Como tú y yo: un cuento de Gará Castro

El presente cuento de la escritora yucateca Gará Castro forma parte del libro "Familias perfectas", publicado por Editorial Ficticia en 2022. Te dejamos un adelanto de esta novedad editorial y el enlace para adquirir un ejemplar. ¡No dejes de leerlo...!

El presente cuento forma parte del libro “Familias perfectas”, publicado por Editorial Ficticia en 2022.

Comencé a darme cuenta de que Mónica me había despojado de todo lo mío la segunda vez que intentó retirar mi cuadro preferido. La casa en la que vivíamos hablaba de ella, se sentía su presencia en la sala, en la terraza, en la cocina; para mí sólo quedaba el espacio del estudio. Pero logré conservar en la pared del hall ese óleo regalo del abuelo. Era un viejo con un niño en una barca pescando. “Como tú y yo”, dijo la tarde que lo descubrimos en una exposición; más tarde lo compraría para darme un gusto. Así era él: adivinaba lo que yo quería. Solíamos pescar en un barco con el motor de fuera. La felicidad se traducía en sacarlo del muelle en la madrugada y coger velocidad mar adentro mientras despuntaba el sol.

“Este cuadro no, me gusta mucho”, le dije extrañado por su tentativa la primera vez que trató de quitarlo, pues le había contado cómo me reanimaba. Me traía de vuelta la sonrisa del abuelo al tensarse de súbito mi cordel por la picadura de un pez, y a mí tan orgulloso. También los colores cálidos del amanecer que aparecen en el horizonte cuando la noche y el día están a punto de separarse. Y yo adentro del paisaje percibiendo el ritmo de mi respiración.

Trabajé muchos años para mandar construir esta casa —es más grande de lo que un hombre como yo necesita—. La hice levantar en un barrio de mi agrado, en Palmetos, avenida ancha y poco transitada. Durante la construcción tenía la costumbre de cruzar a la acera de enfrente para imaginármela terminada: veía de antemano las ventanas verticales, el par de balcones a ambos lados de la fachada, la escalinata con balaustradas al frente de la puerta. Pintada de blanco marfil, mi color favorito.

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Mónica llegó justo después de que estuvo lista. Recuerdo que me entusiasmé con la sóla idea de su compañía. ¡Cómo disfruté observarla gozar el tamaño de las habitaciones! Le agradaron los techos altos, el fresco que se respiraba. Lo supe desde el momento en que echó discretas ojeadas, quizá por el lugar tan apretado en el que dijo haber crecido. Ahora que lo pienso, desde que la conocí, tuve impulsos de abrigarla: era una mujer que lograba que uno se sintiera indispensable. A veces, al mirarla, lo que encontraba era una desconcertante fragilidad. Su rasgo más notorio era su pelo oscuro que caía liso y pesado sobre la espalda. En cuanto a su conversación y gusto para vestir, tuve que resignarme.

Desde que ella entró en la casa, el sentimiento de soledad contra el que yo luchaba, desapareció. Me entretenían sus ruidos: abriendo y cerrando cajones, repintando paredes o acomodando mi ropa una y otra vez. Ordenaba mis libros según el color o el tamaño. Ciertas noches eran las pesadillas, se agitaba y sudaba hasta que la despertaba. En mucho tiempo no la vi hacer casi nada que yo entendiera. Pero su determinación por enfrascarse en tareas innecesarias me ayudaba a olvidar las presiones y rutinas del despacho. Era curioso espiarla y querer adivinar cuál era el fin de sus obsesiones.

*

Fue a mi regreso de un viaje cuando me dio la primera sorpresa: había cambiado el mobiliario de la sala. No dejó siquiera el tapete de la tribu de los Yürüks, el que tuve a bien cargar desde Turquía. Tampoco se salvó el cómodo sillón para leer el periódico. Se excusó diciendo que era necesario un cambio, que mis cosas estarían bien en la bodega. Como no soportaba verla triste, terminé por aceptar sus preferencias. Sin embargo esa noche, al sentarme a beber un trago, tuve la sensación de estar dentro de una caja vacía sin circulación de aire.

Deseé salir, alejarme de un olor a moho que me asfixiaba. Vinieron a mi mente cucarachas, gusanos y toda clase de bichos que tanto me fastidian.

Con el tiempo Mónica repitió la historia con el resto de las habitaciones. Tarareaba nuevas melodías mientras vaciaba algunas de mis pertenencias en cajas, desplazaba muebles o invadía mis cajones. Me acostumbré a verla marcar cada rincón de mi casa; después de todo, no podía olvidar cuán solo me sentía antes que llegara.

