A continuación, publicamos un fragmento del primer capítulo de la novela “Especies tan lejanas”, de Nayeli García Sánchez, publicada por la Editorial Sexto Piso (2024).
SE BUSCA PERRO
Pegué una de las hojas en el poste y añadí con pluma tres signos de pesos. Venir a Irapuato a buscar a mi papá y terminar, en cambio, poniendo avisos de «SE BUSCA PERRO». Del otro lado del estacionamiento del supermercado reconocí a mi novio por su forma de caminar, sin permitir que sus talones toquen el suelo jamás. Jacobo camina como si estuviera entrando a una habitación y no quisiera despertar a alguien. De puntitas, en sus zapatillas invisibles. Le hice señas con el brazo que tenía libre —bajo mi axila izquierda, el bonche de hojas— y él me devolvió el saludo. Habíamos acordado ir hoy a revisar algunos archivos, pero como se atravesó la búsqueda del perro era imposible que nos alcanzara el día.
Nada parecía fluir en Irapuato, tal como mi madre había anticipado. «Solo vas a ir a darte de topes». Sus palabras resonaban en mis oídos. Desde que tengo memoria he sospechado de su capacidad sobrenatural para manipular la realidad a conveniencia, pero con la edad aprendí a identificar sus mecanismos de chantaje. No tenía lógica pensar que su resistencia a que yo hiciera este viaje pudiera provocar que el perro se perdiera.

El Aquiles traía un huesito metálico de identificación, pero el número al reverso era de un viejo celular de Daniela, nuestra anfitriona. Penetrar tan rápido en las espesuras del universo de Daniela, que hasta hace poco era una desconocida para mí, había sido un desperdicio de tiempo y, sobre todo, de suerte. A dos días de dormir en su casa aprendí más de ella que lo que sabía sobre mi papá. El objetivo del viaje se había deformado por sorpresa. La función de Daniela era ayudarme a mí, no yo a ella. Me dieron su contacto para preguntarle por un hospedaje barato en Irapuato y cuando apenas le estaba explicando lo más básico de mis planes, ella me ofreció asilo en su casa. Le dije que quizás me acompañaba Jacobo y no respingó. Ella vivía con el Flaco, que se dedicaba a hacer malabares en el cruce de avenidas más cercano.
Si Daniela no hubiera sido tan cálida desde el primer intercambio de mensajes y luego al recibirnos, no me sentiría tan mal de que su perro hubiera desaparecido la segunda noche que pasamos en su casa. Al Aquiles de plano lo trataban como rey y estaba integrado a cada actividad de la familia. A pesar de su aspecto de peluche electrocutado, el Aquiles tenía una habilidad muy desarrollada para llevar y traer cosas: las llaves, los cigarros, la mota, el celular y prácticamente cualquier objeto que le cupiera en su pequeño hocico. Incluso Jacobo, que solo acostumbra a tratar con arácnidos, cedió ante el encanto de Aquiles; en parte por el contraste entre la gloria de su nombre y su carácter servicial y en parte por su mestizaje que cruzaba la capacidad de observación de un pastor alemán con la simpatía de un schnauzer.
Quizás su extravío era la señal más clara de que era hora de regresarse al Distrito Federal. La confirmación de que viajar a la ciudad natal de una persona que murió hace cuatro años para «buscar información» no tenía ni pies ni cabeza, como también me dijo Jacobo cuando le hablé la primera vez de mis intenciones. Sin embargo, ya estamos aquí y dadas las circunstancias, si el perro reaparece, al menos habrá tenido un propósito esta vuelta por el Bajío. En un arranque de fervor incluso le pedí a mi papá que desde el Cielo nos ayudara a encontrar al Aquiles. Mi carcajada resonó del otro lado del estacionamiento del supermercado, ¿a poco ahora ya hasta hace milagros el fantasma?

