“Desbarrancadero Resort”, cuento de Daniel Salinas Basave

Este cuento de Daniel Salinas Basave está incluido en "Juglares del Bordo", libro ganador del Premio Literario «Fundación El Libro» en Argentina y publicado en México por Nitro Press y Conarte Nuevo León. Caro lector, aquí le dejamos esta prosa peligrosa, no vaya desbarrancarse...

Cuento incluido en Juglares del Bordo, ganador del Premio Literario «Fundación El Libro» 2017 en Argentina y publicado en México por Nitro/Press y Conarte Nuevo León. 

Hace cinco o seis años, todo el mundo trabajaba. La comarca entera en obras. Parecía que ni un centímetro de tierra quedaría sin hormigonar. En la actualidad el paisaje tiene algo de campo de batalla abandonado, o de territorio sujeto a un armisticio… tapias que encierran pedazos de nada. Rafael Chirbes, En la orilla 

 I

Hubo un tiempo en que todo fluía: las ideas, el dinero, el esperma. Fueron los años en que las carteras perdieron el pudor y el éxito floreció por generación espontánea. A Walterio la vida le sonreía y ni siquiera tuvo que apurarse a obtener su título como licenciado en administración de empresas cuando empezó a firmar sus primeros contratos gordos, los primeros fajos rechonchos que llegaron a su cuenta sin el apoyo de papá, el zar del boom inmobiliario. Los negocios se cerraban solos y las erecciones llegaban naturalitas, sin viagras de por medio. Hasta la caspa del diablo parecía un talco suavecito en las fosas nasales y los tragos de whisky no llegaban con gastritis incluida. Sus tarjetas de bancos estadounidenses con cifras de cinco ceros le servían para cortar y marcar las rayas sobre un espejito que emergía de un pequeño estuche de cuero al iniciar la noche.

Le hubiera gustado poder divertirse más con el barecito fashion que abrió en el corredor gastronómico de Tijuana y el antro hípster de la Calle Sexta; habría podido comprar y vender algunos carros de lujo para lucir en las fotos, pero la gallina de los huevos de oro, se lo dijo siempre su padre, estaba en el ramo inmobiliario. Comprar baldíos baratos y desarrollar. Las grandes compañías, como la de papá, le apostaron a la clase media tirándole a baja. Si quieres hacerte rico véndele al pobre y atrápalo en las redes del financiamiento fácil, le dijeron en su familia, pero Walterio prefirió apostarle al lujo y construir el condominio de ensueño en donde se cogería a un angelito de Victoria’s Secret mirando al Pacífico desde el piso más alto. El culo y el socio perfecto existían en algún lugar y Walterio creía estar muy cerca de encontrarlos. Se había acostumbrado a que la luz del Sol revelara estrías e imperfecciones en los cuerpos a los que la noche hacía lucir bombásticos y matadores, como se había acostumbrado a que sus socios, siempre minoritarios, se confesaran menos solventes a la hora invertir en serio. Tal vez los ángeles de Victoria’s Secret no habitaran las noches locas de Tijuana, pero el socio perfecto irrumpió a bordo de un Bentley en plena fiesta de la vendimia en el Valle de Guadalupe.

Alguien le advirtió sobre el tonito de embuste y charlatanería incrustado en ese acento tan de Miami. El alarde y la boconería rayaban en lo grotesco. Nadie con dos dedos de frente y una mínima dosis de sensatez emprendería negocios de seis ceros con alguien que se presenta ante el mundo como Winston Borrego, le dijo una amiga a Walterio. Cierto que por momentos el tono coqueteaba con el personaje de opereta o lo descaradamente merolico, pero el Bentley recorriendo la recién construida carretera del Valle de Guadalupe era tan real como el traje de lino blanco y las botellas de reserva especial que desfilaban frente a su mesa en los viñedos de Mogor Badán. 

—Viene a invertir fuerte —le advirtió a Walterio uno de sus socios ensenadenses con quien impulsaba un proyecto de cerveza artesanal y cocina Baja-Med. 

Para comprar el libro, haz click en la imagen.

