Incluso la enfermera, que había asistido a innumerables partos durante toda su carrera, se estremeció al sostener a Isabela en sus brazos. Según el protocolo, debía iniciar el proceso de limpieza rutinaria: pasar suaves algodones por la diminuta cabeza de la niña, retirar con destreza la mucosidad y la placenta, para luego introducir con cuidado el bulbo de succión en la boca. Sin embargo, la mujer se encontró momentáneamente paralizada, como si estuviera de pronto frente al horror encarnado. El rostro de la bebé, iluminado por la blanca luz de la sala de partos, no reflejaba la serenidad habitual de los recién nacidos. Por el contrario, sus ojos poseían una profundidad inusual que le erizaba la piel.
—¿Qué le pasa a mi hija? —preguntó la madre removiéndose en la cama.
—La niña nació bien, Lucía, trate de no moverse —respondió el doctor examinándola, sin reparar en la mujer pasmada.
—¿Belén? —se acercó una compañera para sacarla del trance.
—El gesto, el brillo de… —dijo entregándosela a su colega.

La enfermera dio un largo suspiro y con la mirada perdida empezó a caminar hacia la puerta del quirófano. Se retiró los guantes y el cubrebocas y los echó sobre una charola. Con la cara descubierta, se pudo entonces notar su expresión: parecía estar perturbada, como si acabara de recibir la peor noticia de su vida y no tuviera ni la más remota idea de cómo reaccionar: el gesto vacío, el espíritu apagado y el sinsentido antropomórfico; recordó el cadáver de su hijo partido en dos pedazos inconexos. Salió por el pasillo y se largó sin decir una sola palabra.
—¿Salió mal? Doctor, dígame la verdad, por favor ¿qué tiene mi bebé? Déjenme verla —insistió la madre ahora con un gesto de verdadera preocupación.
Ya se lo imaginaba, Nina, desde que la concibió. Sabía que no saldría bien su pequeña porque no fue fabricada con amor. Y ni siquiera eso, no fue ni procesada con cariño. La llevó en su vientre como se lleva una verruga o un quiste. El padre de Isabela, o más bien el pendejo con el que había cogido sin protección en esa fiesta de Halloween, se había esfumado de su vida en cuanto expulsó su semilla dentro de ella. Pensó en abortarla cuando las tres pruebas caseras y el médico familiar se lo confirmaron, que estaba bien pinche embarazada y que no había vuelta atrás. “Pero claro que hay vuelta atrás”, le había dicho Leticia, su mejor amiga,“yo tengo un grupo de amigas que pueden ayudarnos, tienen una organización de apoyo para estas situaciones, nomás te tomas unas pasti- llas y tiras el producto”. Situación, producto, le parecían las pala- bras adecuadas. No es un embarazo, es un accidente. No es una persona, es un gargajo compuesto de células sin denominación. “Ni siquiera hay un nombre para llamar a esa cosa, a ese coágulo repugnante”, se consolaba con la misoprostol debajo de la lengua. La acompañó su amiga esa horrible madrugada. Los dolores, puede recordarlos, casi tan culeros como los que acababa de experimentar echando afuera a la niña. Toda la madrugada vomitando, cagándose encima. Eso no podía olvidarlo. Ni ella ni Leticia, de seguro, porque le había tocado presenciar el circo estomacal y, peor todavía, limpiarlo. Cuánta diarrea había salido de sí misma.
