“Mecánica del eclipse”, una novela de Adán Medellín (fragmento)

En "Mecánica del eclipse" (Los libros del perro, 2023), Adán Medellín firma una novela que explora las caras del eclipse de 1991 desde la mirada de Andrés, un niño que empieza a entender que después del evento astronómico, nada será igual en su universo personal y familiar...

El sol se oscureció durante casi siete minutos el 11 de julio de 1991. La sombra del eclipse se extendió desde Hawái hasta Brasil, atravesando buena parte de México. Los eclipses totales de sol son fenómenos excepcionales; en estos convergen, como si fueran puntos de fuga, ciencia, imaginación, sueño, política, mito, arte y relato. En Mecánica del eclipse, Adán Medellín nos entrega una historia que explora las múltiples caras del eclipse de 1991 a través de la perspectiva entrañable de Andrés, un niño que empieza a entender que después de este evento astronómico, nada será igual en su universo personal y familiar.

Son los últimos días de clases y los maestros ya no saben cómo entretenerlos. Hasta los profesores deben soñar con pararse tarde e ir a la playa, están hartos, quieren dejar el salón. Preparan un baile de despedida, pasan calificaciones, sacan promedios a contrarreloj, los obligan a resolver un montón de páginas de los libros de texto para matar las horas.

Así que Ruy y Andrés tienen tiempo para platicar en voz baja, mientras la maestra Tony está ocupada en pasar sus boletas y sus reportes de calificaciones. Andrés le cuenta a Ruy sobre los extraterrestres, los seres malos y los pájaros que pueden bajar a picarte durante los eclipses. Le dice que no pueden verlos directamente porque se te queman y te explotan por dentro los ojos, se funden como los focos y te quedas ciego para siempre. Su abuelo le contó que hay gente que todavía cree que los niños que nacen en esas fechas traen mala suerte. Que en esos días se liberaban fuerzas que pueden destruir al mundo. Ahora se pueden predecir los eclipses, pero antes, cuando no se sabía tanto, se pensaba que un eclipse era como una muerte del sol, que la luz dejaba la tierra, todo se debilitaba y el mundo se moría.

–Y todos nos morimos… –dice Ruy, impresionado, porque también tiene algo que contarle. Le dice que los de sexto tienen un nuevo juego, pero es malo para ellos. Como ya van a salir de la escuela y saben que no les harán nada para quitarles el certificado, agarran a los más chicos o a los que ven solos en el recreo. Dicen que son la policía y van a meterlos a la cárcel. Luego van a las escaleras y amenazan a los de la guardia, que por el puro miedo los dejan subir a los salones de sexto, en los rincones más altos y apartados de la construcción escolar.

Para comprar el libro, haz click en la portada.

–Allá nadie oye nada, entonces se encierran con ellos y les bajan los pantalones a ver si ya tienen pelos ahí.

Ruy dice que todos se burlan de ellos. Nadie los defiende, aunque griten. Luego los amenazan para que no le digan nada a sus papás ni a los maestros.

–¿Cómo? ¿Para qué quieren ver si tienen pelos? –pregunta Andrés, intrigado.

–No sé.

–No entiendo… pero bueno, hay que cuidarnos, que no nos vean solos.

–Sí, no quiero que nos atrapen.

–¿Le vas a decir a tu mamá?

–No sé. ¿Tú?

–No creo, no quiero que venga otra vez a ver a la maestra. Ya ves cómo se enojó cuando le mandó el recado –recuerda Andrés.

Y es que mamá, que no puede renunciar a su vocación de profesora, revisa los cuadernos y nota los errores o las imprecisiones de la maestra Tony. No duda en corregirla si se equivoca en un tema de la clase y le manda notas muy precisas con ejemplos de libros. Lo hizo una vez con ortografía y otra vez con fracciones. Le explicó en una notita dónde estaba el problema y desde entonces la maestra no le da tregua a Andrés. No desaprovecha un instante cuando da un tema de español o matemáticas para decirle frente a sus compañeros: “¿ya vio tu mamá que está bien?”. También se pone hablar de los padres que no respetan ni dejan trabajar a gusto a los profesores. Andrés sabe que se refiere a él.