En cualquier caso el recién llegado había sentado en su mesa al alcalde de Ensenada y a su familia. También a dos tiburoncitos inmobiliarios con sueños de grandeza en el corredor turístico. Winston Borrego se presentó como desarrollador de proyectos habitacionales de lujo, un concepto de condominio-resort donde la casa habitación se transforma en una vacación permanente. Se trata de vivir para siempre en un spa. Mostró fotos de sus desarrollos en República Dominicana, Costa Rica y Panamá. Ahora mismo estaba haciendo estudios de mercado para un nuevo condominio. Estaba ya a punto de arrancar su proyecto en Los Cabos, pero antes quería estudiar el corredor Tijuana-Rosarito-Ensenada. La propuesta: dos torres de súper-lujo en la costa concebidas para albergar, preferentemente, al mercado estadounidense de jubilados. Gente cuyo único propósito fuera darse una vida de principitos frente al mar, con sesiones diarias de masajes y aromaterapia, con yoga geriátrico y sesiones personalizadas de meditación y sexo otoñal. A Walterio lo conquistó el tour virtual que el inversionista desplegó en su Mac. El proyecto ya estaba diseñado por el arquitecto y tenía como base uno de los condominios desarrollados en Dominicana. Tan sólo necesitaba un terreno frente al Pacífico y un socio bajacaliforniano dispuesto a ganar en grande.

Walterio siempre se ha considerado a sí mismo el socio ideal. No sólo lo avala el ser hijo de uno de los grandes caciques de la fiebre inmobiliaria, sino el tener compadrazgos y complicidades diversas en siniestros ministerios gubernamentales. El terreno encontrado por Walterio sería ideal para un desarrollo como Neptuno Resort. Ubicado en pleno litoral, en línea recta frente a las Islas Coronado, en el límite entre los municipios de Tijuana y Rosarito, a sólo veinte minutos de la frontera con Estados Unidos. Una ubicación inmejorable. Lo mejor de todo era que el terreno no estaba en el mercado, sino en el inventario de bienes incautados al crimen organizado por la Procuraduría General de la República. Sobre el predio estaban aún los ridículos minaretes y los arcos moros del Oasis Resort, un narco palacete arábigo con delirios de Casablanca, templo de orgías y noches blancas de los capos en la época de oro del Cártel de Tijuana. 

El Oasis Resort y el atuendo de abrigo de mink con shorts inmortalizado por Ramón Arellano fue el clímax kitsch de una época donde sobraban camisas de seda, cadenas de oro y cargamentos contados en toneladas. Aquellos tipos no debieron preocuparse nunca por poquiterías y narcomenudencias. Nada de secuestros, extorsiones y cobro de piso. Bastaba una tonelada de caspa del diablo colocada en suelo californiano para que los dólares brotaran en cascada, como una eyaculación interminable, géiser de abundancia suficiente para untar delegados de la PGR, ministerios públicos federales y comandantillos corrientes de patrullajes municipales. Julio César Chávez ganaba por nocaut todas sus peleas, los judiciales los escoltaban a los antros y Tijuana era una fiesta donde los amaneceres irrumpían entre botellas de champaña y líneas rechonchas. La vida fue bella hasta el puto medio día de mayo en que mataron al cardenal y todo se fue al carajo.

Del cuerpo agujerado de Posadas brotó la inmisericorde cacería, el hostigamiento de mil y un sabuesos, los carteles de la DEA con las caras de los hermanos adornando la garita de San Ysidro. Los reyes del antro debieron refundirse en covachas, dormir en una casa diferente cada noche, desconfiar de sus sombras. Empezaron los ajustes y las matazones; los cargamentos decomisados y las noches insomnes; las sospechas y las traiciones. A Labra lo encañonaron en medio de una cancha preparatoriana y al Mayel lo sorprendieron amanecido entre dos colombianas desnudas.

Después cayó Ramón acribillado en pleno carnaval mazatleco y Benjamín fue sorprendido en Puebla mientras dormía con su familia. Cuatro años después tocó su turno al Tigrillo, cazado en supuestas aguas internacionales frente a Los Cabos. Para entonces el palacete morisco era sólo herrumbre, salitre y silencio, pura y vil piedra podrida en calidad de bien incautado. Así lo encontró Walterio cuando fue a evaluarlo con sus amigos del ministerio público federal, quienes ofrecieron facilitar los trámites de desincorporación y remate a cambio de alguna comisión. 