Varias veces pensó en que el producto, quizá por algún efecto fisiológico de la pastilla, había salido por el trasero. Fantaseaba con eso, con que salía el grumo genético en medio de un chorro de mierda y que se recu- peraba, que le volvía el oxígeno a los pulmones y que ya no le dolían la pelvis y el vientre. Fue una noche espantosa. Tanto así que, en algún momento de la madrugada, tomadas de las manos, las amigas rezaron y pidieron por la intervención celestial. Casi amaneciendo, Nina se volcó por última vez y cayó el jodido coágulo semihumano en el retrete. Sintió cómo volvía su espíritu. Por fin, una tregua, una oportunidad para el alivio. Lety y Nina miraron con cierto regocijo el manchón rojo flotando en el agua de color marrón. Un contraste asqueroso, pero anhelado en la intensa velada. Un mes después, la panza seguía creciendo. El feto estaba suspendido en su vientre. No había podido deshacerse de esa cosa. Y ni loca volvería a tomar esas malditas pastillas. Ya, ni modo, y a ver qué pasa. Así llegó hasta este punto, en el que la masa sanguinolenta aferrada a su útero, ya crecida, ya con brazos y pies y cabeza, había salido de ella para enfrentarla con la culpa o el miedo. Porque no sabía muy bien lo que sentía en ese momento. Se lo explicaba, sí, que la niña saliera mal por el químico, pero no se sentía culpable, o quizá un poco, pero lo que más le preocupaba era tener que lidiar con una niña enferma toda su vida: un cíclope, un bebé con la cabeza gigante, un demonio peludo. Algo había salido mal, estaba segura, para que la mujer se asustara de esa manera y se fuera sin decir ni pío.

—¡Que no! Está muy bien, muy sana. ¿Verdad, Jimena? Ya termi- namos aquí, ya puede cerrar las piernas, señora —explicó el médico dándose media vuelta—. ¿Jimena?
La segunda enfermera también había caído en un trance. Estaba bloqueada, sus extremidades temblaban como si estuviera haciendo un esfuerzo por salir de la catalepsia. Varias gotas de sudor se desprendían de su frente y se acumulaban en el cubre- bocas. El obstetra insistió un par de veces más, pero no hubo respuesta. Tomó a la niña en los brazos y la otra se destensó como si hubieran deshecho un nudo en una cuerda. Jimena se arrancó el cubrebocas y se puso a llorar. Se echó al suelo como si le hubieran dicho algo terrible. Párpados superiores elevados, labios alargados hacia atrás, tensión en el entrecejo, un síntoma del espanto, la gran pesadilla: metamorfosis vérmica, el cuerpo propio como un gusano saliendo de una manzana. Mientras tanto, allá afuera se escuchaba un alboroto, pasos que iban y venían por los corredores. Gritos distantes, plegarias, imprecaciones.
—¿Qué está pasando, doctor? Deme a la niña, por favor. ¡Quiero verla! —suplicó Nina sentándose en la cama con las pocas fuerzas que le quedaban.
—Señora, la niña… —la boca del médico se selló. Quedó en una postura extraña, como si estuviera cargando un trofeo, como si lo contemplara a la luz de la lámpara cialítica.
—¡Deme a la niña, por favor! —Nina se arrancó las venas de plástico y caminó hacia el doctor, quien sollozaba desconsolado en su propia parálisis.
La madre recuperó a Isabela con cuidado y el médico, a su vez, se quitó el cubrebocas. Descenso de las comisuras de los labios, elevación de los pómulos, respiraciones profundas, una decepción intrínseca: su padre se había cogido a su esposa y uno de sus hijos, en realidad era su medio hermano. La bebé tenía los ojos cerrados por la intensidad de la lámpara, así que Nina pudo examinarla con cuidado, le contó los dedos de las manos y los pies, revisó su vagina, el ombligo, le abrió la boca, le revisó el cráneo. Era una niña completamente normal. Estaba a punto de preguntarle al doctor por qué habían tenido esa reacción las enfermeras, cuando un chorro de sangre le salpicó en el rostro. El hombre se abrió el cuello con un bisturí y se fue de espaldas. Jimena se arrastraba por el piso, lloraba como un gusano desconsolado. Nina pegó unos alaridos que habrían excitado al mismísimo Hitchcock y entró un enfermero atraído por los chillidos de película de terror. La escena lo impactó. Una mujer recién parida, con media cara ensangrentada y con su bebé en los brazos. Una enfermera en el piso, reptando, dejando una estela de mocos y lágrimas a su paso. Y al fondo, el hombre con el escalpelo clavado en el cuello.

