La Orquesta Nacional de China de Instrumentos Tradicionales en México

Después de un mes de cuidadosa reflexión y contemplación, Emiliano Canto Mayén decide que nunca es tarde para revelarnos su crónica de lo acontecido en Bellas Artes, donde la Orquesta Nacional de China de Instrumentos Tradicionales nos demostró que “la realidad, cuando es hermosa, puede ser inverosímil”.

Lo más increíble del arte chino es que, por muy inverosímiles que nos parezcan sus formas, éstas son reflejos ondulantes pero exactos de una hermosa existencia. El sábado tres de diciembre de 2016, las coincidencias nos introdujeron, con pasos de intruso, en el lunetario del Palacio de Bellas Artes. Tocaba la Orquesta Nacional de China de Instrumentos Tradicionales y, la numeración de los boletos nos colocó, con inigualable fortuna, en unos asientos muy próximos desde donde uno podía admirar, con los lentes de la delectación, la textura del saco del director de orquesta y el diseño tallado, con fina precisión, sobre instrumentos tan desconocidos como el erhu o el konghou.

Concierto de poco más de una hora, aunque quisiera soy incapaz de escribir sobre las impresiones y sentimientos que me despertó esa música conmovedora y delicada que, pese a esta fluidez graciosa, no renunciaba del todo a lo magníficamente marcial y a lo estruendosamente colorido. Renuncio, con dolor resignado, a una descripción ardua del programa de esta orquesta asiática; sin embargo, sépase que ahora escribiré, como preámbulo, un retrato intemporal que pude contemplar desde la segunda fila del lunetario y que, de ser despojado de la música, podría confundirse con la acuarela o el trazo de tinta de un maestro del Río Azul.

Comencemos con una mirada totalizante a estos rostros orientales. A diferencia de la insostenible e insulsa cantinela sobre el físico de los chinos que se propaga por ahí y por allá, cada cara era distinta y, extrañamente, muy familiar a mis ojos. Es muy probable que la vejez de que inevitablemente se contagia quien lee con constancia libros antiguos me hizo identificar la faz de cada uno de los intérpretes de la Orquesta Nacional de China de Instrumentos Tradicionales: aquel joven rasgando el erhu era idéntico a un amor de juventud; aquel otro se asemejaba a su rechoncho hermano; aquel señor de lentes de pasta me recordó a mi maestro de literatura de segundo de preparatoria; ese otro era vivo retrato del cerrajero de la Alemán -el chino Wong-; el percusionista es gemelo del mozo que me saludaba a diario al pasar sobre Paseo Montejo.

Si a ese intrépido de corte ultramoderno le hubieran cubierto la cabeza con un paliacate y puesto un pantalón de mezclilla destrozado en las piernas, juraría que era un ex alumno de la Facultad de Ciencias Antropológicas; por cierto, uno de los más desastrados que ha pasado por aquel plantel. Eran fisonomías diversas y contrastantes y que despertaron en mí una sorpresiva añoranza, cual si al barajar las fichas de una lotería mexicana me topara con imágenes, como la maceta o el gorrito, que había enterrado durante muchos años en el olvido involuntario.