La subasta previamente adjudicada fue pan comido para Walterio quien compró un predio de lujo a precio de tierra ejidal. Ahora tenía sus hectáreas frente al Pacífico para ofrecer a Winston Borrego, quien se pronunció por derrumbar de inmediato el bodrio arquitectónico narco-sheik para dar paso a una construcción moderna respetando el modelo de las Neptuno Tower en el Caribe. Nada de improvisaciones ni baratijas. Neptuno sería el condominio vertical más lujoso de la costa bajacaliforniana. El modelo más barato de dos recámaras no costaría menos de 550 mil dólares, pero las suites en las partes superiores y las villas a ras de playa rondarían los 950 mil y, si el mercado seguía subiendo como la espuma, pronto rebasarían el umbral del millón de dólares. Neptuno incluiría cuatro departamentos por piso que multiplicado por veinte daría 80 viviendas de ultra lujo por edificio y, tomando en cuenta que serían torres gemelas, el resultado final sería de 160 paraísos con vista panorámica al Pacífico y las Islas Coronado, sin contar por supuesto las súper villas VIP

Winston y Walterio, socios a mitades; responsabilidades y ganancias compartidas. Ganar la subasta del servicio de bienes incautados no representó problema ni inversión. El primer gasto fuerte vendría al levantar las dos torres y fue entonces cuando los insomnios de Walterio empezaron a poblarse de números pintados de un color muy similar al rojo, pues su socio le hizo saber que tendría que correr con la totalidad de la inversión inicial. Nada que temer, carajo. Se trata de pagar solamente cimientos y ladrillos, le dijo Borrego. Una vez que el condominio panameño se empiece a vender como pan caliente habrá la liquidez suficiente para entrarle a los interiores y los acabados de lujo. Walterio no había presupuestado un endeudamiento de veintisiete millones de dólares. Es el costo de las grandes ligas, le dijo su socio. Si quieres jugar en la división de los seis ceros debes perder el miedo a apostar en grande.

Los intereses de una deuda de cinco ceros seguían desangrando mes con mes la cartera de Walterio, pero pese a todo era una deuda manejable que esperaba dejar en cero con las primeras ventas de Neptuno. Lo que en ningún escenario presupuestó fue embarcarse con un usurero préstamo de veinticinco millones de dólares en donde tres de sus desarrollos fungían como garantía. Un préstamo compartido entre dos bancos y una oscura agencia agiotista, la única que ofreció liquidez inmediata en efectivo a cambio de las escrituras de tres propiedades. 

Al momento de estampar firmas y huellas digitales, Walterio experimentó algo muy parecido a su primer salto en paracaídas, aunque en este caso el vértigo y el mareo devoraban al éxtasis de la adrenalina. De pronto se vio a sí mismo cayendo al vacío. Ni siquiera un tiburón del tamaño de su padre había contraído a título personal una deuda de ese tamaño, pero bastaba sumergirse en ese cuento de hadas representado en la animación computarizada y en la maqueta a escala del condominio para concluir que la apuesta valía la pena. Tanto lujo era posible sólo en la Riviera Maya pero no en Baja California. Malibú Beach emergería sobre la arena rosaritense. Si alguna vez el Casino Agua Caliente de Tijuana fue capaz de traer al sur el glamour del Hollywood de los años veinte, hoy Neptuno traería de regreso el espíritu de Beverly Hills a la frontera mexicana. Bastará con que un actor de medio pelo nos compre un condominio para que las ventas se disparen en efecto dominó, le dijo Winston. Por supuesto, hay contactos exclusivos, relaciones de confianza. ¿Tenía idea Walterio de quién carajos le había comprado pisos en Dominicana? Nombres fuertes de Miami. Ahora se trataba de ir a la caza de la nueva aristocracia californiana. Menos de 200 kilómetros separan al Sunset Boulevard hollywoodense de Rosarito y un condominio de un millón de dólares es una bicoca para cualquier actorcito emergente o para un retirado con una pensión de media tabla.

