De cómo David Byrne incendió la casa en Monterrey

En su crónica llena de desparpajo, Ricardo E. Tatto relata el periplo de Mérida a Monterrey para poder ver a David Byrne, ex líder de Talking Heads, en el cierre de su gira mexicana, en un concierto donde música, baile, visuales y arquitectura resultaron en pura pinche felicidad. Aquí te contamos todo...

Me enteré de que David Byrne estaba de gira por México un día después de que había dado su último concierto en la Ciudad de México. Excelente timing. Esa mañana de lunes maldije mil veces, ¿por qué no me había enterado? ¿Por qué nadie me había dicho nada? Mientras yo vivía tranquilamente en la ignorancia, Byrne ya había pasado por la capital y, cuando reaccioné, sólo quedaban dos oportunidades: Guadalajara y Monterrey. Lo peor —o lo mejor, dependiendo de qué tan irresponsable sea uno  en su vida cotidiana— era que faltaban apenas tres días.

Tenía dos opciones: la sensata, que consistía en aceptar que había perdido la oportunidad, poner Stop Making Sense en casa, servirme un whisky y jurar que la próxima vez estaría más atento; o la otra, que implicaba conseguir entrada, comprar un boleto de avión, buscar hotel y perseguir a David Byrne hasta Nuevo León. Pero para eso se inventaron las tarjetas de crédito. Total, el plástico aguanta todo. Además, los dioses del rock saben cómo recompensar a quienes arriesgan el equilibrio financiero por las razones correctas.

Así que tres días después ahí estaba yo, en el Barrio Antiguo de Monterrey, apurando un litro de whisky antes de llegar al recinto. Lo que me ayudó a decidir fue un ingrediente especial: el concierto del 10 de septiembre de 2026 en el Escenario GNP Seguros sería la última presentación de David Byrne en México. Después de CDMX y Guadalajara, la Sultana del Norte cerraba el tramo nacional del Who Is the Sky? Tour. Ya había cruzado desde Mérida, Yucatán. Ahora sólo faltaba descubrir si todo el relajo había valido la pena…

Alrededor de las 9.20 PM se apagaron las luces y apareció David Byrne quemando retinas, vestido de color naranja a sus 74 años, rodeado por una pequeña tribu igualmente anaranjada que parecía haber aterrizado desde un planeta donde todos saben bailar y nadie utiliza cables para tocar. No había amplificadores, ni atriles, ni baterista condenado a permanecer al fondo durante dos horas. Este era un verdadero “unplugged” en toda la extensión de la palabra. Los músicos llevaban prácticamente todo encima y podían desplazarse por el escenario formando coreografías, deshaciéndolas y volviéndolas a construir.

Entonces comenzó “Heaven” acompañado de una sección de cuerdas. Me pareció una buena señal. Después de atravesar desde sur a norte y endeudar ligeramente al Ricardo del futuro para estar ahí, que Byrne me recibiera cantando sobre el cielo tenía cierto aire de aprobación divina. Pero no se confundan, soy ateo, sólo creo en las musas del arte y en las deidades musicales. Había tomado la decisión correcta. Aunque, naturalmente, en el universo de Byrne el cielo es un lugar donde nada ocurre. Aquella noche pasaría exactamente lo contrario.

Siguió “Everybody Laughs”, del reciente Who Is the Sky?, y quedó claro desde el principio que Byrne no estaba de gira para convertirse en la mejor banda tributo de sí mismo. Había música nueva y pensaba defenderla. Pero tampoco es un sádico con su público, así que enseguida llegó “And She Was” de Talking Heads y varios miles de cerebros hicieron cortocircuito. A pesar del cansancio de haber madrugado y volado en el mismo día del recital, hay algo muy energético de los conciertos en directo, pues una canción que uno lleva años en algún rincón neuronal te enciende el resto del cuerpo: bastan los primeros acordes y aquello se prende solo. No necesitas recordar la letra, porque la letra te recuerda a ti. La música es todo el combustible que necesitas.

Después aparecieron “Strange Overtones” y “Houses in Motion”, y comenzó a quedar claro que Byrne no pretendía ofrecernos una excursión cronológica por su carrera. Pasado y presente se mezclaban con absoluta impunidad. Con “T Shirt” regresó al material nuevo y enseguida llegó “(Nothing but) Flowers”, una de esas canciones que explican bastante bien el extraño sentido del humor de Talking Heads: la civilización industrial se ha derrumbado, la naturaleza recuperó el planeta y el protagonista, en vez de celebrarlo, añora supermercados, estacionamientos y restaurantes de comida rápida. Conseguimos salvar al mundo y cinco minutos después estamos preguntando dónde demonios quedó el centro comercial.

Entonces llegó “This Must Be the Place (Naive Melody)”, y ahí se terminó mi supuesta objetividad periodística. ¿Qué se supone que hace uno cuando escucha This Must Be the Place enfrente de David Byrne? ¿Analizar los arreglos? ¿Tomar notas? ¿Contar percusionistas? No. Uno canta, uno baila, porque hay canciones que dejan de pertenecer a sus autores. Se pegan a nuestras casas, a personas concretas, a viajes, rupturas, amores, pérdidas y momentos que seguramente jamás conocerá quien las escribió. Durante unos minutos aquello dejó de ser una canción de Talking Heads. Era la canción de cada uno de nosotros. En ese instante sublime comprendí que esos tarjetazos espontáneos para ir a conciertos se pagan solos.

Justo cuando parecía que la noche no podía ponerse más bizarra, Byrne consiguió ponerse todavía más Byrne. Las pantallas comenzaron a mostrar fotografías de Monterrey, pero no eran imágenes de archivo ni material enviado por alguna oficina de turismo: las había tomado él mismo. Byrne contó que el día anterior había recorrido la ciudad y visitado el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, MARCO. Le había llamado particularmente la atención su arquitectura y comenzó a proyectar algunas de las fotografías que había hecho durante el paseo. Así que, de pronto, el concierto de rock se convirtió en una pequeña cátedra de arquitectura mexicana. ¿Y por qué no?

Byrne explicó que al observar el edificio había pensado inmediatamente en Luis Barragán. Los colores, las geometrías, los muros monumentales y el juego con la luz le resultaban tan familiares que incluso bromeó con la posibilidad de que alguien estuviera copiándole al arquitecto jalisciense. Pero después investigó y descubrió que MARCO era obra de Ricardo Legorreta, arquitecto mexicano profundamente influido por Barragán y considerado uno de sus discípulos. Ahí estaba yo, que había volado a Monterrey para escuchar “Psycho Killer”, recibiendo una explicación sobre Legorreta y Barragán impartida por el cantante de Talking Heads mientras proyectaba sus fotografías. No figuraba en mis planes. Para entonces el viaje ya funcionaba con su propia lógica sinsentido.

Después del inesperado seminario de arquitectura llegó “What Is the Reason for It?”, tema que Byrne también llevó al español como “¿Cuál es la razón?”, en colaboración con Natalia Lafourcade y Camilo Lara. Y aquí reapareció otra de las razones por las que Byrne sigue resultando interesante después de tantas décadas: jamás ha respetado demasiado las fronteras musicales. Por fortuna, en su cabeza caben el punk neoyorquino, el funk, África, Brasil, la electrónica, el art rock, los ritmos latinos y hasta la cumbia. El purismo siempre ha sido una manera terriblemente aburrida de escuchar música.

Después vino “Like Humans Do”, seguida de “When We Are Singing”, mientras el escenario continuaba mutando. Los músicos avanzaban, retrocedían, formaban grupos, se dispersaban. Nadie defendía ese metro cuadrado que suele corresponderle a cada integrante de una banda tradicional. Todo se movía mientras yo pensaba “esto no es un concierto, es un espectáculo audiovisual, es un show totalmente kinético”.

Siguió “Independence Day”, proveniente de aquel Rei Momo donde Byrne, antiguo líder de las Cabezas Parlantes, artista conceptual, cineasta, compositor, productor, escritor y hombre capaz de llenar auditorios alrededor del mundo, se había metido de lleno con sus obsesiones latinoamericanas y en colaboraciones con músicos de todo el orbe. Posteriormente apareció “Slippery People”. Entonces el cuerpo se impuso al cerebro. Talking Heads entendió mucho antes que buena parte del rock-pop mainstream que uno podía ser cerebral, sofisticado y hasta pretencioso sin renunciar al inalienable derecho de mover el culo. No hay contradicción alguna en ello.

Después llegó “Moisturizing Thing” y le siguió “My Apartment Is My Friend”, otro título perfectamente compatible con la mente de Byrne, y posteriormente “Air”, que nos devolvió hasta los primeros años de Talking Heads. Canciones separadas por décadas convivían sin que aquello se pareciera a una antología. Byrne no estaba contando la historia de su carrera; estaba fragmentándola. Tomaba lo que necesitaba de cada época y lo utilizaba para construir algo nuevo. Entonces llegó el momento que muchos estábamos esperando, los primeros acordes de “Psycho Killer”. No hacen falta demasiadas palabras. Ese bajo. Esos acordes. Ese fa-fa-fa repetido ad infinitum y cientos de personas perdiendo simultáneamente la compostura.

Puedes haber escuchado una canción en la radio cientos de veces y creer que ya nada puede sorprenderte hasta que aparece frente a ti la persona que la escribió y de repente las décadas desaparecen. Por momentos no estás en 2026. Estás en CBGB. Estás viendo aquel David Byrne nervioso y flaquísimo en VH1. Estás escuchando Talking Heads por primera vez. Y luego vuelves a Monterrey. Sin dar demasiado respiro, Byrne atacó con “Life During Wartime”. This ain’t no party, this ain’t no disco, this ain´t no fooling around…

Aquella vieja paranoia urbana compuesta a finales de los setenta volvió a sonar sorprendentemente contemporánea, acompañada además por imágenes vinculadas con protestas y las políticas migratorias estadounidenses. La canción había sobrevivido a su época. Por desgracia, también algunas de las cosas sobre las que hablaba. Para entonces el escenario era una maquinaria en movimiento: percusionistas atravesándolo de un extremo al otro, músicos intercambiando posiciones, imágenes recorriendo las pantallas y Byrne en medio de todos, como si dirigiera una excursión para extraterrestres aficionados al funk.