El sitio estaba desierto, aunque lleno de coches estacionados y quizás eso le daba un aspecto más triste. El taxista que nos llevó de la estación de camiones a la casa de Daniela nos contó que allá la mayoría tienen carro porque trabajan en Silao, a diez minutos de carretera. Se quejó de embotellamientos propios de una ciudad más grande: «Todavía fuera el d.f. lo entendiera». Repetí sus palabras varias veces, nadie se podía perder irremediablemente en un lugar como Irapuato: siempre te topabas a alguien conocido por el camino o la gente se enteraba de boca en boca si anduviste por ahí.
El sol no proyectaba ninguna sombra. La hora del día en que hay una iluminación exactamente vertical no deja espacio para sutilezas. Estoy en Irapuato porque leí en internet que mi padre había muerto. Yo lo andaba buscando para hablar con él, porque algo me había convencido de que ese era el modo de resolver no solo el trauma que implicó su abandono —cosa que, según se mire, no era urgente—, sino también los problemas que tengo con Jacobo y la relación con mi madre.
Dudo si «abandono» es la palabra precisa. En realidad, nunca fuimos una familia. Mi mamá se mudó al departamento de mi papá en Coapa y, cuando se separaron, ella fue la que se salió conmigo en brazos con el pretexto de protegerme. Yo crecí con la certeza que tiene cualquier persona abandonada: soy irrelevante. Ahora, cuando pienso en eso, me enoja que mi papá falló a su responsabilidad. Me molesta mucho la gente que no cumple con sus deberes. Era su obligación estar al pendiente de mí. Lo más básico. Si yo me comprometo con algo, lo logro y de la mejor manera posible; pero supongo que no todos tienen que parecerse a mí. Quizás mi mamá tiene razón cuando dice que él se molestó con ella y por eso no me buscó.
Demos por buena esa razón, la venganza indirecta. Bien, pues eso tiene caducidad. En primera, supongamos que el abandono le causó problemas a mi madre durante mis primeros quince años de vida: el dinero, la salud, la adolescencia…, luego el abandono parece irse contra mí. En segunda, conforme pasa el tiempo mi madre y yo somos dos personas cada vez más distintas. Sobre todo desde que ya no vivimos juntas no veo la razón por la que mi papá se sigue negando a buscarme. No toda yo soy mi madre, algo de él debo tener, y se necesita solo una poca de curiosidad para querer reconocerse en alguien.
Él podría buscarme porque es lógico pensar que nos parecemos y resulta intrigante saber cómo y en qué medida. A mí, por ejemplo, me gusta investigar a fondo cuando algo me llama la atención. Ahí está la colección de arañas patonas que tenía de niña. Llegué a reunir unas cien, con alfileres sobre un pedazo de unicel. Luego empecé a coleccionarlas vivas, pero se me morían. Entonces fui recopilando todo lo que encontraba sobre arañas para saber cómo cuidarlas. El dominó siguió cayendo y así llegué a la carrera. Mi mamá nunca aceptó ni entendió mi pasión, a la fecha sigue diciendo que mi problema es que no aprendí a olvidar. Al revés: eso es quizás mi único no-defecto. Hay una palabra precisa, mi única ¿virtud?

Siempre me acompaña la sombra afilada y puntiaguda de mi padre. No saber de él me arde como un fuego que no termina de aflorar en la comisura de los labios. Una tarde, en el momento menos pertinente, escribí su nombre en el buscador de Google. Los primeros resultados mostraban perfiles homónimos. El cuarto era su esquela. Lamentamos el fallecimiento del profesor David Bocanegra García (Irapuato, 1946-Estado de México, 2009), miembro fundador de la Universidad Pedagógica Nacional, q.e.p.d. Al lado del texto había una fotografía suya que yo nunca había visto (en realidad no había visto muchas), un perfil tres cuartos con un intento de sonrisa que se ahogó en mi garganta con una pena ácida. Su camisa tenía patrones de figuras en tonos tierra, el tapón negro de una pluma asomado desde el bolsillo del pecho. Detrás de mi papá, desenfocado, un árbol de jacarandas en flor. Esa foto deben haberla tomado en su trabajo durante alguna primavera, pensé. Las jacarandas (al igual que sus primos lejanos, los cerezos) solo abren alrededor de marzo y se supone que anuncian el paso a un mejor clima.
Me abrumó la soledad de haber llegado cuatro años tarde. La muerte es un lago quieto en el que las cosas —las discordias, las huidas y los quebrantos— se asientan hasta el fondo y recuperarlos de esa profundidad oscura requiere demasiado tesón. El mar siempre vuelve a empezar, pero los muertos no regresan. Era verdad que mi papá ya no se iría a ningún lado y que en términos concretos ya no podría decirse que siguiera abandonándome. Su afronta terminó cuatro años antes de que yo supiera, pero ahora su rechazo hacia mí por fin podía cuantificarse con exactitud: me abandonó veinte años. Si llego a vivir más de cuarenta, él solo habrá faltado a la mitad de mi vida. Conforme sigan pasando los años, cada vez me habrá abandonado menos tiempo.
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