Fui a ver Frankenstein de Guillermo del Toro —al cine, como debe ser— y lo primero que debo mencionar es que la historia, como toda adaptación, tiene modificaciones; algunas funcionan, otras no. Se omite, de alguna manera, que el Monstruo, a medida que se vuelve más humano, emula los aspectos negativos propios de su naturaleza comienzan a emerger. “Ten cuidado; porque no tengo miedo y, por lo tanto, soy poderoso”, escribió Mary Shelley en 1818. Esa advertencia, núcleo moral de la novela original, se diluye en esta versión, más melancólica que trágica.

En la cinta, se nos enseña a un Monstruo interpretado por Jacob Elordi que sorprende por su serenidad y contención. Lejos del arquetipo brutal o atormentado, este ser parece casi edulcorado, con una ternura que roza la idealización. El filme insinúa una historia de amor con Elizabeth que nunca cuaja, y en ese intento pierde parte del conflicto central: la metamorfosis del Monstruo de víctima a victimario. Shelley proponía un espejo social —el ser rechazado se convierte en verdugo—, pero aquí ese tránsito se diluye entre las intenciones compasivas del director, quien privilegia el humanismo sobre la monstruosidad.
Del Toro elige centrarse en la parte más “humanista” del monstruo, haciendo de Víctor Frankenstein (Oscar Isaac) un villano un tanto maniqueo, exagerado y bidimensional. No es sino hacia el desenlace que ambos personajes claudican, se encuentran y se reconocen como semejantes, en un cierre que recupera parte del pulso emocional perdido a mitad del metraje. Completan el reparto Christoph Waltz —encasillado de nuevo en un papel maquiavélico que poco aporta— y Mia Goth, la extraña musa de Ti West, cuya Elizabeth, librepensadora e idealista, no termina de encajar del todo en la atmósfera sombría del relato.
Aun con esas inconsistencias narrativas, la película se sostiene por su fastuoso diseño de producción. El Monstruo, de imponente presencia, evoca el Cristo en la cruz en un paisaje de Toledo de El Greco: su corporalidad elongada nos remite a un escorzo pictórico, una figura doliente y espiritual.
Su piel, compuesta de retacería humana, parece un rompecabezas al que no se le notan las costuras, quizás para desmarcarse de otras representaciones más grotescas. Se agradece que Del Toro se haya alejado de las versiones clásicas —el monstruo de Boris Karloff, por ejemplo— ya que propone una criatura más estética que grotesca, lo que se corresponde con el delirio de Víctor, quien busca dar vida o crear una obra de arte a través de la ciencia.
Como es habitual en su filmografía, Guillermo del Toro no puede —ni quiere— evitar su simpatía por toda clase de criaturas fantásticas. Provoca en el espectador una empatía inmediata hacia la malograda creación de Frankenstein, a pesar de que esta es capaz de las acciones más abyectas.
Es una aproximación similar a la de La forma del agua: humanizar lo monstruoso, sensibilizar al público hasta que se enamore de aquello que teme. Su Frankenstein es primo espiritual del anfibio enamorado de aquella cinta que le granjeó un Oscar: seres contrahechos que inspiran ternura y deseo, recordándonos que lo monstruoso puede ser también un refugio de la belleza.
Asimismo, el diseño del laboratorio de Frankenstein, se asemeja más a una armería steampunk que a la manida representación llena de tubos de ensayo, pócimas alquímicas y matraces en ebullición. La paleta cromática de la película —verdes, rojos intensos y un juego de claroscuros— funciona como metáfora visual de los personajes.
La primera mitad, narrada desde el punto de vista del creador, se tiñe de luces frías y contrastes barrocos; la segunda, vista a través del Monstruo, se suaviza y gana en calidez emocional. El espectador, testigo de ambas perspectivas, completa la mirada del realizador mexicano sobre el mito moderno de la creación y la soledad.

Una adición atrevida es la frase final atribuida a Lord Byron: “El día se arrastra aunque las tormentas impidan el sol; y así el corazón se romperá, pero vivirá roto”. Cita lúgubre y romántica que funciona como epitafio de ambos personajes: el hombre y su espejo, el creador y su criatura. Frankenstein de Guillermo del Toro no es una obra redonda: por momentos se extravía entre la compasión y el exceso de estética.

Pero su belleza visual y su hondura emocional redimen las carencias del guion. Y precisamente por ello, por su composición y su fotografía, vale la pena verla en la gran pantalla. En última instancia, es un filme sobre la soledad y el deseo de pertenecer, sobre la monstruosidad que late en lo humano. En este espejo oscuro, los diferentes y los inadaptados podrán verse reflejados en el abismo, aunque este, inevitablemente, les devuelva la mirada…