La racionalidad se impuso al sentimiento y, entre cadencias y estallidos sinfónicos, recordé lo que he leído sobre las inmigraciones asiáticas en la entidad. Con esta reflexión silenciosa pero sonora me expliqué cómo aquellos músicos inocentes me recordaron a tantos personajes secundarios de la galería andante de mi pasado. Así, en el Palacio de Bellas Artes, enumeré las páginas de “La Gloria de la Raza” de José Juan Cervera, las conferencias de Javier Corona, las tesis de mi amigo Josué Quintal y la de… bueno, hay mucho escrito sobre estos trashumantes de ojos rasgados, quienes en la simpleza de nuestra imaginación venían oliendo a opio, con largas trenzas y vestidos en sedas encarnadas.Todo este soliloquio erudito palideció ante una mujer sentada en la segunda fila –al igual que nosotros- pero delante del público: Era una integrante de la orquesta. Su rostro femenino fue el más conocido para mí y hacía sonar un erhu entre sus manos. Una blusa blanca con estoperoles en el hombro derecho, una faja oscura de bordes rojos y una falda negra componían su uniforme; lo único que traía de diferente en el cuerpo era una pulsera de oro que caía casi a la mitad de su brazo. El cabello lacio y oscuro, echado hacia su flanco izquierdo, caía en cascada hasta por debajo de sus pechos. A la joven no le tocó, en esta tarde soleada, el ser solista y los sonidos que produjeron sus movimientos se mezclaron en el estanque sonoro de aquella sinfónica; con todo, pese a que jamás desempeñó un papel protagónico, yo no podía evitar verla a cada instante, cual si me hubiera flechado una divinidad lunar.

El rostro de esta concertista me era en extremo conocido pero, a diferencia de los del resto de sus compañeros, pertenecía a una faz que jamás había visto en alguien de mis ayeres. Era, este preámbulo ya es odioso para quien lo escribe, muy blanca y de ojos lánguidos, al tocar parecía una muñeca de porcelana, una figura de cera por su fina inexpresión. Acaso deliré, pero su semblante, por momentos, era tristísimo, como el de una concubina repudiada de la Ciudad Prohibida. A esta joven la había visto cientos de veces ya, en las figurillas de marfil, en los biombos, en un arte que yo creía irreal a pesar de su hermosura. A esta sílfide de ojos de ónix, la imaginaba tocando en un sendero plantado en duraznos en flor, acompañando un ceremonioso ritual o cubierta, en el remanso de un río, por la sombrilla de un amante. La música, el Palacio de Bellas Artes y aquella esclava de oro a la mitad de su brazo de porcelana me arrobaron; todavía más sorprendente para mí, fue el comprobar que aquel arte milenario de jades tallados y cerámicas pintadas, aquella estilización de los viejos pinceles que creía absolutamente artificial fueron retratos fidedignos de una belleza real y, por ello mismo, eterna.

Luego de estas primeras palabras, banales como un prendedor de perlas, creo que es conveniente que detalle a una de las personalidades cuya labor se quedó más grabada en mi memoria. Es una mujer llamada Jiang Ying, quien pese a que tan solo subió al proscenio al término de la función, desempeñó un trabajo tan solo comparable con el del director de la orquesta. Jiang Ying es la compositora residente de la Orquesta Nacional China de Instrumentos Tradicionales y tiene un rostro puro y despejado, sus lacios cabellos caen hacia atrás. De talla menuda y ágil obtuvo el año 2010 el grado de maestra por el Conservatorio de Shangai, ingresando a la orquesta el año de 2013. Sus funciones consisten en transformar las antiguas melodías de su país y transformarlas en arreglos sinfónicos que gusten a los públicos de hoy y que se luzcan en la interpretación orquestal. En su obra, como se verá más adelante, el talento creativo supera a la juventud puesto que esta compositora ha logrado llenar tanto de vitalidad como de equilibrio una música originalmente compuesta para ser interpretada, hace siglos,  en otros espacios y de otras formas.

Si finalmente hacemos referencia a la música, uno llega a un concierto de este tipo cargado de prejuicios y recordando las frases de desconocedores altaneros, quienes sostienen que la música del Lejano Oriente es un arte chillón, abigarrado, discordante y escandaloso para nuestros castos oídos occidentales. En esta tarde decembrina, nada podía hallarse más lejos de la realidad, las piezas seleccionadas, deleitaban tanto al tímpano como al corazón. Este éxito se debió a que la música de aquel día fue un eco milenario cantado de manera moderna, es decir, en vez que tocarse rarezas pretéritas, los artistas a cargo del espectáculo, tomaron ideas ancestrales para crear con ella una palpitante voz contemporánea. Este es un mensaje eminentemente político que debiera reflexionarse en nuestra República, donde en vez de crear inspirados en lo ancestral, preferimos reproducirlo tal cual, sobreponiéndose la arqueología al arte e infertilizando así a nuestra juventud, en discusiones sobre lo fidedigno o no de tal representación prehispánica.

