Originalmente “los volantes” eran hojas de papel, por lo general de tamaño media carta, que eran distribuidos en las poblaciones desde el aire, de ahí el uso del término. Tales volantes tenían una función eminentemente publicitaria, ya fuera para fines comerciales o incluso políticos. Sin embargo, conforme pasó el tiempo, resultaba muy costoso lanzar los volantes desde el aire, por lo que comenzaron a ser distribuidos en tierra: en el transporte público, en las calles más traficadas, en medio de las multitudes a pie y en otros sitios.
En las ferias populares, que algunas siguen funcionando de modo itinerante, sobre todo aquellas que se establecen temporalmente en los pueblos o los barrios urbanos para celebrar las festividades tradicionales de tales localidades, reparten volantes para invitar a la gente a asistir a algunas carpas donde ofrecen espectáculos increíbles, como el de la mujer araña o la mujer con barba o el hombre más fuerte del mundo. En otros lugares, como los locales sindicales o los templos religiosos o las instituciones públicas, son distribuidos volantes para incitar a la gente a rebelarse en contra de algún mal gobierno o resistir las huelgas o simplemente invitar a alguna ceremonia cívica o religiosa.
Bajo este contexto, cabe destacar otro tipo de volantes que fueron distribuidos en la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (Filey) 2025: los volantes literarios. La escritora Lil Fernández, de la ciudad de Cancún, distribuyó, en la Filey y durante varios días, relatos suyos del tamaño aproximado a una cuartilla, impresos en hojas tamaño carta y por una sola cara. Dichos volantes literarios, particularmente narrativos, los entregaba a la diversidad de personas que visitaban la Filey, principalmente adolescentes y adultos, a quienes al parecer están destinados los cuentos de Lil Fernández.
Entre sus relatos “volanteados”, destacan varios que giran en torno de asuntos íntimamente relacionados con la muerte. Por ejemplo, La caracola es un relato en el que la protagonista llega a la casa de Yaya para desalojarla, luego de la muerte de esta última, y, entre los diversos objetos personales de Yaya, Carmina (la personaje principal) se lleva una caracola, que parece encerrar el alma de Yaya. En otro relato de Lil Fernández, titulado El farero, presenta la historia de un anciano farero que espera el retorno de su amada, quien tarda en regresar, hasta que por fin ella llega aunque de un modo funesto. En el relato La Llorona, está la historia de un hombre que ofrece un ritual mortuorio a su amada, recientemente fallecida, pero, por azares del destino, descubre una noticia que nunca pudo recibirla a causa de la muerte accidental de la mujer.
Así, en esta línea temática están otros cuentos de Lil Fernández, como Axolotl y Carta a Santa Claus, de los cuales se ha elegido uno de ellos para que el lector disfrute estos volantes narrativos.
Axolotl
Por Lil Fernández
Iris caminaba por la calle con la mirada perdida y los ojos tristes. Se detuvo y se llevó ambas manos al pecho, porque el corazón le dolía. Era un dolor emocional que se expandía hacia todo su cuerpo, un dolor de culpa, de desesperanza. Un extraño le preguntó si estaba bien, si necesitaba ayuda. Ella le dijo que no y siguió caminando. Se sentía desconectada, suspendida en un mundo insípido y gris.
Decidió internarse en una calle estrecha que desembocó a una pequeña plaza. Había restaurantes con sillas al exterior, un joven soltaba enormes burbujas de jabón al aire y los niños corrían tras ellas. Fue entonces que aquel escaparate luminoso llamó su atención. A medida que se acercaba, los colores de las peceras creaban en ella un efecto hipnótico, como sumergiéndola en su propio líquido amniótico, el del último ultrasonido en el que el niño se movía como esos pequeños peces.
Salió a su encuentro la encargada, una señora mayor de largas trenzas oscuras tejidas con listones, la piel brillante curtida de sol y arrugas profundas.
—¿Qué está buscando, señorita? —preguntó la anciana mientras limpiaba una de las peceras.
—No lo sé… no sé qué quiero —respondió Iris en tono bajo, casi hablando consigo misma.
La vieja la tomó de la mano y la condujo al fondo del local. Iris se dejó llevar. La señora le señaló una silla y ella tomó asiento.
—Aquí nadie se va con las manos vacías, a ver, déjame ver tus ojos —dijo acercándose a su rostro —Ah, ya veo qué necesitas. Espera un momento.
La vieja entró por una puerta del fondo y luego de un par de minutos, apareció con una pequeña pecera.
—No entiendo. ¿Qué es? —preguntó Iris mientras la señora colocaba la caja transparente sobre una mesa con ruedas que deslizó hasta ella.
— Es una salamandra que nunca deja de ser una larva. A eso le dicen neotenia. Bueno, de esos términos científicos yo no entiendo mucho, pero si te puedo decir que, es un bebé eterno.
—No lo quiero. Seguro lo voy a matar.
—No te preocupes, viene con garantía. Si le cortas las extremidades, su aleta dorsal, o incluso si le dañas el cerebro, todo lo regenera y sin cicatrices.
Iris se acercó y miró al animal. Era blanco, parecía tener una melena plumosa de color rosa, pero lo que más llamó su atención, fue su dulce sonrisa. Sí, el animal sonreía todo el tiempo.
—¡Qué lindura!, ¿y cómo se regenera? —preguntó mirando a la vieja fijamente
—Pues es un misterio. Mi patrón, el biólogo, dice que es porque el ajolote es uno de los animales con el genoma más largo del mundo, pero yo creo que es por su origen.
—¿De dónde viene?
—De mi tierra, niña. De Xochimilco, en México. Al otro lado del océano. Está en peligro de extinción, por eso los tenemos allá atrás. Éste ya lo criamos acá. Dice la leyenda que Xólotl, el dios del fuego y el rayo se disfrazó de salamandra para evitar ser sacrificado. Mi abuela, que era chamana, me decía que el ajolote, es un animal de poder.
—¿Por qué quiere que me lo lleve?
—Porque ya te vi los ojos, mi niña: tristes. Son ojos de madre… sin hijo —dijo tomándola de los hombros. Iris rompió en llanto.
—Este dolor no se va a curar con nada —alcanzó a decir entre sollozos—, ni siquiera me deja respirar.
—El ajolote te va a ayudar a respirar. Lo hace con sus branquias bajo el agua, si sale a la superficie, usa sus pulmones, y si no es suficiente, puede respirar por la piel —dijo acariciándole la frente—. Imagina que es el nagual de tu hijo.
—¿Qué es un nagual?
—Es el alma de un animal que nos acompaña y nos guía. Todas las almas tenemos uno, desde la concepción. Por eso viniste. Tu nagual te trajo.
Iris miró fijamente la pecera y, con el índice, tocó dos veces. El ajolote se acercó y le sonrió.
—Llévatelo, y cuídalo. Verás que se regenera esa parte de tu corazón que se marchitó y estarás lista para intentarlo de nuevo.
—¿Cuánto cuesta?
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