Intenso brillo musical de Austria y Alemania en el Peón Contreras

El chelista Leo Schmidt recibió ovaciones en la OSY

Con historias y legados diferentes, Johannes Brahms, Robert Schumann y Franz Schubert fueron traídos a escena para que el 6 de octubre de 2017 crearan una de la noches más bellas de nuestra Mérida, haciendo la armonía con las lunas del mes. El orden del repertorio tuvo el buen tino de presentar a los dos primeros en curiosa demostración: sus nombres permanecen vinculados desde cuando fueron protegido y mentor en los días lejanos de aquel Leipzig, hace más de dieciséis décadas.

Encantado, el maestro Lomónaco promulgó detalles de las obras a interpretar. La Obertura “Festival Académico”, en solo diez minutos, estableció la magnitud de un genio que, reconocimientos aparte, es autor de una vastedad artística que puede entenderse solo si se le clasifica aparte. A esta obra la nutrió de temas que en su mayoría fueron del conocimiento popular, incluidas canciones de estudiantes que combinaban la vida bohemia con los compromisos universitarios, práctica que aun no da muestras de perecer.

Brahms ha sido considerado el compositor romántico más clásico por su cercanía y admiración a la obra de Beethoven, Haydn y Mozart, pero particularmente la de Bach, lo que ampliaría su definición hasta el Barroco. Lo cierto es, que siguiendo los pasos de Rafael, quien puso en un crisol lo aprendido de pintores que le precedieron, la música de Brahms puede decirlo todo en contrapunto sin evitar caer en la genialidad. En la elocuencia de la orquesta, el amasijo de virtuosos detalles fueron fuegos de artificio. Invocaron religiosamente el sentido de alegría, tal como está escrito en el pentagrama –como dijera Schumann– del versátil Elegido hamburgués.

Un cálido aplauso fue la bienvenida al versado alemán que llegó precisamente para interpretar el Concierto para Violonchelo Op. 129 de Robert Schumann. El joven maestro Leo Schmidt se presentó además con otra obra maestra en la mano, su instrumento italiano del siglo dieciocho y con una sincera sonrisa en el rostro. Deseoso de compartir su versión de lo compuesto por el predilecto hijo de Zwickau, se situó al frente del escenario y la música inició con el sobrio carácter habitual de un compositor que se debatía en decadencias de salud mental, pero que en su música era dulce y fresco como brisa de montaña. La obra en sí es semejante a un caleidoscopio. Transige y se convierte en caracteres disímiles, sin necesidad de pausas entre movimientos.

El compositor quiso integrarla como un todo, mostrando un paisaje que se disfruta tal cual es, con solo pasar la mirada de extremo a extremo. Hecha de tres partes plasmadas en alemán, son de un sentimiento nocturno: no muy rápido, despacio y exuberante, indicaciones de un tecnicismo rebasado por la suprema interpretación del chelo solista y por el manejo portentoso de una orquesta sinfónica. Hacia la parte media, integra una conversación deliciosa con el chelo principal, rodeados del acompañamiento discreto pero candoroso de los demás recursos sonoros. La exuberancia inscrita para el final pasó de matiz en matiz, del solista para la orquesta y viceversa, para cantar con acordes concluyentes la riqueza que nos llega milagrosa, de un alma atormentada pero celestial.

Franz Schubert, en su Sinfonía No. 9, D. 944 “La Grande” abrió las alas de su eterna juventud. Su existencia de solo treinta y un años, contrasta con la vastedad de esta obra suya, que el mismísimo Beethoven bien pudo desear para su propio legado. Está cubierta de enérgica inocencia, de exultación, es la copla perfecta de niños jugando a ser cantores, como precisamente fue la infancia del propio compositor, desarrollado en artes vocales hasta que la adolescencia dijo lo contrario. Habrá quien exprese la tristeza como norma en las composiciones schubertianas, pero lo mejor será dejar al espectador hasta qué punto esto se puede percibir.

Indudablemente, el compositor vivió la insoportable levedad de su ser en secreto, accesible solo a pocos que siempre le sustentaron como la joya que fue y sigue siendo. Al despegue de su edad enferma, debiendo tener esperanza para mayores logros, acabó en agonía antónima de sus creaciones perfeccionistas. La correctamente llamada “La Grande” está integrada por dos andantes, el primero no demasiado y el segundo con movimiento. Predecesor del gran final, un Scherzo allegro vivace, es refrendo que lo aproxima al lenguaje de Beethoven, en franqueza a través de la sinfonía como medio por el preclaro ideal romántico.

El cierre es un Allegro Vivace, frenético, lleno de sorpresivos matices en diálogos que son una gala para cualquier conjunto orquestal. Sus cambios armónicos se suceden combinados con escalas que ascienden en altura como en intensidad en un estado lleno de gracia, que lo mismo hace un nudo en la garganta o que motiva a una ovación sincera, espontánea como la que se llevó la preciosa Orquesta Sinfónica de Yucatán con esas luces impresionantes de un Romanticismo de diferentes densidades. ¡Bravo!

Si te lo perdiste, aquí puedes ver las grabaciones del concierto en vivo:

Parte I

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