El arquitecto de moda contratado para desarrollar el proyecto dejó claro que aquello no sería económico. Walterio dio luz verde y pagó su primer adelanto fuerte. Por un momento envidió a su padre y sus microcasas obreras construidas en serie con el material más barato posible, pero en Neptuno estaba prohibido escatimar. Con el fin del invierno empezó el trabajo de cimentación y poco antes del arribo del verano irrumpió de la arena el vertical esqueleto de las torres, fálicos símbolos de varilla y cemento desnudo partiendo en dos la postal de la puesta de sol frente a las Islas Coronado. Los gastos se multiplicaban y el presupuesto quedaba siempre por debajo de lo estimado. El arquitecto no escatimaba en exigencias y Walterio sólo veía enflacar sus líneas de crédito. Mientras tanto Winston puso a funcionar oficinas de ventas en San Francisco, Los Ángeles, San Diego y Tijuana ofreciendo facilidades para quienes quisieran apartar un condominio con un enganche e incentivos generosos para quienes pagaran de contado la propiedad.

También puedes comprar el libro en Nitro Press.

La promesa fue entregar los departamentos antes de un año. Algunos compradores comenzaron a abrir la cartera. Walterio quiso aliviar su menguado presupuesto inyectando a la construcción el dinero real de los primeros enganches, pero Winston Borrego se encargó de romper sus ilusiones cuando transfirió todas las entradas de dinero a una cuenta en Panamá. Nada de qué preocuparse, tijuanito, lo tranquilizaba Winston. Reinvertiremos estos dolaritos de manera íntegra en nuestro proyecto, no comas ansias, así se juega en las grandes ligas. Lo cierto fue que jugar en la liga mayor de los seis ceros se tradujo para Walterio en un insomnio crónico y taquicardias recurrentes. Su medicina consistió en un coctel de anfetaminas mojado con whisky al medio día y espolvoreado con caspa del diablo al caer la tarde. Lo coherente hubiera sido pedirle consejo a papá, quien sin duda le hubiera hecho ver que la sociedad con el tal Winston Borrego carecía de garantías, que esos préstamos eran suicidas, que aquello rayaba en lo temerario, pero Walterio quería demostrarle al viejo, al mundo y a sí mismo que él solito podía romper todos los límites y jugar en grande. Mientras papá construía pajareras en serie para los esclavos del crédito Infonavit, la ovejita negra sería reconocido como el CEO más arriesgado de la década, el innovador que se atrevió a emprender el desarrollo habitacional más insultantemente lujoso de toda la península.

Aunque Winston Borrego no daba demasiados detalles y espaciaba cada vez más sus contactos, Walterio sabía que el proyecto estaba seduciendo compradores. Al menos una veintena habían dado enganches fuertes y cuatro se atrevieron a pagar de contado atraídos por el descuento de 150 mil dólares netos ofrecido por Borrego. Aunque descapitalizado, las cosas marchaban y las torres se elevaban firmes hacia el cielo bajacaliforniano cuyas nubes no parecían anunciar tormentas. 

Las señales del desastre llegaron del norte de la frontera, pero Walterio no supo leerlas. Aunque suele alardear conocimientos de macroeconomía y altas finanzas, lo cierto es que las opiniones de los expertos en el Wall Street Journal son ante él como escritura cuneiforme en tablas de arcilla. Llamó alarmistas a quienes hablaron del estallamiento de una burbuja inmobiliaria y no entendió muy bien los comparativos con 1929. Tenía vagas nociones sobre un infierno irrepetible acaecido en aquel año, algo contra lo cual el sistema capitalista debería estar vacunado. La verdadera historia de horror era la evidente intención de Borrego de jugar al desaparecido. Hablar con él se transformó en una proeza y las versiones que le daba alguna improbable voz humana en el corporativo panameño a la que accedía tras sortear mil barreas de grabadoras no le generaba tranquilidad alguna. Winston un día estaba en Santo Domingo y horas después resultaba estar en Panamá aunque a la mañana siguiente se despertara en Miami. Eso fue al principio. Después todo fue silencio, números incorrectos, páginas de internet desaparecidas y el perfil de Facebook eliminado. 

Dos meses transcurrieron sin saber nada de Winston Borrego. Algunos comparadores comenzaron a inquietarse. La mañana en que vio en la pantalla de su celular el reportaje publicado en el diario El Bordo sobre un fraude multimillonario en Rosarito que involucraba al hijo del zar inmobiliario de Baja California, Walterio supo que el Apocalipsis había comenzado. Su siguiente paso fue apagar su teléfono y negarse a dar declaraciones. Reporteros de diversos medios buscaron entonces una entrevista con su padre. Cuando el viejo tiburón de la vivienda dijo que él no tenía nada que ver con los negocios de su hijo y éste tendría que responder ante la ley si había incurrido en alguna irregularidad, Walterio supo por vez primera lo que significa el desamparo.