Ahora intenta concentrarse en los ejercicios de multiplicaciones y divisiones del libro, pero no puede imaginándose los más chicos encerrados que gritan con desesperación sin que los oigan en esos salones tétricos donde dicen que se aparecen fantasmas. Después de un rato, le susurra a Ruy:

–¿Tú tienes pelos ahí?

–No, cómo crees –responde Ruy todo rojo, haciendo cara de asco. Luego se queda muy callado el resto del día.

*****

Para la ceremonia de fin de cursos, niños seleccionados de diferentes grupos deben decir una poesía coral dedicada a los alumnos de sexto. Los niños de primero les entregarán una flor, las de segundo y tercero tendrán bailes regionales. También habrá una tabla gimnástica con las niñas de cuarto y quinto. Aunque a Andrés siempre le va bien en español, y es el más rápido cuando tienen que encontrar palabras en el diccionario, la maestra Tony no lo eligió para la poesía por lo que pasó con mamá. Entonces debe resignarse a estar atrapado en el salón, aburriéndose entre esas cuatro paredes y el pizarrón con el gis mal borrado, mientras parte de sus compañeros, incluyendo a Ruy, salen en desbandada a la libertad del patio.

Escucha las voces de los números de la ceremonia, la grabadora que avanza, se detiene, retrocede con la música. Nayeli también está ensayando afuera. Casi nunca se hablan entre ellos en la escuela, sólo para que ella le presuma lo que sus amigas le compran en la cooperativa o para decirle si le gusta a una de ellas, pero Nayeli le espanta a todas diciendo que Andrés no tiene tiempo para novias.

Mientras el sol entra por una de las ventanas y se guarda en los lápices y los bicolores, Andrés piensa en los extraterrestres. Una vez, en la televisión, hubo una película donde ellos eran muy grandes, tenían piel gris verdosa, cabeza de cono, ojos alargados y babeaban mucho para comerse a la gente en una nave. Mamá quitó la película porque Nayeli estaba ahí y podía asustarse, pero Andrés se acuerda. Luego se imagina como capitán de un equipo de futbol que debe jugar contra ellos para salvar el destino del planeta. Aunque se lo tienen prohibido, arranca una de las hojas de atrás de su cuaderno. Nunca lo hace con las de adelante, porque todas van numeradas y su mamá lo revisa.

Traza un campo como la luna en las caricaturas, con un suelo azul oscuro lleno de cráteres donde sobresalen montañas escabrosas a lo lejos. Ahí está él, con el número ocho en la espalda, rematando con la cabeza un centro que le envía Ruy desde la parte de arriba de la hoja. Ruy tiene en su playera el número siete, porque es su favorito. Al portero extraterrestre con cabeza de cono le escurre baba por los colmillos amenazantes, pero no logra atajar el remate con ninguno de sus cinco brazos. Unas líneas entrecortadas indican la trayectoria del balón que se incrusta en las redes. En el cielo, Andrés dibuja la palabra GOL con letras gordas y mayúsculas; también hay un marcador flotante que indica con un trazo muy grande “La Tierra 3-Saturno 2” y un reloj como el que se ve en los partidos televisados marca el minuto 90, el final del juego.

Todo parece feliz y emocionante en ese encuentro interplanetario, hasta que la maestra Tony se pone de pie a su lado, le exige ver la hoja que él trata de esconder, le arrebata el dibujo y lo tira a la basura. En el cuaderno de Andrés, pone el sello de un oso adormilado con las manos cruzadas en mitad de una siesta que dice: “No trabaja”.

Lo quiere firmado por mamá.

*Este texto fue tomado del libro Mecánica del eclipse, de Adán Medellín (Los libros del Perro, 2023, parte II, págs. 43-47.)

Compartir artículo:
More from Adán Medellín
“Tiburones”, un cuento de Adán Medellín
Texto ganador del Premio Nacional de Cuento “Beatriz Espejo” 2019. Lo amarraron...
Read More
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *