Los Scarano vuelven a triunfar con la OSY

En su crónica musical, Felipe Ahumada Vasconcelos da cuenta del concierto en el cual Alfonso Scarano dirigió a su hijo, Valerio Scarano, y al resto de la Orquesta Sinfónica de Yucatán en un programa que incluyó composiciones de Paganini, Daniel Ayala y Prokofiev... ¡Bravo!

Con un programa integrado por el Concierto para violín núm. 1, op. 6, de Niccolò Paganini (con cadencia de Augustin Hadelich); la Sinfonía de las Américas, op. 18, de Daniel Ayala, y una selección de las suites de Romeo y Julieta, de Serguéi Prokófiev, el viernes 16 de octubre a las 20:00 horas, tuvo lugar, en el auditorio del Palacio de la Música, el quinto concierto de la temporada septiembre-diciembre de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, bajo la dirección de Alfonso Scarano, director artístico titular, y con la participación de su hijo, el violinista Valerio Scarano, como solista invitado.

Tres obras que, por el lugar de origen de sus autores y sus épocas de composición, nos remontan a la Italia de 1816, al México de 1955 y a la Rusia de los años 1935 y 1936. Referencias que cobran importancia cuando se pretende ahondar en su espíritu, dado que, en cierto sentido, pudiera decirse que cada país y cada época encuentran en la música la expresión de su propia sensibilidad, planteando a quien la ejecuta enormes retos que deben afrontarse si se quiere ir más allá de una fría lectura carente de emoción.

Retos que, por cierto, Valerio Scarano superó con creces. Tocando de memoria, hizo de su dominio técnico el sustento de una interpretación en la que se apropió de cada nota en instantes que se prolongaron en cada compás y en cada frase, hasta alcanzar una unidad expresiva y prodigiosamente emotiva. Esa intensidad tuvo su punto culminante en la cadencia, uno de los momentos más deslumbrantes de la velada. La emoción que transmitió al público encontró plena correspondencia en la impecable dirección de Alfonso Scarano y en la entrega de todos los músicos de la orquesta.

La Sinfonía de las Américas, de Daniel Ayala, que escuchamos luego del intermedio y por segunda vez en esta misma temporada, refrendó los méritos de este compositor yucateco, poseedor de un lenguaje propio, reflejo de una sólida formación musical y de una sensibilidad capaz de rescatar y recrear el sonido autóctono de la tierra maya, llevarlo al pentagrama y conferirle un valor universal. La meticulosa lectura que Scarano hizo de la partitura encontró plena correspondencia en los músicos de la orquesta, que, junto con el director, están afinando los últimos detalles en vísperas de la presentación de esta obra el sábado 24 de octubre en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México.

El programa concluyó con una selección de las suites de Romeo y Julieta, de Serguéi Prokófiev, música de extraordinaria riqueza expresiva, llena de matices y contrastes, en la que conviven la violencia y la ternura, el ímpetu de la danza y la intimidad amorosa. Desde la imponente sonoridad de Capuletos y Montescos hasta el delicado lirismo de la escena del balcón, se suceden estados emocionales que exigen una concentración permanente del director y de cada uno de los integrantes de la orquesta.

Las entradas de los metales, los delicados diálogos entre los instrumentos de viento y las amplias frases de las cuerdas demandan una precisión y una sensibilidad a las que la agrupación respondió con notable solvencia bajo la batuta de Alfonso Scarano. Las escenas, dispuestas sin seguir necesariamente la cronología de la tragedia de Shakespeare, responden a una lógica musical propia, en la que los contrastes de ritmo, sonoridad e intensidad expresiva confieren al conjunto una unidad sinfónica que, sin perder su fuerza dramática, trasciende su origen teatral.

La orquesta supo comunicar esa riqueza mediante una ejecución cuidadosa, vigorosa cuando la partitura lo exigía y de gran delicadeza en los pasajes íntimos, sosteniendo de principio a fin las exigencias de una música de extraordinaria complejidad. Personalmente, hubiera preferido que el concierto de Paganini cerrara el programa. Me habría gustado salir de la sala con la euforia despertada por el virtuosismo de la interpretación y el júbilo del rondó, tarareando alguna de sus frases.

Fue así como el público pudo seguir, paso a paso, la secuencia de las escenas extraídas de las suites nos. 1 y 2 de Romeo y Julieta, de Prokófiev: Con «Muerte de Teobaldo», última escena de la selección, la tensión dramática alcanzó su punto culminante y, al extinguirse la última nota, la emoción acumulada se desbordó en una ovación. ¡Bravo…!

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