Mélida Areúsa/ Se supone que el silencio
Se supone que el silencio es lo que nos emparenta como seres humanos. En cuanto abrimos la boca nos distinguimos, nos convertimos en territorios y estratos sociales en pugna. La verdadera Torre de Babel no es un lenguaje común para toda la humanidad, Babel es el silencio, el silencio de los semejantes a los que les basta una mirada para entenderse.
Uno frente al otro y con la boca callada, ninguno de los cinco éramos tan distintos. Éramos pieles, gestos, color de ojos, estatura, complexión y tipo de cabello; nosotras además éramos tetas, culo y actitud corporal. Jenny era pálida, sonriente, de ojos verdes, chaparrita, delgada y de cabello rizado; yo morena, ojerosa, ojos castaños, alta, casi gorda y de cabello lacio. Jenny tenía unas tetas grandes, culito respingón y actitud de perro agradecido. Las mías eran pequeñas, tenía el culo más grande y una actitud de gato desconfiado. Pero aún así no éramos tan diferentes en silencio. Ella bebía y yo no, yo me comía las uñas, ella sabía bailar, yo miraba la hora, ella miraba los rostros con la bondad de una madre.
Al abrir la boca parecíamos provenir de otros planetas. Jenny era la verdad, el amor y la justicia, ella tenía el derecho, lo mío era un capricho. Derecho a quejarse, derecho de bromear, derecho de estar en contra de sí misma y los suyos. Yo cuidaba mis palabras, las meditaba en un grado rayano a la mentira, no quería discriminar ni ofender por causas de género, color, procedencia, condiciones socio-económicas. A Jenny le valía madres, era misógina como el peor tío borracho en Nochebuena, se jactaba de su pésimo gusto mimetizado de Tv Notas y el 97.7, la número uno en éxitos, discriminaba a “los pinches indios”, “a las pinches nacas de su cuadra”, “a los chaquitas pendejos”, no sabía quién era el presidente ni qué leyes se estaban debatiendo en el Senado. Pero al menos parecía absolutamente sincera, no como mis amigas de la secundaria, que se valían de la honestidad para joder a los débiles. Jenny sencillamente no tenía el filtro demagógico que hemos fabricado los cautelosos izquierdistas. Y era liberador, aunque yo quedaba como una aguafiestas, con cara de asco y una vara metida en el culo.

Sentía la necesidad de corregirla, pero me callaba, ¿qué derecho tenía yo? Jenny era una mujer sin recursos, se había jugado la vida cada día, conocía de primera mano tragedias que nosotras solo veíamos en películas, y aun así hablaba de “las pinches feminazis”, “los maestros huevones”, “los güeros guapitos”. Su fantasía era casarse con un güero con varo. Lo dijo sin tapujos y yo no podía parar de reír con todas esas pendejadas, honestas pendejadas, inocentes, peligrosas, pero sin malicia.
Sentí que eran tan falsos, tan fuera de la realidad cada uno de mis argumentos, que tuve que bajarme del pedestal ideológico para platicar de frente. ¿Mellado aprobaría esa concesión? Según Fromm, la primera enajenación ideológica empieza en el lenguaje, los izquierdistas queremos socráticamente ponernos de acuerdo en el significado exacto de ciertos términos, desnaturalizamos la conversación para domesticar los enigmas, pero con esta estrategia metalingüística, en la que nos salimos del diálogo para establecer de antemano qué significan las palabras, nos alejamos del interlocutor sincero y evidenciamos una postura elitista, casi clerical; nos creemos los únicos intérpretes de la palabra sagrada del Señor. Pero es que si alguien te pregunta si a ti te parece bien lo que hacen las feminazis, si los del América son bien putos, si los güeros cogen rico, si Iztapalacra está lleno de chacas, no podemos contestar que sí o que no a la ligera, tenemos que interrumpir la premisa para precisar que hay una falacia en el uso de los términos; de otro modo se concede el apelativo y todo lo que venga después estará viciado, sería una aporía. ¿Y qué sabía Jenny de aporías?
¿Cómo interrumpir para cuestionar a detalle las posibilidades tóxicas de una palabra sin parecer soberbia, creída, distante? ¿Cómo, sabio Mellado, sería posible darle hilo a una conversación que surge de una idea viciada? ¿Hasta dónde debemos conceder los usos reaccionarios de la lengua en aras de una interacción de tú a tú? No podía contestarme ninguna de esas preguntas, por lo que opté, como los políticos hipócritas, como los reaccionarios de closet, por la comodidad del silencio.