Pero, estos apuntes hechos a la ligera distan de querer volverse un manifiesto en pro de un arte nuevo en México; no, odio las divagaciones, y más que ensayar el corregir al mundo, la música debe convencernos de que aún queda algo bello en él. Todo esto es lo que logró la Orquesta Nacional China de Instrumentos Tradicionales en los tres movimientos de la Suite Impresión, arreglada por Jiang Ying, que comenzó con “Felicidades del ave”. Este preludio volvió al teatro un criadero de pájaros, al esparcir entre el público a los vientos: en el palco surgió un flautista, en el lunetario caminaban hombres con silbatos y trompetas diminutas, allá atrás, era imposible saber dónde, un instrumento de voz similar a una ocarina, lanzaba sus graznidos. Solo hubiera faltado una guacamaya surcando las alturas para recalar en una isla de pájaros en celo. El público, complacido y condescendiente, entornó su cuello tratando de identificar de qué sitios y de qué instrumentos salía tal o cual nota.

Por otro lado, con el programa en mano, sorprende leer que la pieza que abrió el concierto, llamada Camino de Seda, se ha transformado en un suerte de emblema melódico de la actual administración del presidente Xi Jiping, quien ha concebido el proyecto “de construir un sendero de prosperidad” a lo largo de aquella ruta descrita, en la Edad Media, por Marco Polo. En La Guerra entre Chu y Han, tuvimos la oportunidad de ver una actuación digna de un montaje operístico, puesto que cuatro músicos, una pareja vestida en rojo y la otra en negro, se intimidaban con gestos y llamamientos al combate. Esta coreografía bélica fue creada por la talentosa Wang Chaoge, quien trabajó en el equipo creativo de los Juegos Olímpicos de Beijing el año de 2008. En este punto del programa, destacó el que las mujeres citaristas tanto de la nación Chu como de la Han jamás perdieron una cierta coquetería al increparse, mientras que los hombres, de pie, recrearon cada uno en sus pasos la vanidad legendaria de los guerreros de antaño.

Video promocional de la Orquesta Nacional China de Instrumentos Tradicionales:

Por último, de todas las piezas, la que en mi opinión despierta más sensaciones fue Reflejo de Luna en el Erquen. Esta melodía, supe después, fue grabada por Yang Megliu, el año de 1950, directamente de su compositor, Hua Yung. Hua Yung fue un músico ciego que nació en 1893 y falleció el mismo año que Yang Megliu grabó su más célebre composición. “El Reflejo de Luna en el Erquan”, que estuvo a punto de perderse para siempre, es triste desde el principio y las imágenes que evoca son de soledad y melancolía reposadas. En el arreglo de esta ocasión, la orquesta fue poseída por una lentitud calmosa y dejó que naveguen en sus superficies las manos de un solista; fue cual si todos los instrumentos fueran el paisaje fluvial y el concertino representara a un pescador en su barca.

Este retrato de la naturaleza recuerda Primavera en los Apalaches de Copland o la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak; el Reflejo de Luna en el Erquan es un lamento en la noche capaz de conmover al más insensible. En fin, con esta pieza grabada en mi memoria, salimos del teatro de Bellas Artes a sumergirnos en el gentío que cruza el Eje Central hacia la avenida Madero. En verdad, la Orquesta Nacional China de Instrumentos Tradicionales, dirigida por He Jianguo, es un tesoro de talento, dulzura y delicadeza.

Grabaciones recomendadas:

Reflejo de Luna en el Erquan, interpretada por Wang Guowei (solista)

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