Y entonces llegó “Once in a Lifetime”. Same as it ever was. Uno recuerda inevitablemente aquel Byrne espasmódico de los ochenta, los videos de Talking Heads, la película del concierto Stop Making Sense, el traje gris gigantesco, MTV, los discos. Y luego mira al hombre que tiene enfrente. Setenta y cuatro años. Bailando con una sonrisa de oreja a oreja. Yo ya estaba calculando dónde podría sentarme después del concierto. Hay algo profundamente humillante en descubrir que David Byrne envejece mejor que tú. Igual como siempre fue.

De repente se hizo la oscuridad y vinieron los aplausos, la despedida. La cosa parecía haber terminado, pero nadie se movió, porque todos sabíamos que aquello no podía ser el fin. Byrne regresó con “Everybody’s Coming to My House”, de American Utopia, y la pieza parecía describir con bastante precisión lo que había ocurrido durante toda la noche. Habíamos entrado a la casa mental de David Byrne. Un hogar francamente extraño donde conviven Talking Heads y Brian Eno. África comparte habitación con Latinoamérica. El punk se encuentra con la cumbia. Hay danza contemporánea, electrónica sampleada, humor absurdo, sátira política, departamentos solitarios llenos de libros y visuales psicoartísticos.

Yo pagaría por entrar a esa casa el doble o el triple de lo que me había costado estar en uno de los mejores conciertos de mi vida (junto con los de Robert Plant, Happy Mondays, Goran Bregovic, Sigur Ros, John Fogerty, Iggy Pop, Animal Collective, The Flaming Lips, etc.), y no exagero, la bara estaba alta para entrar en mi top ten, pero Byrne no se coló a empujones como otros rockeros, sino caballerosamente, a base de buena música y una experiencia estética llena de belleza y felicidad.

Entonces llegó la única canción posible para terminar semejante visita: “Burning Down the House”. Ahora sí. Adiós a cualquier vestigio de dignidad. Todo el Escenario GNP estaba bailando después de haberse visto muy apagados durante buena parte del concierto. La casa ardía, yo saltaba y cantaba sin aliento, pues desde que me colé hasta la séptima fila nunca tomé asiento, me fue imposible, un cohete llamado David Byrne había despegado y yo trataba de seguirle el paso.

El concierto terminó alrededor de las 11:15 de la noche, dos horas después de aquel primer “Heaven”, y con eso terminó también el paso de David Byrne por México en 2026. Monterrey había sido la última escala nacional del Who Is the Sky? Tour, aunque la gira todavía continuaría fuera del país. Para nosotros, sin embargo, aquello tenía inevitablemente sabor a despedida. Tres días antes yo no tenía planeado estar ahí. Peor aún: ni siquiera sabía que Byrne estaba en México.

Podía aceptar la derrota o alcanzarlo antes de que abandonara el país. Elegí lo segundo. Vuelo comprado con urgencia, entrada, hotel, traslados, comidas y esa maravillosa ficción financiera llamada tarjeta de crédito, gracias a la cual podemos convertir las malas decisiones del presente en problemas para nuestro yo del futuro. Gracias a años de conciertos en vivo me he formado una mística muy especial, los dioses del rock existen, y sólo le sonríen a aquellos que arriesgamos todo y damos hasta lo que no tenemos por estar ahí.

Eso iba pensando mientras salía del Escenario GNP en total éxtasis, genuinamente alegre; existen gastos y existen inversiones. No pienso preguntarle a ningún asesor financiero en qué categoría entra perseguir a David Byrne hasta Monterrey. Eso sería un absurdo, prefiero mi propia contabilidad existencial. Había escuchado “This Must Be the Place”, había bailado “Psycho Killer”, había cantado “Once in a Lifetime”, había recibido una inesperada clase sobre arquitectura mexicana y había terminado brincando con “Burning Down the House”. Saldo a favor y diferido para lo que resta de mi vida.

Porque los dioses de la música tienen reglas bastante extrañas. A veces exigen kilómetros, decisiones irracionales y una deuda a meses sin intereses. Pero también saben recompensar a sus fieles acólitos. Así salí nuevamente a la calurosa noche regiomontana. Tres días antes no tenía boleto. Ahora tenía una historia inolvidable, una anécdota que todavía no supero y que todavía revolotea en mi cabeza parlante al tiempo que escribo estas líneas. La casa había ardido. La tarjeta sobreviviría, yo también viviría para contarlo y recordarlo de nuevo. Same as it ever was.

Compartir artículo:
More from Ricardo E. Tatto
Sobre los libros viajeros
¿Los libros nos llevan de viaje o nosotros los llevamos de paseo?...
Read More
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *