Los juegos de la felicidad VIII

“Tienes que saltar los acantilados todo el tiempo y construir tus alas en el camino”. Ray Bradbury.

Rommel Pacheco había tenido dos rondas eliminatorias brillantes antes de llegar a la final del trampolín de 3 metros de los Juegos de la Felicidad. La noche carioca parecía estar lista para ser cómplice de la hazaña del nativo de Mérida, Yucatán. Las expectativas en torno al clavadista eran muy altas. Se había mantenido en la segunda posición de las eliminatorias anteriores algunos puntos detrás de la perfección encarnada en el chino Cao Yan. Los especialistas de las cadenas televisivas comentaban que el momento de una medalla en los clavados estaba muy cerca. El mismo Pacheco se había mostrado muy seguro de sí mismo en las entrevistas que concedió después de haber finalizado las rondas anteriores.

Era el momento de Rommel y México se aprestaba a empaparse de felicidad con la segunda medalla olímpica para la delegación nacional que compite en Río 2016. Pero esa felicidad no llegó. Quedó ahogada en el fondo de la fosa de clavados por esas circunstancias que uno como espectador no termina de entender, aunque más de un especialista ofrezca su diagnóstico en la pantalla televisiva. Dos horas después de haber iniciado el sueño olímpico de un mexicano se había esfumado…de nuevo.rommel 2             Los clavados son una deporte realmente complejo. Practicarlos requiere de una combinación de valor, audacia, técnica, condición física y mucha mentalidad. Se trata de lanzarse al vacío para realizar una serie de acrobacias y entrar al agua partiéndola cual saeta al viento. La entrada debe ser con el cuerpo de cabeza en una vertical casi perfecta y ello requiere de una fortaleza extraordinaria. Hace algunos años tuve la oportunidad de ver entrenar a Fernando Platas junto a Salvador Sobrino (hoy entrenador de la selección nacional de Australia) prácticamente todos los días.

El entrenamiento era brutal y detallado. Platas subía una y otra vez a la plataforma o al trampolín y repetía constantemente los lanzamientos, los cuales eran analizados con todo detalle por el atleta y el entrenador. Es un entrenamiento muy particular, muy demandante, muy repetitivo. Al final me quedaba la sensación de que Sobrino no solamente trabajaba en el físico y en la técnica de su pupilo sino que también ejercía de psicólogo pues buscaba siempre ejercitar el cerebro para hacerlo resistente a la competencia.rommel 4

Recordé aquellos días mientras miraba cómo la cámara tomaba a Rommel Pacheco cuando estaba listo para lanzar el clavado con el que abría su competencia en la final olímpica de trampolín de tres metros. Traté de encontrar un resquicio de emoción en el rostro del atleta, pero este no apareció. Pacheco parecía estar en plena forma en lo físico pero sobre todo en lo mental. Su concentración era evidente, por lo que es imposible saber con exactitud qué fue lo que sucedió, qué lo hizo fallar como no lo había hecho en las rondas preliminares a la gran final. El clavadista brincó sobre el trampolín y dio varios giros.

Hagamos una pausa e imaginen la cantidad de tiempo que tiene mientras está suspendido en el aire para corregir algún tipo de error mientras vuela y gira por el aire rompiendo por instantes varias leyes de la física. Para hacerlo, para tener un clavado exitoso, se requiere de un cerebro que esté siempre conectado a cada terminación nerviosa cuya red mueva en perfecta sincronía a todos los músculos del cuerpo. Músculos que deben funcionar con la precisión de una orquesta filarmónica y estar tocando al unísono una brevísima y armoniosa melodía cuyo acorde final es una explosión en el agua.rommel

Todo indicaba que Rommel estaba al frente de la orquesta de su cuerpo y cual laureado director se disponía completar una de sus más grandes interpretaciones. Y entonces algo sucedió, una nota, quizá una escurridiza corchea, decidió salirse del ritmo marcado y la orquesta se vino abajo desentonando toda la humanidad del mexicano y haciéndolo estrellarse contra el agua en una posición que fue penalizada por el exigente y demoledor auditorio conformado por los jueces de la competencia. Rommel Pacheco perdió 40 puntos en ese salto y nunca pudo recuperarse para regresar a la lucha por las medallas. El sueño se esfumó entre la espuma de la fosa olímpica de clavados.

Rommel Pacheco terminó su competencia con mucho amor propio. Logró ascender del último lugar de la prueba hasta el puesto número 7 de un total de 12 participantes. En ocasiones anteriores había saltado de varios acantilados y siempre había encontrado las alas para subir de regreso a los primeros lugares. Pero en aquella noche carioca las alas no le alcanzaron para subir al más alto de los olimpos. Será difícil volver a verle competir en unos Juegos Olímpicos, el sueño se esfumó y en la memoria quedará grabada la carrera de un clavadista que estuvo a unas décimas de lograr la gloria y que se quedó en el camino, tal vez con el corazón hecho pedazos pero con la dignidad intacta. Y ello merece el más grande de los reconocimientos.

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