El esqueleto de las torres había llegado a los veinte pisos, pero aún no había paredes. Sólo suelo y columnas. A Walterio se le acabó el dinero prestado. Pronto llegaron a su celular las primeras llamadas de clientes furiosos amenazando con demanda penal. Una de las últimas mañanas de verano, luego de dos anfetas, un vaso de whisky y un pase choncho de una coca baratona, Walterio ordenó la suspensión definitiva de la obra. El arquitecto exigió la liquidación total de sus honorarios. Walterio lo zarandeó y le dijo que se fuera mucho a la chingada. Horas después ya tenía sobre su escritorio la demanda. El sudor más frío de su existencia irrumpió cuando el teléfono sonó en la madrugada. Aquello no era un tono ni un acento de abogado o auditor. Aquel tableteo sonaba a pura sierra sinaloense:

Oye, compa, nomás pa que sepas que vas a tener que reportarte con nosotros. Por si no te acuerdas el Oasis era nuestro y tú lo mandaste tirar. ¿A poco creíste que por ganarlo en la subasta te ibas a librar de nosotros? 

Walterio deseó que un hoyo muy profundo se lo tragara hasta el centro de la tierra. 

Con Juglares del Bordo Daniel Salinas Basave demuestra que ya es un gran escritor de México y del idioma español.

 

II

Con los atardeceres de noviembre han llegado las neblinas y ahora las puestas de sol también forman parte de la patraña. Hasta hace pocas semanas los crepúsculos frente a las Islas Coronado eran el único vestigio del sueño roto, pero hoy sólo queda por herencia el gris profundo de la tarde. Lo demás son papeles apolillados sobre el escritorio de un abogado con cara de sospecha, demandas contra espectros y desaparecidos, teléfonos sonando en el vacío y la vergüenza de aceptarse vilmente defraudado.

Entre la niebla emergen como sombras largas las torres de block, moles de bruma que de un momento a otro desaparecerán como ha desaparecido el mar en las tinieblas de la tarde. Del Pacífico sólo queda el rumor, la intuición de su presencia, el viento helado y la respiración del gigante dormido que ni siquiera huele a agua marina. Por ahora es lo que queda; después de todo, nunca hubo mucho más: ladrillo, mar y atardeceres. La plusvalía yace en la vista, en los crepúsculos del millón de dólares que sólo Neptuno Resort podía ofrecerte antes de que todo se fuera al carajo con las tardes ladronas de este noviembre. 

En el argot a estas cosas se les llama elefantes blancos aunque su color casi siempre es gris. Dos torres de veinte pisos cada una; falos de ladrillo muerto y varilla pelada mirando al Pacífico. Veinte pisos donde cada metro cuadrado olía a oro e idilio. Live your heavently dream at Neptuno Resort. The best sunset in Baja by far. Las más alucinantes puestas de sol de la península viven aquí frente a tu terraza en el Neptuno Resort, porque ningún desarrollo habitacional en el corredor turístico está en línea recta con las Islas Coronado. Las primeras islas de México, o las últimas, según tus coordenadas; las guardianas encargadas de custodiar al sol por las noches. Las islas que desde ahora pertenecen a tu campo visual, al resto de los atardeceres de tu vida.

Cuando la neblina es ama y señora de las tardes, los veinte pisos de ladrillo desnudo son un espectro diluido en el gris de noviembre, una sombra difusa, apenas una intuición. Hay días en que la niebla lo devora todo. Ante los ojos no hay mar ni horizonte, mucho menos islas. De las olas más furiosas sólo queda el retumbar perdido entre el color de los fantasmas. El resto es brisa helada, el abrazo de un Pacífico inodoro, el vacío. Sólo el vacío.

