Stranger Things 2: el fin de la nostalgia

Una reseña de la 2da temporada de la serie original de Netflix

En 1982, Steven Spielberg le dio al mundo la aventura de un extraterrestre que se conecta con un chico solitario y, posteriormente, con el grupo de amigos de su hermano. Las imágenes de la pandilla huyendo en sus bicicletas de los agentes federales que trataban de hacerse con E.T. se convirtieron en icónicas. Los adolescentes se convirtieron en los héroes de la pantalla al conformarse en un equipo que pudo salir avante y lograr que el adorable alienígena regresara finalmente a casa. Tres años después, Richard Donner filmaría una historia del propio Spielberg a la que Chris Columbus convertiría en un memorable guión: The Goonies, otro grupo de chicos marginados que se lanzan a la búsqueda de un legendario tesoro con la idea de salvar a su vecindario.

Ambas películas sentarían los cimientos de un cine muy propio de los años ochenta: el de los niños y adolescentes que son forzados a enfrentar circunstancias más que extraordinarias para lograr sobreponerse a ellas –con base en los lazos afectivos que les unen–.  Ambas películas (junto con otras como la inolvidable Stand By Me de Rob Reiner) tuvieron el enorme tino de no ceder a la tentación de los grandes estudios de filmar secuelas a pesar de que muy probablemente el éxito comercial estaba más que asegurado. Con esa decisión las películas alcanzaron tintes de leyenda propios una épica muy particular y de un universo que se tornó en algo irrepetible.

Stranger Things de los hermanos Duffer, es un producto televisivo que, evidentemente, hereda muchas de las características planteadas anteriormente por Spielberg y Donner en sus películas. Una de ellas es que con su primera temporada logró a través de una narrativa muy particular, crear un universo y una mitología con características propias que la convirtieron en un producto único y original a pesar de apelar a la nostalgia y a la inocencia de los años ochenta para sustentar gran parte de su éxito. Los Duffer lograron que los espectadores del tecnológico y sofisticado Siglo XXI viajaran en el tiempo para identificarse con chicos de una época mucho más simple y sencilla, para aceptar que con todas las limitaciones propias de aquellos años se enfrentaran exitosamente a una serie de eventos extraordinarios y salir avantes ante los mismos.

El final de esa primera temporada no pudo ser más poético y misterioso: un chico que ha regresado de otra dimensión y que lucha por reintegrarse a la normalidad, vomita lo que parece ser un ser que ha viajado con él desde el otro mundo; al mismo tiempo, el sheriff del aparentemente tranquilo y olvidado pueblo de Hawkins, Indiana, deja un puñado de waffles en un escondite secreto en el medio de un paraje nevado. El espectador supone inmediatamente que el dulce manjar está destinado a Eleven, la chica con poderes sobrenaturales que ha desaparecido en la otra dimensión en su intento por salvar a sus amigos y, por consiguiente, al poblado (tal vez al mundo entero). Un final abierto que dejaba que el espectador construyera su propia historia en la imaginación. Una manera ideal de terminar con una temporada gloriosa y que no necesitaba de una continuación en lo absoluto, porque en caso de tenerla se rompería con el encanto que la narrativa de Stranger Things había conseguido.

¿Era necesaria entonces una segunda entrega de Stranger Things? La respuesta es no. De no existir, en nuestro recuerdo hubiera quedado una miniserie de época, capaz de adentrarse en nuestra memoria en ese apartado que muchos tenemos en el que guardamos a los productos audiovisuales que nos marcan para siempre, especulando de manera interminable sobre lo que hubiera pasado en el futuro con los personajes, generando una auténtica sensación de nostalgia por la serie y recordando infinitamente dónde y cuándo fuimos testigos de una de las grandes epopeyas televisivas de nuestro tiempo.

Dicho lo anterior, ¿funciona entonces la segunda temporada de Stranger Things? Sí, lo hace. Y ello es por varios motivos, pero creo que el principal recae en el hecho de que, inteligentemente, los Duffer hacen a un lado a la nostalgia ochentera –aunque inevitablemente lo nostálgico está siempre presente en el contexto del programa- y se dedican a la creación de un universo propio en el que el desarrollo de los personajes va a ser fundamental. El enfrentamiento con lo sobrenatural solamente será un subtexto que da pie a las historias de los protagonistas, para reafirmar los antiguos lazos afectivos que ya existían entre ellos mientras se forman otros que ahonden en el conflicto emocional de la serie. Porque no hay que equivocarse: Stranger Things finalmente es una historia sobre la familia, la amistad, la redención y la interminable búsqueda que todos los seres humanos tienen por encontrar su lugar en el mundo.

Lo anterior se hará evidente con las nuevas situaciones que viven los personajes: Joyce Byers (una soberbia Winona Ryder) va a continuar en la búsqueda de la estabilidad tanto para ella como para sus hijos. La inclusión en la historia de un romance para Joyce en la figura del tranquilo y entrañable Bob Newby (el ex goonie Sean Astin en un papel inolvidable), quien busca proporcionar a la mujer un anclaje emocional para solventar los problemas que aún padece su hijo Will (Noah Schnapp). La construcción de una relación paternal entre el Sheriff Jim Hopper (David Harbour alcanzando grandes niveles actorales) y Eleven (la genial Millie Bobby Brown), permite no solamente momentos de gran cinematografía, sino también llevar ambos personajes a consolidar una relación destinada a complementar su búsqueda por la redención.

Por otra parte, los niños se están convirtiendo en adolescentes y los Duffer los van a conducir a experimentar un cúmulo de sensaciones que inevitablemente llegan con la pubertad. Mike Wheeler (Finn Wolhard) no solamente va a acrecentar su profunda amistad con Will, sino que también descubrirá que el amor es una fuerza que se sustenta en la esperanza para poder subsistir aún en las condiciones más adversas. Dustin (Gaten Matarazzo) y Lucas (Caleb McLaughlin) van a ser parte de un inocente triángulo amoroso cuando conozcan a Max (Sadie Sink, una de las mejores adiciones a la serie) y ambos, tácitamente, compitan por la atención de la chica y comprendan que la amistad a veces puede ser puesta a prueba por el amor.

Por último, está un personaje que tiene uno de los arcos de transformación más interesantes de la temporada: Steve Harrington (un excepcional Joe Keery) quien pasará de ser un tipo irresponsable y pendenciero a alguien que aprenderá a valorar a la amistad, a pelear por ella, aún venga de una persona diametralmente opuesta a él, como es el caso de Dustin, y  como consecuencia entender que el sacrificio es, a veces, parte inherente de cualquier tipo de relación profunda y afectiva.

Stranger Things 2 no decepciona. Es capaz de continuar generando buenas dosis de empatía entre los personajes y el espectador a partir de una serie de situaciones originales planteadas adecuadamente en el guión y en la planificación visual del programa. Sigue creando situaciones sorpresivas y momentos que van desde lo más íntimo hasta lo más imponente y emocionante, manteniendo siempre una gran coherencia en la narración. Es un producto que mantiene originalidad y que, sobre todo, tiene el gran acierto de no repetir una fórmula sino expandirla y llevarla a nuevos caminos.

Pero ello hace que el riesgo sea aún mayúsculo. Es evidente que el éxito traerá el próximo año una nueva temporada; pero en un futuro las situaciones que se planteen, el paso de la pubertad a la plenitud de la adolescencia tanto de actores como de los personajes y la generación de un universo propio, elevarán los estándares de lo que esperan los miles de fieles de Stranger Things. El riesgo de la repetición sí puede entonces agotar la veta creativa que hasta ahora es el principal impulso de la serie. La segunda parte de Stranger Things no era necesaria, pero una vez que ha sido presentada al mundo -y además de una manera tan brillante-, hace que el peligro de que sus creadores den al traste con lo logrado sea tan grande como la amenaza gigantesca que se cierne sobre el pintoresco poblado de Hawkins, Indiana.

Ya veremos…

Si no la has visto, aquí te dejamos el trailer de la 2da temporada:

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