Y la risa.
El que calla otorga, el que calla concede, pero el que calla y además ríe, es parte del problema, es la peor calaña de cómplice; los abusadores, los que hacen chistecitos machistas, los agresores físicos o verbales no serían nada, me decía, sin el grupito de tibios que les aplaude sus bravuconerías; “sí, madréatelo cabrón, te bajó a tu vieja”, “no mames, es un chiste, no te lo tomes tan en serio”, “para qué te enojas si a ese güey no le molesta que le digan así, que lo traten así, que lo jodan así”. Todos los que han dicho algo parecido son parte de la espesa capa de mierda que recubre el mundo.
Y Jenny me llevaba a derretirme en esa espesa capa de mierda, y no tenía siquiera un pedacito de argumento que me dejara cuestionarla sin sonar mamona. Ella tenía el derecho y yo no. Si quería hablar, me vería obligada a buscar mis supuestas vulnerabilidades para ganar oídos piadosos. Nunca me había diagnosticado en ese contexto mediático de la víctima que tiene que ser víctima para ganarse el derecho a hablar, yo también era mujer, también había sufrido abusos, agresiones verbales cotidianas, violaciones, el hijo de puta de Gandolfi me había violado; creo que fue la primera vez que lo pensé en una sola oración sin eufemismos; y además era una mujer huérfana, sí, de cuna privilegiada, pero huérfana y abandonada. ¿Por qué tenía que caer en esa lógica para ganarme el derecho a que mis observaciones tuvieran algún valor? Yo no era eso, al menos no a mis ojos.
Todo aquello me cuestionaba mientras ellos se tomaban doscientas cervezas Tecate y ponían canciones mexicanas que Jenny gozaba con el fuego de sus vísceras y ellos canturreaban con una sonrisa irónica; canciones de violación, “procura coquetearme más y no reparo de lo que te haré”; de pedofilia, “amo su inocencia, diecisiete años”; de feminicidio, “consigue una pistola si es que quieres y vuélvete asesino de mujeres”.
Vallejo era el único que se mantenía impávido sentado en una esquina, a Cuautli le tenía sin cuidado la corrección política y hacía con la mano una pistola coreando “Mátalas” mientras Jenny hacía como que recibía sus disparos en el pecho y meneaba las tetas. ¿Y Julián? Julián bebía y se camaleonizaba con quien más le conviniera.

***
Me lo cogí en el carro por puro coraje y me gustó, me imaginé en la piel de Jenny, en la boca de Jenny, se la mamé en el asiento de atrás y cuando lo miraba, borracho, tembloroso, sorprendido, me imponía internamente a juzgar el mundo como lo haría ella.
—Dime que soy una puta.
Creo que ni siquiera me escuchaba, estaba sumergido en sus propios fantaseos, seguro que también estaba intercambiando mis labios por los de Jenny, mis tetas por las de Jenny, mi coño por el de Jenny.
—Esto puede que funcione —le dije un poco enamorada.
Julián eructó.
Sentí la angustia, la terrible insignificancia, de mi departamento vacío. Así se quedaba sola la gente, creyéndose superior al resto. Mi tía Gloria no era una mujer reaccionaria sino todo lo contrario, intentó ser parte de la justicia de su tiempo, en su etapa estudiantil también participó en marchas, recolectó firmas, colaboró en revistas insurrectas. Y se quedó sola. Pero no era la soledad lo que me asustaba, sino el desprecio, el que sentía ella por todo aquel que se le acercaba y el que sentíamos todos cada vez que pronunciábamos su nombre. Yo no quería terminar así, pero tampoco quería convertirme en una Jenny idiota, sin ningún compromiso con mis ideales.
Nos dormimos abrazados, y cuando desperté él ya no estaba. ¿Y cuáles eran mis ideales? Sonámbula, le escribí un mensaje al Fauno para que viniera, la casa estaba muy sola, las paredes blancas ya no me hacían compañía y mi colchón en el suelo daba la sensación de un abismo desequilibrado.
***