Ante la niebla el edificio es sustancia de sueños, una visión que de un momento a otro puede vaporizarse como los miles de dólares de los ilusos que depositaron sus pretensiones de grandeza en esas piedras. La tarde oscura al menos concede un espacio a la fabulación, pero el mediodía soleado espeta la ruina con desparpajo. Frente al mar sólo hay un esqueleto de cemento carcomido, pura herrumbre salitrosa para atrapar los mejores atardeceres de toda la Baja, los crepúsculos del millón de dólares prometidos por Neptuno.

La Carretera Escénica Tijuana – Ensenada se ha transformado en el corredor de los sueños rotos, la autopista del desbarrancadero. A pocos metros de las torres Neptuno se suceden las ruinas. En un tramo menor a un kilómetro hay cuatro esperpentos arquitectónicos, uno de ellos limitado a fierro oxidado. En los cien kilómetros de litoral que corren desde Playas de Tijuana hasta Ensenada hay dieciocho esqueletos a medio construir. Neptuno es el más alto de todos. Las cintas amarillas y los letreros de embargo están ahí, pero en los edificios no sucede nada. Los bancos convocan a remates, intentan traspasar las deudas pero nadie tiene el dinero ni siquiera para comprar derrumbes a precio de ganga. La situación no es muy distinta en la zona urbana de Tijuana. Las ruinas han sido embargadas pero en este momento no le sirven a nadie.

En pocas semanas la vida de Walterio se tornó tan ruinosa y carcomida como sus torres, pura y vil esencia de derrumbe. Cuando las alertas rojas se encendieron en el mundo de las altas finanzas y le quedó claro que Winston Borrego se había transformado en un personaje de ficción, Walterio creyó estar en condiciones de manejar el desastre. Después de todo, aunque odiara depender de él, ahí estaba papá con su capital y sus contactos listo para rescatar del naufragio al irresponsable cachorro y ahí estaban, cómo no, los compadres de juzgados, ministerios y despachos legales. Pero el sostén de su mundito resultó tan volátil como los dólares ajenos en sus cuentas y sus propiedades en prenda. Inmerso en sus propios combates legales para salvar sus fraccionamientos pajarera, papá no quiso saber nada de auxiliar al junior demandado ni tampoco hubo abogado que por amor al arte aceptara enfrentarse a la voracidad de los bancos. De ser un joven empresario con severos problemas de estrés, Walerio pasó en muy pocos días a ser un vil prófugo de la justicia. La puerta de escape más a la mano era la frontera, pero en California había demandas por fraude aguardándolo y bastaría el intento de cruzar para ser detenido en la garita. El mundo acabó de derrumbarse cuando las llamadas de los extorsionadores del cártel se volvieron cosa de todos los días; o compartía las ganancias que le dejaría haberles arrebatado el Oasis Resort o sabría lo que es acabar desmembrado y disuelto en un tambo de ácido. 

Ocultarse en la casa paterna habría sido una obviedad, un pasaporte a ser capturado el primer día, pero su departamento particular estaba embargado, lo mismo que las tres propiedades que dejó en prenda para obtener los préstamos. Durante mes y medio deambuló pidiendo posada en casas de antiguos cómplices de aquellas blancas noches de whisky y coca con los que irremediablemente acabó peleado. Sin vehículo para moverse y sin caja chica para financiar drogas decentes, Walterio se sorprendió empeñando sus insomnes madrugadas en la quema de un foco con piedra y colocando su desgarrado estómago en el altar de sacrificios de pendencieros licores de teporocho. Los desbarrancaderos operan prodigios fenotípicos. La calva en voraz expansión, la raída barba con prematuras canas y los pozos de un negro violáceo circundando su mirada superaron las posibilidades de cualquier máscara de cirugía plástica. El junior rebelde del boom inmobiliario podía ser fácilmente confundido con uno de tantos deportados que deambulan entre las cuevas del Río Tijuana. De pronto se dio cuenta que podía caminar por calles y avenidas cargando unas cuantas pertenencias en una mochila sin que cayeran sobre él para ejecutar las órdenes de aprehensión que pesaban en su contra. Ni siquiera sus extorsionadores parecían reparar en su repentina transformación. La vía pública se había convertido un desfile de despojos. A las miles de familias deportadas que arrojó la intolerante política migratoria de Desmond Trooper en Estados Unidos, se sumaban los recién llegados al reino de la pobreza extrema. De un día para otro una multitud de clasemedieros perdieron sus trabajos, sus ahorros y sus casas. El paisaje urbano fue mutando en un paraje de casas abandonadas puestas en remate rodeadas por mil y un recovecos urbanos ocupados por los nuevos sin techo. Plazas, parques, baldíos y puentes se fueron transformando en tendederos de cobijas, cartones y círculos de rocas para encender fogatas. Cientos de viviendas abandonadas infestaban la ciudad, pero nadie quería comprarlas ni a precio de ganga. Los antiguos propietarios de esos inmuebles ahora vivían a la intemperie, no pocas veces a un lado de las mismas casas de donde fueron desalojados. De pronto fueron tantos los inmuebles sin ocupantes y tanta la gente sin hogar que lo más fácil fue ocuparlas furtivamente. Ni las agencias de seguridad privada contratadas por los bancos ni la policía municipal tuvieron la capacidad para dedicar el día entero al desaojo de los ocupantes.