—¡Doctor Ruelas! —el enfermero fue y tomó los signos vitales, pero ya era demasiado tarde. El médico era un profesional, se había cortado la yugular y la pérdida de sangre fue masiva. El enorme charco rojo lo confirmaba. Volteó hacia el gusanillo que empujaba la puerta con sus brazos intentando salir—. ¿Qué chingados está pasando? Jimena, ¿qué pasó? ¿A dónde vas? ¡Responde! —se acercó a Nina y a la bebé para corroborar que no estuvieran lastimadas.
—Señora, ¿está bien? ¿la niña? —Nina asintió y abrazó a Isabela, que se había quedado dormida—. ¿No estaba Belén atendiendo este parto, Jimena? ¡Jimena!
El enfermero rodeó con sus brazos a Nina y la acompañó hacia afuera. Jimena seguía gateando por el suelo y no dejaba de gimo- tear. Otras enfermeras se acercaron a ella para atenderla, pero no decía ni una sola palabra, parecía que tuviera un grifo abierto en la cara. No paraba el moco y el llanto. Al fondo del pasillo, Nina pudo observar que la gente se arremolinaba delante de una ventana con el cristal roto. Unos se acercaban al dintel y echaban un vistazo hacia abajo. Belén se había lanzado a través de ella y se había hecho papilla sobre una ambulancia. Eso escuchaba que decían todos en el corredor. No sabían qué diablos había ocurrido. Y mientras entraba en otra habitación con su niña, el enfermero que las estaba orientando las arrojó sobre una cama y salió disparado. Afuera, un montón de personas estaba gritando:
¡Le está dando un infarto! ¡Código Azul! Al parecer, Jimena no lo había logrado tampoco. Y mientras la montaban en una camilla y atravesaban hacia terapia intensiva, la niña dio un largo bostezo. Estaba despertando de su primera siesta. Nina no había revisado sus ojos, la mirada que tanto había conmocionado al personal y al médico. ¿Qué tendría esa mirada? ¿Sería solo una coincidencia? Imposible. Aquello debía estar relacionado con su intento de abor- tarla. Si así les había ido a unos desconocidos que la trajeron al mundo con delicadeza, ¿qué sería de ella que intentó matarla? Ya lo descubriría. La nena abrió los ojitos y Nina desvió la vista.
¿Estaba preparada? ¿Cómo sería que esos ojos la acabarían? Tomó un poco de valor y fue a su encuentro. Madre e hija se miraron. Tenía unos ojos inmensamente preciosos, aceitunados y enormes. Nina sonrió, primero porque estaba conmovida por la belleza de Isabela y segundo, porque era inmune a cualquier cosa que fuera eso que provocaba su encanto visual. Le dio un beso en la frente, sin saber que la niña era un arma cargada contra todo aquel que fuera capaz de verla a los ojos.

En el pueblo de Bácum, había una partera yaqui a la que todos conocían como la Bachia y que, durante años, fue un personaje singular por su modo de traer la vida a este mundo. Su ritual, además de incluir plantas nativas, sahumerios con copal, santos de cerámica y una rara costumbre de escupir en dirección a los cuatro puntos cardinales, incorporaba unas cuantas imprecaciones cuando ya tenía al bebé en sus manos y justo antes de cortar el cordón que lo conectaba a su progenitora. “Vaya a chingar a su puta madre”, decía con esa formalidad lingüística y, por lo regular, las madres se echaban a llorar, porque se sentían aludidas. ¿A quién le dice? ¿A mí o a mi hijo?, se preguntaban con los ojos vidriosos. Sin embargo, la Bachia no se refería ni al niño ni a la madre cuando blasfemaba con fervor, sino a la Muerte, al negro espíritu de la Parca que, según ella, rondaba su casita de adobe. “No llore, mijita, no le hablo a su bebé, sino a la Flaca, que siempre anda rondán- donos a las mujeres cuando damos a luz. Le encanta la carne fresca a la muy culera. Pero no te preocupes, chiquita, nomás hay que ofenderla y se aleja. No le gustan las malas palabras, a la muy mamona. ¿Verdad, puta? ¡Órale, jija de la verga! ¡Váyase de aquí! Así hay que decirle, niña”. Y la otra, de pronto entendía las advertencias que le habían dado desde el principio, cuando le recomendaban a la comadrona indígena: “Cuando entres a La Gruta de la Leche, no te asustes, así habla la doña. Tú aguanta, verás que todo va a salir bien”.