No se daba por satisfecha. Cuando la novedad desaparecía, se aislaba en la oscuridad de nuestra recámara, cerraba las cortinas y se sumergía bajo el suave espesor de la sobrecama. Entonces yo, junto a ella, no leía, apagaba la luz para que no le molestara los ojos y evitaba hacer cualquier ruido como toser o voltearme bruscamente. Pero una noche tuve unos infinitos deseos de continuar con la lectura en la cama, me acurruqué dándole a Mónica la espalda y encendí una linterna para iluminar el libro. Procuré pasar con muchísimo cuidado cada página para no despertarla. Nunca imaginé, antes de encontrarme en esta atmósfera de oscuridad, inmovilidad y silencio, cuánto puede crujir una delgada hoja al voltearse. Continué leyendo aunque la presencia de Mónica me hiciera sentir que estaba cometiendo un acto irreverente. Su voz quejumbrosa salió por debajo de las capas de sábanas y edredones.

―No puedo dormir.

La odié. La rabia se me subió hasta sentirla en la mandíbula apretada. Cerré de un golpe el libro y salí a respirar el aire fresco de la terraza. Esa noche soñé que la ahogaba, con mis brazos como zarpas la hundía en un estanque de agua verdosa y turbia en el jardín de la casa. Sudé frío, desperté gritando. Sintiéndome desdichado y culpable, me trasladé al estudio para olvidar la pesadilla.

Dos días después Mónica intentó otra vez quitar mi cuadro. Comenzó diciendo algo acerca de lo opaco de los colores, de lo anticuado del marco. Y que la pintura no tenía nada de especial. Luego comentó: “Un viejo flaco y un niño con cara de tonto”. Repitió la misma canción una y otra vez hasta que su voz se metió como gusano en mis oídos y tomó vida propia. Podía oír sus palabras repitiéndose dentro de mi cabeza. Me pregunté si acaso ella tendría razón. Sin embargo, no se atrevió a tocar mi pintura; pudo ser, ahora que lo recuerdo, por la manera en que la amenazaba con los ojos —como puños cerrados— cada vez que se le acercaba.

Una noche de mucho calor, desperté con fiebre y fui a la alacena por unas pastillas. Una fuerte jaqueca me obligaba a caminar desorientado. En los pasillos me di cuenta de que no quedaba rastro de mí en la casa; la esencia de Mónica se sentía por todos partes. Por fortuna recordé que aún estaba mi cuadro, mirarlo calmaría la ansiedad que entrecortaba mi respiración y oprimía mi pecho. Pero descubrí con horror que tampoco lo reconocía, era como si alguien lo hubiese alterado. Sólo alcancé a ver un óleo común y descolorido con un marco reseco en el que navegaban un anciano chupado por los años y un niño de semblante indiferente. El cielo había perdido sus matices, el mar su profundidad, el barco sus olores. Cambié de lugar para observarlo desde diversos ángulos. Inútil, el cuadro estaba plano, lejano, mudo. Mónica se había metido en mis ojos. Yo mismo lo quité con lentitud de la pared. Entonces imaginé que el abuelo y yo nos hundimos en medio del mar en una madrugada cuando el sol estaba a punto de levantarse.

**

En la bodega, las cucarachas caminan sobre la caja polvorienta en la que eché el cuadro. A partir de esa noche no he vuelto a ver las cosas de la misma manera. Busco recuperar algo que perdí, no sé bien lo que es, me paso mucho tiempo en el estudio leyendo los mismos libros. Si Mónica pretende tirarlos, no se qué le haría. La sigo por donde va, miro lo que hace, me siento junto a ella. Y espero.

Gará Castro (Mérida, Yucatán) obtuvo la licenciatura en Informática por la Universidad Iberoamericana (CDMX). Es autora del libro de cuentos “Familias Perfectas” (Ficticia, 2022). Su cuento “Casa 111” fue ganador del Concurso Iberoamericano de Cuento Ventosa Arrufat y Fundación Elena Poniatowska Amor A.C. en 2022. En 2015 fue acreedora del Premio Estatal de Cuento de la Secretaría de Cultura de Yucatán. Obra suya se ha publicado en periódicos, medios digitales como Laberinto Milenio y antologías.

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2 Comments

  1. says: Vicente Rivera C.

    Magnífico relato: una pribadita de lo que sin duda es un banquete literario. Que gusto descubrir su trabajo.
    Saludos atentos.

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