Caminando una fría tarde bajo la niebla de noviembre, Walterio llegó a las torres Neptuno. Desde que se giraron las órdenes de aprehensión y las llamadas de los extorsionadores se tornaron agresivas, Walterio no había vuelto a pararse en el vertical amasijo de ladrillos que dejó por herencia en aquella playa rosaritense. Aparte de los carcomidos pegotes que daban cuenta del embargo, los letreros amarillos de remate y la herrumbre inocultable entre las columnas, nada se había movido en aquella ruina. Un solitario y aburrido velador rumiaba el frío fumando rudos tabacos sin filtro. Walterio conservaba un reloj que resultó ser un soborno irrenunciable para el pobre vigilante, quien lo dejó pasar a los edificios. Como un destronado rey que retorna a su antiguo palacio, Walterio se internó en la obra gris. No había paredes, puertas, ni ventanas, pero sí escaleras por donde subir los veinte pisos. Pronto reparó Walterio en que las partes bajas de Neptuno ya estaban ocupadas. No era todavía una invasión masiva como sucedía en algunos edificios del centro de la ciudad, pero al menos en su primer recorrido Walterio contó 54 personas. Al estar en medio de una carretera federal alejada de concentraciones urbanas y lugares donde poder pepenar desperdicios, las torres no eran el destino más codiciado para los invasores. Además al carecer de paredes y estar expuesta a la helada brisa del Pacífico, aquella mole era un infierno frío al caer la noche. A su favor tenía la relativa tranquilidad y la ausencia de reyertas con la policía y los enviados de los bancos como sucedía con las invasiones más céntricas. Los ocupantes de las torres no mostraron hostilidad alguna hacia Walterio. La mayoría lucían como él. Había tres o cuatro familias con niños pequeños, pero la mayoría eran hombres solos, casi todos avejentados y decrépitos. Los únicos pisos invadidos son los primeros. En la parte alta las corrientes de aire son insoportables. Walterio arrojó sus cobijas en el piso 17 y pensó que en una altura semejante iba a estar su suite de lujo desde donde se cogería a un ángel de Victoria’s Secret mirando al sol ocultarse tras las Islas Coronado. Faltan los acabados de lujo, la tina de mármol donde estaría el jacuzzi, la cama de agua, los muebles de diseñador; faltan las puertas, las ventanas y las paredes, pero el océano, las islas y el horizonte están ahí.

El más reciente libro de Daniel Salinas Basave, “El samurái de la graflex” fue publicado por el Fondo de Cultura Económica.

 

III

Los ventarrones de marzo rompen en las alturas de las torres. Vientos de brujas, condición Santa Ana poblando el entorno de augurios y fantasmas. La vida en las Neptuno transcurre sin más alteraciones que las de la meteorología. Las neblinas de noviembre, los diluvios helados de enero y la cuaresmal ventisca marcan el tictac de la vida en esa isla de tránsfugas. El velador es un amable espantapájaros que no pocas veces se queda a dormir entre los tenderetes invasores. 