La Gruta de la Leche, así le llamaban a su casita de adobe, porque el piso estaba blanco, blanquísimo, de tanta leche derramada ahí. Y es que la Bachia en verdad poseía una destreza virginal, sacra, celestial, para extraer la existencia sana del vientre materno. Su talento había trascendido las fron- teras de la región, convirtiéndola en un faro de confianza para las embarazadas que viajaban desde lejanas ciudades y pueblos, tan solo para atenderse con ella, porque decían, estaba bendita. Ninguna mujer se le enfermó, ningún niño le salió enfermo. Tenía una mano sagrada que, incluso, dicen en el poblado, llegó a hacer milagros. Fetos a los que les habían identificado enfermedades o síndromes genéticos en el hospital, salían saludables de la panza de sus madres, como si las palmas de doña Bachia borraran toda bronca hereditaria. Ninguna vida se le escapó a la anciana, quien, con su actitud tosca y descortés, parecía haber ganado una especie de tregua con la misma Muerte. “En esta Gruta de la Leche, nadie se va a morir, nomás yo”, murmuraba la doña con la autoridad de quien ha impugnado al destino en miles de ocasiones. A las mujeres les garantizaba con determinación que, sin importar las circuns- tancias o los malestares, el nacimiento sería exitoso. Incluso en los casos más complejos, la Bachia insistía en que la vida preva- lecería, como si su voluntad y su destreza pudieran vencer las leyes universales, solo tenían que darles a los bebés su primera leche, el calostro, ahí mismo en La Gruta, y el único diezmo que pedía era una gota derramada en el piso. “Sáquele la teta de la boca al chamaquito y exprima un chorrito en el suelo”, les decía a las mujeres recién paridas.
La Bachia había adquirido ese talento desde que era una niña. Había nacido con una mirada privilegiada. Desde que era una bebé, la gente del pueblo aseguraba que, al verla a los ojos, se producían imágenes de sueños futuros que los tranquilizaban o los mitigaban.

En muchísimas ocasiones, su madre, doña Chata Buitimea, quien había identificado la virtud de la niña desde su nacimiento, la había llevado como un amuleto con parejas que no habían podido concebir o que experimentaban abortos en los primeros meses de embarazo. “Háganme el favor, señora y señor, de ver a mi niña a los ojos por unos segundos. Ella solita hará el milagro”, comentaba sosteniéndola en los brazos, mientras los esposos, concentrados en no parpadear, se convertían en máquinas de fertilidad. La Bachia trayendo vida desde el principio de su historia. Así creció, conta- giando el portento, aliviando gente desconocida, creando células madre con solo acercarse a las personas. Supuraba la vida. Pero el destino es cabrón, es un joto gacho, un pendejo bien sarra con un sentido del humor de la verga, diría la anciana, porque cuando a ella le tocó fabricar a su propio hijo en su vientre, cuando tendría unos veinte o veintidós años, el sino culero se lo dio de comer a la Muerte. Vieja rencorosa, hija de la chingada. Se llevó a su niñito al mes de nacido. Le dio la otta taiwechia, la famosa calentura de huesos, que no pudo bajarle con la gobernadora ni con toda la energía acumulada que, supuestamente, tenía en las manos. Bestia, mal parida, patas de catre. Nada, no comía, no pasaba la leche de su pecho. En cuanto la ingería, la devolvía a chorros. Unos días después, al chamaco le empezó la angina de pecho y luego se puso morado y, finalmente, dejó de respirar. La Bachia no se deshizo de él, lo tenía al buqui ahí flotando en formol, dentro un frasco grande de mayonesa que le había regalado el doguero de la plaza, quien se decía era el padre de la criatura. Ahí lo tenía la vieja, sobre una mesita de mimbre, al lado derecho de su cama. Y así, la señora se recuperó y se dijo que nunca más le volvería a pasar eso. Desde ese día en adelante, burlaría a la muerte con más ganas, perra Catrina, pepenadora, coscolina. Un chorrito de leche derramada en el suelo, en nombre de Francisco Javier, su hijo muerto, arrebatado por la cabrona huesuda. Y mantuvo su promesa. Jamás volvió a perder un round contra ella en casi seis décadas. Un bebé, un chisguete de leche en La Gruta.
Hasta que un día, tendría unos ochenta, ochenta y dos años, otras hijas de la chingada, la vejez y la fatiga, la alcanzaron sin que se diera cuenta y una noche, mientras reposaba en su silla mecedora, la doña cayó en el gran sueño final y ya no volvió a este plano. La Bachia murió con los ojos abiertos. Así la encon- traron dos días después, con el frasco de mayonesa en el regazo y los párpados arriba. Quién sabe qué chingados estaría viendo cuando la palmó. Al niño, tal vez. O su reflejo en el cristal. O a la muerte despiadada que, de seguro, le dijo algo antes de llevár- sela. Intentaron cerrarle los ojos, pero los párpados volvían a subirse. “Vieja condenada, quiere seguir chambeando”, decía la sobrina que se encargó del servicio. Habrían querido coserle los ojos, pero ella lo impidió. “Si mi nana se murió así, con los ojos pelones, es porque así lo quería, y no se le puede hacer nada”, les explicó a los médicos forenses a los que se les ponía la piel de gallina cuando la doña levantaba los párpados.
En la pequeña y sucia sala de partos, conocida como La Gruta de la Leche, se realizó el último acto de la Bachia: su propio funeral. La vieja dejó indicaciones de que la velaran en ese mismo cuartito en el que se había cogido a la Muerte una y otra vez. Ahí mismo, donde cientos de mujeres habían dado a luz a cientos de hijos que le debían todo, su salud, su existencia. La casita estaba abarrotada de gente que se ponía de puntitas o echaba un vistazo por las ventanas para lograr verla así, mirando hacia la nada. Era casi imposible atravesar el mar de personas tan solo para mirarla mirar el infinito. Los niños más pequeños, montados en los hombros de sus padres, gritaban cosas como “¡La Bachia está viva! Que no la vayan a enterrar, pa”, o “Ay, apá, la viejita está viendo a Dios, ¿no la escuchan? Sáquenla de ahí”. Rodando el ataúd, un chingo de señoras lloraban dramáticamente porque habían perdido a la comadrona más chingona de Bácum.
Ya en el cementerio, cuando el cajón de madera descendió en el agujero de la tierra, el mundo pareció contener la respiración. Todos los asistentes, movidos por una lucidez incomprensible, cerraron los ojos y guardaron silencio. Solo se escuchaba el viento soplar y romperse en dos con las cruces de madera y los altarcitos de cemento, las cuerdas rasurando el ataúd con la fricción mientras bajaba. Y entonces, el silencio se vio interrumpido por el llanto de un bebé, un lamento que cortó el aire como una nota discordante en la sinfónica silente. Un rumor se propagó entre los presentes, alimentando especulaciones sobre su origen. Algunos susurraron que era el espíritu del hijo fallecido de la Bachia, manifestándose en ese preciso instante. Como si se hubiera salido del frasco de mayonesa, que por cierto fue enterrado con ella, para decirle adiós a su madre. Otros, más cínicos, insinuaron que la misma Muerte, resentida por la astucia de la anciana partera, la había conde- nado a una reencarnación profana. “Vas a reencarnar”, dicen que amenazó la huesuda, “pero ya no te dedicarás a traer vida, sino muerte. Te vas a llevar estos ojos y con ellos verás a la humanidad extinguirse”. La Bachia, según las elucubraciones de los supersticiosos, renació en ese momento en otro rincón del mundo. Quizá no muy lejos, quizá no muy cerca, pero pronto habrían de ente- rarse. Y eso fue lo que pensaron los jodidos paranoicos de Bácum cuando escucharon la noticia de que, al sur del país, un médico y dos enfermeras habían muerto en el momento justo en que una niña hermosa de ojos grandes y grises había llegado a este planeta.

