Los juegos de la felicidad (II)

TOPSHOT - Serbia's Novak Djokovic waves to the crowd with tears in his eyes after losing his men's first round singles tennis match against Argentina's Juan Martin Del Potro at the Olympic Tennis Centre of the Rio 2016 Olympic Games in Rio de Janeiro on August 7, 2016. / AFP PHOTO / Roberto SCHMIDT

Nunca tengas miedo de tus lágrimas. Ningún cobarde llora. Sólo los hombres lloran. Además, hijo, las lágrimas siempre caen de rodillas. Ermilo Abreu Gómez.

             Lágrimas. Esa sustancia salina que sale de nuestras vidriosas ventanas al universo y que se presentan cuando algo en nuestro interior se revuelve de emoción. El deporte esta lleno de lágrimas, aquellas que acompañan a la victoria o esas que son inherentes a la derrota. Evidentemente cuando se gana las lágrimas tienen un sabor diferente al que despiden cuando se pierde, pero su presencia devuelve a los héroes a la tierra y los iguala a todos aquellos que les admiramos por lo que son capaces de lograr en la pista, en la duela, en el césped o en el tartán. Los Juegos Olímpicos están llenos de lágrimas, lágrimas de dolor, lágrimas de felicidad. La segunda jornada de Río 2016 ha traído lágrimas consigo, pero pocas como las que se han visto en la pista de tenis, pocas como las de Juan Martín del Potro y Novak Djokovic.

El día del argentino comenzó con incidente en la Villa Olímpica. Salió de su habitación para dirigirse al complejo de tenis. Una falla de energía eléctrica le dejó atrapado por cuarenta minutos en un elevador. Del Potro seguramente pensó en su mala suerte, esa compañera que se ha empeñado en guardarle fidelidad a lo largo de varios momentos de su carrera, esa que parece no soltarle cuando cerca de tocar la gloria y que ha venido acompañada de duras lesiones que han estado a punto de retirar al originario de Tandil de las canchas de tenis. Y es que cuando la suerte decide mostrar su mala cara puede derrotar incluso a uno de los talentos más grandes que existen en el deporte blanco. Pero la suerte quizá se contagió de la alegría brasileña y decidió dejar por un momento que sea el tenista argentino quien decidiera por sí mismo su destino en los olímpicos cariocas. Las puertas del elevador se abrieron y Del Potro pudo llegar a la cita pactada con el número uno del mundo.

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Del Potro celebra un punto

Novak Djokovic ya tiene un lugar en la historia del deporte mundial. Su gran capacidad para el tenis rompió con el reino Federer-Nadal que durante años había dictado los destinos de los grandes torneos. Además Djokovic es admirado no solamente por su gran juego, sino porque es uno de los atletas más simpáticos que existen en la élite deportiva. Todos queremos a Nole, él parece querernos a todos. Y Nole –que lo ha ganado todo en el tenis– quiere sobre todo un oro olímpico. Cuatro años atrás parecía el candidato para colgarse la medalla en las canchas del Wimbledon londinense. Perdió contra Andy Murray en las semifinales y luego un argentino le venció en el duelo por ese consuelo de bronce que le permitiría subirse al podio. Ese argentino se llamaba Juan Martín Del Potro. Nada para las revanchas, para las segundas oportunidades, como en el deporte.

Pero esa revancha no llegó. Dos horas y media de un extenuante partido. Dos sets acompañados de dos muertes súbitas. 7-6, 7-6.       Dos hombres que fueron capaces de mostrar que a las lágrimas no hay que tenerles miedo. Delpo lloraba quizá recordando el calvario provocado por varias operaciones en la muñeca, lloraba quizá recordando aquellas primeras lecciones en el Club Independiente, lloraba por la Argentina, por Messi y el Boca, lloraba recordando un tango, lloraba junto a Charly García y Fito Páez, lloraba con las lágrimas de quien regresa a la cima luego de andar por sombríos y oscuros valles.

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El abrazo deportivo al final

Djokovic lloraba porque es mentira que todo los sueños son alcanzables, lloraba por no darle a Serbia una medalla, lloraba por los Balcanes, lloraba porque los deportistas más grandes son aquellos que conocen a la vergüenza deportiva y la abrazan con devoción cuando son superados luego de una lid en la que han dejado el cuerpo tendido, el alma desahuciada, en la carpeta de una cancha.

Ermilo Abreu Gómez escribió que las lágrimas caen de rodillas, que los cobardes no lloran. Río 2016 ha visto a dos valientes llorar, a dos tenistas que acostumbrados a jugar torneos por dinero, se jugaron el físico por los colores de su banderas buscando la gloria olímpica. Cayeron de rodillas y el universo olímpico cayó con ellos rompiendo la brecha entre los héroes y los mortales, esa brecha que se acorta cuando el agua salina brota a borbotones cuando la sorpresa toma por asalto a nuestras emociones y nos acerca más a eso que llaman humanidad.

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