Sin reglas definidas ni jerarquías tribales, aquella furtiva manada se las ha arreglado para formar algo parecido a una comuna. Una o dos veces a la semana los hombres caminan por la playa los seis kilómetros que los separan de Rosarito en donde hurgan entre las cajas tiradas por el único supermercado que sobrevive en el poblado. Cuando no hay ni siquiera desperdicios para pepenar entonces recurren al hurto hormiga. Sólo un par de veces han asaltado un Oxxo. Entre los habitantes de las torres hay al menos dos que se han revelado hábiles pescadores. Las rocas donde rompen las olas son proveedoras de almejas y mejillones. Walterio se ha sorprendido a sí mismo por su recién adquirida habilidad para encender fogatas. De noche, entre las brumas del Pacífico, sólo brillan las flamas entre los pisos de las torres.

Algunos ocupantes se van para no volver, pero cada cierto tiempo llegan nuevos desplazados en busca de un lugar tranquilo. Walterio ha hecho buenas migas con Celestino, un cholo recién deportado de Carpintería, California, y su espontánea pareja, una gringuita de mórbida blancura llamada Sally. Cada uno arrastra su derrumbe. A Celestino lo arrojaron de una patada a la frontera luego de cumplir una condena por homicidio en una prisión estatal. Muerte en riña de Barrio 13 contra 18, sentencia moderada y deportación segura. Por herencia se trajo su adicción a la heroína y una habilidad perra en el manejo de la navaja. Sally viene huyendo desde un pequeñísimo villorrio de Idaho donde trabajaba sin paga para su hermano mayor —hermano de sangre y hermano en Cristo—, el pastor evangélico del pueblo con licencia para violarla. Una noche cualquiera Sally se subió a un Greyhound y escapó de su bíblico violador. A cuestas llevaba una mochilita y un feto de cuatro meses en la panza. Aún no sabe cómo carajos arribó a la frontera. En los alrededores de la antigua Puerta México topó con Celestino a quien acababan de deportar tras su liberación. Sally no necesitaba derramar lágrimas para inspirar una irreprimible necesidad de protegerla.

En esa frontera de fauces afiladas encontraron calles infestadas por perros y vagabundos e infructuosamente buscaron refugio en derruidos edificios tomados por hostiles pandillas. Sólo al cabo de mucho caminar encontraron junto al mar esas torres monstruosas en donde al parecer puede vivirse tranquilamente. La fogata del piso 17 era la única suficientemente grande para proveer calor y Walterio no tuvo inconveniente en dejarlos acercarse. Desde entonces han empezado a convivir y organizarse en algo que recuerda a una familia. Celestino sale casi todos los días y se las arregla para pepenar sus curas de heroína en la barrial periferia de Rosarito y su habilidad para el asalto armado les ha permitido hacerse de algunas provisiones. Walterio ha descubierto que no es tan mal pescador y Sally se las ha ingeniado para improvisar guisos que en medio del herrumbre saben a manjar. Algunas noches Celestino trae algo de mota que comparten sentados frente a la fogata conjurando el helado aliento del Pacífico.

En una noche de pacheca y cachondeo Walterio está tentado a narrarles su historia y revelarse como el hombre que mandó construir toda esa Babel de pordioseros, el gran Desbarrancadero Resort, pero aquella historia le parece tan ridícula, tan inverosímil, que él mismo empieza a dudar si será cierta. Algunas noches hablan del peligro inminente a ser desalojados. Cuando finalmente surja un inversionista dispuesto a pagar por esa ruina, vendrá sin duda alguna tropa a barrer con ellos, pero hasta ahora no hay señales de que eso vaya a suceder. De vez en cuando piensan en el bebé de Sally, que en menos de dos meses llegará al mundo, pero ella no parece angustiarse por encontrar un lugar adecuado para el parto. Aunque la vigilancia en el supermercado es férrea, Celestino siempre se las arregla para ocultar botellas de vino en su chamarrón. La existencia lima sus dientes en las noches de fogata cuando el licor y la mota exorcizan los demonios de la brisa congelante y a Sally le da por pedir cariño y coger con los dos. Las ráfagas cuaresmales han disipado las neblinas y por ahora no queda ni vestigio de las nieblas de otoño. La claridad ahora es tal, que la tarde se puede diluir contando aletas y colas de delfines mientras la última luz se derrama tras las Islas Coronado.

***

Daniel Salinas Basave (Monterrey, Nuevo León, 1974). Es autor de catorce libros entre los que hay cuento, ensayo, novela y crónica periodística. Actualmente vive en Tijuana y es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
Compartir artículo:
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *