La noche del ángel: Elina Garanča en Mérida

“Busco alcanzar mis límites vocales, avanzar de un estilo a otro, sin fronteras.” Elina Garanča

Durante las últimas semanas de 2017 se veía el anuncio en pancartas y en folletos la presencia en Mérida de la mezzosoprano Elina Garanča, oriunda de Letonia. Cada imagen mostraba a una mujer bella y glamorosa, como las actrices notables de la cinematografía en sus tiempos de oro. Lo insuficiente en la publicidad, no obstante la excelencia de su factura, fue no poder evidenciar que se trataba de la voz y personalidad de una de las cantantes de ópera más prodigiosas que hayan estado en nuestra ciudad, posiblemente en los últimos cien años, sino es que más.

Los resúmenes mostraban una trayectoria asombrosa, que ha pisado los escenarios más icónicos y célebres, como la Scala de Milán y la Casa Real de la Ópera de Londres. Mostraban que su calidad musical la ha llevado a ser elegida artista exclusiva del sello discográfico Deutsche Grammophon y que ha obtenido los mejores papeles de la escena operística bajo el influjo de su voz, que le ha adjudicado ser Carmen o Dalila, en diversas fases de su carrera.

En el escenario, el restreno de la OSY en 2018, fue cumpliendo los protocolos de costumbre con la buena fortuna habitual. La aparición ovacionada de su concertino Christopher Collins Lee, dedicó pocos segundos a dejar la afinación orquestal en su punto, para entregarla al cálido maestro Constantine Orbelian, director invitado para esta gala de función única. El repertorio era un rosario de obras producidas por monstruos sagrados de la composición: Tchaikovsky (Sí, ¡Hace Una Hora! de su ópera “La Doncella de Orleáns”), Saint-Saëns (Mi Corazón Se Abre A Tu Voz tomada de “Sansón y Dalila”), Cilea (Yo Soy La Humilde Doncella y Salvaje Voluptuosidad de “Adriana Lecouvreur”), Barbieri (Canción de la Paloma de “El Barberillo de Lavapiés”), Lorente (Cuando Está Tan Honda de “El Barquillero”) y Georges Bizet con su Habanera, Seguidilla y Canción Bohemia, flores que le dan identidad y remembranza mundial no solamente a él, sino a quien las interprete.

Todos los títulos quedaron enmarcados por temas instrumentales, mostrando las destrezas de la sinfónica mediante los exhortos sapientes del director invitado, quien disfrutaba los compases que surgían como una avalancha de belleza, transitando senderos de espíritus españoles, italianos y franceses, dando equilibrio y congruencia al fausto de una voz, no solo en sus procesos sonoros sino en la entrega deliciosa de su sentimiento.

La carga emocional de todo el programa, dispuesta como estuvo, parecía un proyecto de gradaciones en espiral. Cualquier análisis técnico hacia las armonías o hacia el sustento de dinámicas musicales sale sobrando y sería hasta contraproducente. El público, que cubría todos los rincones del teatro, pasaba por una metamorfosis inadvertida: comenzó estando absorto, admirado y fue cediendo paulatinamente cualquier rigidez hasta quedar prendado por completo.

Con el aplauso, todo estaba dicho. Siempre en crescendo, adjuntaba de pie vítores y bravos por la elocuente perfección de cuanto surgía de una voz de mujer, que ora se mezclaba con la orquesta o destacaba de ella a su muy entero libre albedrío, cosechando el asombro en progresión geométrica de toda la audiencia. Los matices y los impactos de esa voz, impregnaban la sala con una resonancia magnética, con resultados que traspasaban la distancia y alcanzaban su objetivo, que era tocar las almas de cada ser humano allí presente.

Aquella publicidad de los días previos, no obstante la excelencia de su calidad, omitió decir que la noche diecinueve de este enero, la aparición de un ángel tendría lugar en el escenario del Peón Contreras, en una ocasión dichosa que solo de recordarla, se conmueve algo internamente y se renueva el júbilo por el arte supremo de la Música. Todos los aplausos entregados a Elina Garanča – absolutamente merecidos – y al trabajo maravilloso del maestro Constantin Orbelian, quien obsequió una versión peculiar de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, van con un respaldo de gratitud hacia la señora Margarita Molina de Patrón, artífice de uno de los momentos milagrosos que han calado en lo profundo de esta muy noble y muy leal ciudad de Mérida. ¡Bravo!

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1 Comentario

  • escaparse en estos dias, en aras de la imaginacion hacia un remanso, es tan complicado, producto de que solo escuchamos ruido y mas ruido…detenerse a escuchar a Elina Garanca es poder escuchar de nuevo los sonidos de la vida…no solo nos lleva a sensibilizarnos un poco que estan necesario, sino tambien a sentirnos humanos de nuevo, por lo menos, musicalmente hablando…felicitacion mto Cervera, como siempre, su articulo se lleva las palmas…un abrazo

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