—¿Qué onda, Meli? Te ves muy guapa hoy —me dijo el Fauno nada más entrar.
No supe qué decir y dejé que me siguiera a mi cuarto. Se quitó la camisa y los zapatos.
—Creo que tengo un novio —le dije en cuanto empezó a besarme.
—¿Lo conozco?
—Julián Segovia.
—¿El borracho de Letras?, ¿el que vende libros?
—Sí.
Se quitó el pantalón y me desnudó en la cama.
—Suena interesante.
—Creo que estoy enamorada —dije—, puede que sea serio.
—No mames, Mélida —dijo recostándome en la cama.
Me penetró y, como me notaba desatenta a sus besos, se dedicó a lamerme las tetas y el cuello. Yo seguía pensando en Jenny. ¿Cómo se sentirá una en la vida llamándose Jenny? Jennifer.
—No te vengas adentro —le pedí.
—No mames. ¿No te pusiste el parche?
—Sí, pero no quiero.
Se molestó un poquito, pero me obedeció como siempre y se vino en mi entrepierna.
—¿Podemos dormir juntos un ratito? —le dije.
—Tenemos que estar en la asamblea en media hora —respondió vistiéndose.
—Sí, pero un ratito nada más, estoy agotada.
—Claro Meli —obedeció como de costumbre y se quedó dormido en un instante.
Me levanté de la cama y me sentí rara con el olor de dos hombres en mis poros. Busqué mi toalla y me fui a bañar.
***
Morir por una causa, ¿cómo estar completamente segura de que es la correcta? La fe lo explica con los fanáticos religiosos, pero con los revolucionarios que deniegan la divinidad, ¿cómo funciona el compromiso? Debe haber algo de ceguera, si todos somos dobles, vemos con dos ojos, tenemos dos hemisferios cerebrales, diferentes edades con diferentes intereses políticos, azarosos lugares de nacimiento, educación, cariño. ¿Cómo estar segura de que lo que una cree es lo correcto? Peor aun, ¿cómo estar segura de que una cree lo que cree?
—Julián, ¿tú crees que la verdad existe? —le pregunté un día tirados en la cama.
Acabábamos de ver el Episodio III de Star Wars, que lo mantuvo encabronado por dos horas. A mí la película sí me gustó y hasta me dejó pensando, especialmente en ese momento en el que Padme le pregunta a Anakin: ¿nunca has pensado que tal vez estamos peleando del lado equivocado? El lado equivocado, nunca se me había cruzado por la cabeza la posibilidad, y cada día tenía más dudas de qué cosa era la verdad. ¿Cómo saber que creemos en lo que creemos y que no nos fue impuesto un imperativo superior? Como esas bandas musicales vergonzantes de los noventa, que solo te gustan porque te gustaron, porque a tus amigos les gustaban, porque sonaban todo el día, pero si lo piensas musicalmente son espantosas, aunque jamás te atreverías a decirlo en voz alta, ¿qué tal que eso mismo ocurría con los ideales?

—La verdad existe —respondió Julián para mí tranquilidad.
—¿Y cómo la distingues de la mentira?
—No lo hago, no me importa que se confundan.
—Entonces, ¿cómo sabes que crees en lo que crees?
—No lo sé, no me importa saberlo. Hay un clic, un algo que me hace intuir lo que acepto como vida, y a veces lo sigo y a veces le llevo la contraria.
—¿Como un juego?
—Como alguien que está muy pinche aburrido de sí mismo.
—¡Eso es lo que me está pasando! —lo identifiqué—. Por primera vez estoy aburrida de mí misma, y lo más raro es que me gusta.
—Te estás enajenando en el individualismo —me arremedó el idiota
—Cállate, no es eso, o tal vez sí, pero creo que ya lo entendí: la verdad sí existe, pero es aburridísima.
—Ayer me contó Vallejo que las nutrias juegan con una misma piedra toda su vida, lo hacen solo por diversión, seleccionan una piedrita, se encariñan con ella y jamás la pierden, ¿cómo podría pasar eso en el mundo si no existiera la verdad?
—Vallejo es un típico lucas verde —dije y procedí a contarle a Julián mi teoría de la gente lucas.
Hay cinco tipos de personalidades en nuestra generación, cinco perfiles psicológicos de acuerdo a los cinco sabores de chilito Lucas que comíamos en la infancia. El Lucas era un botecito de chile en polvo que inventaron en los años noventa para sazonar jícamas, pepinos o zanahorias, pero de niños lengüeteábamos la sustancia pura en la palma de la mano como hacen los carneros con los bloques de sal.

Yo siempre me compraba el azul, me lo servía en una montañita debajo de mi pupitre y me chupaba el dedo para saborearlo en clase. El Lucas fue uno de los grandes responsables de la gastritis crónica entre mis amistades del Colegio Alemán porque encontró su mercado en la etapa oral de una generación insaciable. Con la llegada del nuevo milenio, le hicieron fama de que daba cáncer, como esos chicles de un metro que vendían en los semáforos, y lo descontinuaron.
Había cinco modelos de Lucas correspondientes a un tipo de carácter distinto. Estaba el amarillo para esas típicas personas que sacan ocho en todas las materias, los que no son ni muy buenos ni muy malos en ninguna actividad, sea física o intelectual.
—Yo comía de ése —dijo Julián.
Me reí y no le dije que me parecía evidente, desde el primer día que lo conocí supe que era un típico lucas amarillo. También estaba el Lucas rojo, el más picante, en verdad el sabor era casi el mismo, pero el hecho de comprar el bote rojo respondía a una necesidad de demostrarle algo al mundo: miren lo fuerte, lo valiente que soy, ese corresponde a las personas temperamentales y extremas.
También estaba el botecito azul, el Lucas Baby, designado para la gente que habla varios idiomas y no se le hincha la cara, los que siempre tienen limpios los zapatos y presumen el tobillo en pleno invierno. En cuarto lugar estaba el Lucas gusano, el líquido que apretujabas como un acordeoncito de salsa agridulce, el modelo de los simpáticos solidarios.
—Nadie se lo comía solo —le expliqué a Julián—, lo tenían para presumir en el recreo y escupirlo en las manos ajenas.

—Odiaba a esa gente.
—Yo también.
Por último estaba el más raro, el botecito de lucas verde que tenía un polvo blanco tan ácido que a veces te sacaba sangre de la lengua, ese pertenece a los excéntricos, los descarriados, los originales, a esos correspondía su amigo Vallejo.
—¿Y tú cuál eres? —me preguntó.
Bajé la vista a mis tenis bien limpiecitos.
—Soy una lucas baby, me veas por donde me veas.
—Cierto, no lo había pensado —dijo Julián—. Pues, si te soy sincero, creo que en la primaria tampoco me caían bien los lucas baby.
—También tuve una etapa de lucas rojo, no te creas, de niña estaba bien enfurruñada, pero me obligue a convertirme en lucas baby por el bien de todos.
—¿Se puede cambiar de modelo?
—Claro de todos menos del lucas verde, esos están condenados a ser por siempre estrafalarios.
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