“Los 43 de Iguala”, de Sergio González Rodríguez

In memoriam, Sergio González Rodríguez

El asesinato de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” en el 2014 había despertado entre los mexicanos de todas las clases sociales, un clima de indignación y un inusitado espíritu de solidaridad que no se vivía, me atrevo a decir, desde los hechos del terremoto de 1985. Al igual que miles de personas en la república, sentía que necesitaba hacer algo para manifestar mi indignación, para gritar a las autoridades que ya era suficiente, que los mexicanos, de la misma manera que el patético ex procurador Murillo Karam, entonces responsable de encontrar a los culpables del caso que nos convoca, “ya estábamos cansados”. Las manifestaciones callejeras, los reportajes especiales, los coloquios, los plantones y las crónicas sobre el tema se multiplicaron. Pero como suele suceder en nuestro país, con el paso del tiempo, la indignación se iría apagando.

Poco a poco la gente volvió  a sus ocupaciones habituales y el hecho quedó difuminado entre la cascada de noticias diarias: la crisis económica recurrente, las corruptelas de la gran familia política mexicana, la segunda fuga y la tercera aprehensión del Chapo Guzmán, la visita del Papa, la interminable guerra contra el narco,  la volatilidad del peso. El gobierno, una vez más, dictó sentencia, inventó una versión oficial, metió a la cárcel a unos cuántos y apostó al olvido para darle carpetazo al asunto y mantener a los mexicanos en sus habituales niveles de indiferencia.

No obstante, para algunos, el tema lejos de haber quedado resuelto, pasaba a una segunda etapa, esa donde se espera que las voces especializadas emitan su propio veredicto. Y de esas voces sobresalió, muy por encima de las otras, una: la del recién fallecido ganador del Premio Anagrama de Ensayo (Campo de guerra en 2014), Premio Casa América Catalunya a la Libertad de Expresión en Iberoamérica, recipiendario del premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, autor del escalofriante y monumental ensayo sobre las muertas de Juárez titulado Huesos en el desierto, crítico literario, guionista, novelista, músico, ex integrante del grupo de rock y blues Enigma! , Sergio González Rodríguez, autor de “Los 43 de Iguala ” (Anagrama, 2015).

Cito:

  • “He querido evitarlo, pero me resulta imposible. He tenido que vencer la parsimonia que ha triunfado en el lenguaje de la política, de la vida pública, incluso de la literatura y el periodismo. Las bellas formas que a menudo pretenden ocultar la realidad.
  • “Debo hablar de lo que nadie quiere ya hablar. Contra el silencio, contra la hipocresía, contra las mentiras habré de decirlo. Y lo hago porque sé que otros como yo, en cualquier parte del mundo, comparten esta certeza: el influjo de lo perverso ha devorado la civilización, el orden institucional, el bien común”.

Así, con esa tajante honestidad, Sergio decidió embarcarse en la tarea de reconstruir y analizar a fondo, las causas y azares de la barbarie de Ayotzinapa. Y para tal efecto, como suelen hacer los periodistas de abolengo, Sergio se trasladó a Guerrero, buceó en la información ya escrita y al igual como lo hiciera cuando escribió su ya célebre Huesos en el desierto, dicho por él mismo, “evaluó datos, indicios, evidencias para saber si eran consistentes, si faltaban informaciones, o debía de desechar versiones desacreditadas, además de datar el contexto histórico, sociopolítico o antropológico correspondiente”.

Al final, Sergio llegaría a la temida conclusión que muchos aventurábamos: que la barbarie de Iguala fermentó mucho antes de la noche de los 43, que la tasa de homicidios del estado de Guerrero por cada 100,000 habitantes en el 2013 fue 210% superior a la nacional, que Iguala es un punto estratégico para la producción y tráfico de heroína, que el grupo criminal Guerreros Unidos, en colaboración con el presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca y la policía municipal, extorsionaban desde hacía mucho tiempo a los ciudadanos.  Pero no sólo por la parte de los “malos” descubriría Sergio atrocidades.

También, como señaló en el capítulo cuatro, reafirmaría que “la insurrección contra el orden constituido  ha sido un acto de fe constante en Guerrero durante las últimas cinco décadas”, teniendo a las normales rurales como su principal fuente de abastecimiento de militantes.
Basta con recordar que, dentro de sus estatutos, la misma escuela manifiesta que “su principal objetivo ha sido siempre, desde su fundación, dar educación a los hijos de campesinos y defender los derechos del pueblo, siguiendo la línea marxista-leninista”, lo que sea que eso signifique.

Como se verá, tal como se indica en la cuarta de forros, este libro propone una lectura que rompe la artificiosa división entre buenos y  malos, insurrectos y gobiernistas, para comprender una crueldad que remite a la normalidad de lo atroz, al exterminio de las personas entre los resquicios de las reglas universales, el orden constituido, a las relaciones entre México y la mayor potencia del planeta. 

Vale la pena mencionar, que además de constituir una valiente denuncia, este libro es, además, una crónica puntual de los sucesos para que cualquiera, desde  cualquier parte del mundo, pueda enterarse  de primera mano de las causas que motivaron este terrible suceso que marcaría fatalmente el sexenio de Enrique Peña Nieto.

Estoy seguro que Sergio así hubiera querido que se le recuerde: como un autor de crónicas y reportajes que nunca temió hacer la denuncia informada que tanto se necesitaba en este país, en especial cuando él todavía dejaba huellas de sus pasos en el desierto.

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