material discográfico.

En esas andábamos cuando una chava se acercó a mirar de cerca el disco de la Trevi. Enseguida, y sin preguntarme nada, ella lo tomó para ver de cerca la portada y la contraportada. Cuando la interesada se cercioró de que era precisamente el primer disco de Gloria, quiso comprarlo, y me preguntó el precio, y le pedí dos mil pesos. La chava se quedó unos minutos sin decir nada, sólo miraba el disco ya fuera de su funda, muy pensativa, hasta que mejor ofreció un intercambio: “¿Te late chocolate y Mi corazón a cambio de tu disco?”, me propuso.

Ja ja ja, solté la carcajada y le pregunté para qué quería chocolate y su corazón. Le expliqué que no me gustaban los chocolates ni tampoco era un azteca auténtico como para anhelar el corazón de alguien. Enseguida, aquella joven sacó de entre sus ropas dos discos compactos titulados Me late chocolate y Mi corazón, que eran de su autoría. En efecto, aquella mujer era Madame Récamier, una cantante actual del pop nacional. Entonces miré bien los compactos que me ofrecía la Récamier y pude reconocerla en las fotos de las portadas.

Impresionado, me quedé unos minutos sin habla, aunque luego que salí del trance, me negué al trueque, y le pedí algo más que Chocolate y Mi corazón. El disco de la Trevi ya tenía un precio de dos mil pesos, y la catafixia debía incluir mucho más que lo ofrecido. Así que ella sacó dos billetes de quinientos para completar y me los ofreció. El caso es que, al final del estire y afloje, la cantante me daría sus dos discos compactos, ambos autografiados, y los únicos mil pesos que llevaba. Y así, sin más discusión, ambos hicimos el trueque y todos contentos.

El tianguis, por su parte, ya levantaba sus puestos. Todos quitaban las lonas y las mesas, todo aquello que incluía cada exhibidor: discos, cassettes, camisetas estampadas, atuendos para la diversidad faunístico-urbana, tintas para los tatuajes, en fin, todo aquello que cada sábado constituye el mejor tianguis de rock. En este proceso de levantar puestos y mercancías, El Gato y yo cerramos las maletas y nos dirigimos al mercado Martínez de la Torre, para ver si alcanzábamos abierto el puesto de don Armando y comer unos caldos de gallina que tanto nos gustaba.

Luego que terminamos los siempre suculentos caldos de don Armando, los dos  hicimos un recuento de aquel sábado en El Chopo, y ambos quedamos satisfechos: El Gato había intercambiado uno de sus discos de rock urbano por uno de blues argentino, al parecer de Pappo´s Blues, y yo me llevaba los dos discos compactos de Madame Récamier, marcados con la firma de la cantante, uno de los cuales ya lo escuchaba en el walkman que siempre llevaba al tianguis. Y así, escuchando ese disco, los dos nos despedimos y cada quien se fue para su casa.

Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue descargar la maleta de discos y cassettes, poner todo en su espacio y subir a la recámara a tomar un descanso. Eso sí, con los audífonos aún puestos en sus oídos para continuar escuchando Mi corazón, de Madame Récamier. Con sigilo, me asomé a ver que mis hijos durmieran y regresé a mi cuarto. Vi que la madre de mis vástagos ya dormía; así que sólo me desplomé sobre la cama. Y así me quedé, en la profundidad de un sueño extraño, oyendo el disco hasta que se me acabó la pila y dejé de escuchar Mi corazón.

Compartir artículo:
Written By
More from Óscar Muñoz
El efecto espejo
CRÓNICAS MELÓMANAS DE PERRO NEGRO RECORDS IV. Aquella mañana me encontré con...
Read More
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *