CAPÍTULO I. MAPA
Olía a ajo descompuesto, ¿sabe? Sí, a azufre. Era un olor denso, entró lentamente por mis fosas nasales, se atascó en la garganta y se me pegó al cuerpo; era tan intenso que por un momento pensé que provenía de mí. Estaba en los sillones azules, en los dos cuadros de naturalezas muertas, en el espejo entero de la sala, en las hojas de la palmera que llegaban al techo, en los libros de cerámica. Hasta ese momento fui consciente de que el departamento olía a Elena. Nauseabundo. Sí, la ausencia hace eso, ¿pero sabe qué fue lo peor? Que yo amaba ese olor. Era su cuerpo. Era ella. Podía lamerla toda, tragármela.
Después el olor tomó forma y pude ver su silueta rondando por la casa; pedazos de su cuerpo. Unas veces sus pies; otras, el pelo al aire; su perfil. Puedo asegurarle que llegué a escuchar su voz ronca: Cariño, la cena. ¡Lárgate, no te soporto! Tiré todo. Los muebles de la estancia, las cosas de la cocina, la vela gorda del centro de la mesa, los cuadros. Dejé todo pelón. Ya no recuerdo cuántas horas me tomó deshacerme de aquello. Pedí una mudanza. Regalé todo.
Al terminar me tiré al piso, me llegó el tufo, levanté los ojos y la vi caminar descalza y detrás, como si fuera su sombra; un remolino de olor. Se movía atolondradamente, desesperado por pegarse en alguna parte; ya no tenía dónde posarse, intentó quedarse en las paredes, en las cornisas afrancesadas. Se resbaló, no tuvo más remedio que irse por el balcón. Lo seguí. Se fue hacia abajo, hacia la calle donde estaban los mendigos. Pero ahí tampoco había nadie, los desalojaron hace poco. Entonces el olor se difuminó. Respiré. Me reí como loco, las carcajadas salían como vómito.
Durante diecinueve años pagué puntualmente las mensualidades de ese departamento, desde que lo vi me enamoré. Le dije a Elena que ese sería nuestro hogar. Tres meses después de terminar de pagarlo, la maldita se suicidó ahí. Fue un viernes, ocho de la noche. La encontré en el cuarto, acostada; vi su rostro y lo supe: pastillas. Todas las cosas que ella hizo en la última semana cobraron sentido. Como una ráfaga me llegaron sus manos largas y venosas restregando el piso con furia, limpiando los cubiertos. De repente le había dado por lavar ropa y planchar, pensé que en algún momento me explicaría. Sí, ¿sabe? Se estaba despidiendo.
Sabemos que era extravagante. No le di importancia a eso de que limpiara todo obsesivamente, pensé que se le pasaría. Pero lo que más me angustió, lo que en verdad me erizó los pelos, fue encontrar que se había matado con las uñas de los pies pintadas de rojo. Sentí el corazón en la garganta. Nunca, nunca me habían temblado las manos como esa vez. Ella odiaba el rojo: nunca quiso pintarse los dedos de las uñas con ese color, se lo pedí varias veces pero me dijo que era vulgar. Fue inútil discutir con ella.
Corrí al baño y busqué entre los cajones la acetona, quité el esmalte uña por uña. ¿Por qué se había ido con ese color? ¿Por qué no con el verde o azul? Al terminar me di cuenta de que sus pies estaban embadurnados de rojo. Me dio remordimiento, pero ya estaba muerta. Y entonces fui por una toalla y jabón, los lavé, los dejé impecables. Sí, hasta orgulloso me sentí. Luego agarré el esmalte rojo y pinté uña por uña. Me costó mucho trabajo; unas veces quedaron manchas; otras, rayas. No sabe el trabajo. En cualquier momento llegaría la muchacha de la limpieza, el teléfono sonaría o alguien tocaría la puerta. Mis manos parecían sonajas, pero lo logré. Dejé los pies tal como ella los dejó, impecables; perfectos, como ella.
Al final entendí que se había ido así por mí, para darme gusto. Por lo menos ya muerta me había concedido ese deseo, pintarse las uñas de rojo. Sí, rojo como la sanguaza, como la sangre fresca, como la granada. Dejó una nota exculpándome de todo, decía que ella se había suicidado sin más, por su propia voluntad. Llamé a la policía, los trámites legales fueron una pesadilla.
También me dejó una lista con instrucciones: la debía enterrar con un vestido blanco que dejó en el clóset, también me decía a quién debía invitar al entierro. La lista de personas no era muy larga, pero aun así era una lista. Estaba fuera de mí, pensé en quemarla, vestirla con otra cosa y velarla yo solo, pero sentí culpa. A los muertos hay que cumplirles lo que sea. Pero irse así… No podía recordar sus últimas palabras. ¿Me había dicho cariño? ¿Cariño? ¿Cariño? No, no me dijo eso. ¿Desde cuándo no me llamaba así? No lo sabía, los ojos me daban vueltas, como si fueran canicas. Sentí que se me salían. Imaginé su boca como si fuera la de un ventrílocuo que la abre y cierra sin control; decía cosas que no comprendía. ¿Qué fue lo último? Aún no lo sé. No, no lo sé. Las preguntas me atiborraron la cabeza. ¿Había sido infeliz? Pensé en el niño. Sí, me dije, fue eso. Yo creía que eso había quedado atrás. Al final fue ese niño.

Es muy difícil estar con alguien que de la noche a la mañana es otra persona. Usted la justifica, me debió advertir que estaba enferma. Marina me reclamó, me dijo que yo debí cuidarla, pero era imposible. Decía que los psicólogos no sirven para nada. Si desde un principio me hubiera dicho que ella tenía problemas, yo habría sido más precavido.
Sí, fui un desconsiderado. Elena cambiaba de humor todo el tiempo, de la noche a la mañana podía ser otra. Usted debió hacer algo. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué no podía? Es muy fácil echarme la culpa. Varias veces le dejó de hablar. ¿Fue ella? Pues ella me decía otra cosa, que usted le cerraba la puerta en la cara cada vez que la visitaba.
Recuerdo nuestra boda, fue inolvidable. Sí, eso dijeron todos. La gente siempre dice eso de las bodas. Diecinueve años después la metí en un ataúd, tal como ella pidió. Llamé a los que fueron a la fiesta. Imaginé pedirle a toda esa gente que también me metieran en un ataúd y nos aplaudieran a los dos, de la misma manera en que lo habían hecho hace muchos años, cuando nos casamos, cuando nos desearon mucha felicidad.
¿Qué otra cosa se puede desear en una boda? No dejaba de preguntarme el por qué. ¿Sabe qué hice luego de que dejé limpio el departamento? En la noche fui a mi trabajo, entré a la oficina y descolgué cuidadosamente el mapa de la República Mexicana que estaba en la pared y tiene todas las delimitaciones de los estados; mide 3.20 por 2.50 metros. Lo enrollé cuidadosamente para llevármelo a casa y lo pegué en toda la pared del estudio, el último cuarto que no clausuré después de su muerte. En ese mapa dibujé a Elena, sigue ahí. A veces siento que ella aún respira.
En ese estudio tengo un sillón de dos plazas y una mesa de madera triangular sobre la que puse la foto que me dio Marina en el funeral, tachuelas, plumones, lápices y una guía de los ríos de México. Sí, los conozco todos. Decidí que me despediría de Elena en ese mapa: ahí dibujaría su cuerpo y pondría mis recuerdos.

Al principio fue raro, sentí como si la estuviera cortando con un bisturí. Me imaginé como a un criminal. Tenía que hacer algo para sacármela de la cabeza: dibujarla, diseccionar su cuerpo poco a poco. Era la única manera en que podía despedirme de ella.
Siempre he pensado que el mapa de la República Mexicana parece una ardilla sin cabeza. Hasta arriba, Baja California; junto, Sonora, Chihuahua, Coahuila; en la punta, Yucatán. Uno de mis deseos era visitar Quintana Roo con Elena, pero ella odiaba el calor. Ve tú, decía, pero yo deseaba ir con ella. Para mí, sus pies eran Quintana Roo. La República Mexicana era el cuerpo de Elena. Su cabeza, el cuello, los brazos, los senos, el ombligo, las pantorrillas, los pies. No sabía por dónde comenzar.
Me encantaban sus ojos negros y redondos como los del chicozapote, la nariz recta y los labios de línea. Llegué a pensar que si le quitaba la cabeza quedaría como un torso mocho, y verla sin pies también sería muy cruel. No había manera de hacerle el amor sin piernas, no podía fantasear con eso. Pero no hubo remedio, primero fueron sus pies.

