“Los críticos, al contrario de los novelistas, no encuentran en los libros lo que pueden sino lo que quieren”. —Gabriel García Márquez.
Últimamente he leído a ciertos críticos literarios —abanderados del buen gusto y paladines de la belleza, según ellos— sobre ciertas obras literarias.
Para empezar, llama la atención un punto determinante. La mayoría de estos críticos nunca ha escrito un cuento, un soneto, una obra de teatro o novela. No han experimentado el poder creativo (o el tedio de los meses a priori documentando el argumento) frente a una computadora, hoja de papel, máquina de escribir o pergamino. Tampoco (esto se deduce fácilmente por su forma y no tanto por el fondo) se han dado a la tarea de estudiar la composición gramatical y sus figuras retóricas para desmembrar o desmontar la estructura de una obra literaria.
O soy muy ingenuo, o penosamente advierto cómo muerden la carnada.
Y me surgen las preguntas, ¿de dónde les brotan tantas obviedades? ¿Es que ser un crítico es parafrasear cada párrafo que se está “analizando”? ¿Se les olvida que un escritor es un prestidigitador que utiliza los recursos estéticos, retóricos y narrativos propios de la técnica y estructura del lenguaje para seducir o engañar a los lectores? ¿Por qué se toman tan en serio sus conclusiones? ¿Por qué se exhiben de esa manera? ¿Por qué piensan que los lectores son tontos? ¿Por qué los críticos se hacen pasar por intelectuales inteligentes?
Recuerdo una entrevista que Sabina Berman le hizo a Carlos Salinas de Gortari —quien dejó constancia, por cierto, de ser un lector acucioso— donde el expresidente de México soltó una frase cínica: “¿Todo escritor es un intelectual? Tal vez. ¿Todo intelectual es escritor? Quién sabe.”
Algunos escritores, autores de aquellos libros que fueron lapidados por la crítica —obras que serían referentes en generaciones futuras— se han partido de la risa al leer toda esta parafernalia crítica. Y con el paso de los muchos años, la razón sigue asistiendo a los autores de aquellas obras literarias.
Bien escuché por ahí que el mejor crítico de una obra no es el lector, ni la crítica, ni las pocas o muchas ventas, ni la clarividencia del editor, sino el paso del tiempo. Obras que en su día fueron motivo de risa y escarnio público, tuvieron, con el andar de las décadas, la aceptación que nunca llegó en su momento. A eso le han querido llamar de mil maneras. Que si el autor era un adelantado de su tiempo. Que si tenía un pensamiento progresista. Que si predijo el feminismo. Que si tenía voz de profeta. Que si no fue valorado en su siglo. Y tantas cosas que se han escrito sobre el autor de una obra que acusa “revolución” en el mundo literario.
Pues bien, aquí cabe aclarar de una vez por todas qué sí y qué no es una crítica literaria, y lo podemos resumir con una sentencia de Gabriel García Márquez: “Los críticos se han arrogado la tarea de ser intermediarios entre el autor y el lector”. Y en otra cita afirma: “con una investidura de pontífices (…) asumen la responsabilidad de descifrar todas las adivinanzas del libro corriendo el riesgo de decir grandes tonterías”. (The Paris Review, 1981; El olor de la guayaba, Diana, 1982).
El colombiano —que no era muy aceptado entre la crítica “intelectual” o académica por su sabido desprecio hacia ellos— recriminaba que el destino final de un libro no es el crítico sino el lector. O como objeta el protestantismo: “Yo no hablo con los hombres, yo hablo con Dios”. Y García Márquez hablaba directamente desde las alturas de su Olimpo, con la mirada graciosa y humilde hacia la tierra, donde se le ninguneaba por“su imagen de narrador instintivo, casi salvaje, alérgico a la teoría y mal explicador de sí mismo o de sus libros”. (Juan Gabriel Vázquez, “Palabras recuperadas”, en Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa. Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina. Alfaguara, 2021).

Sin embargo, hay que reconocer que Julio Cortázar sí creía en los santos, es decir, en los intercesores. Pese a que hubo un momento en que dijo no confiar en lectores mediocres, en una carta escrita a Carlos Fuentes el 15 de agosto de 1964, confiesa: “En cuanto a los análisis de la novela de Mario [Vargas Llosa] y de mi libro, me parecen muy justos y muy útiles para posibles lectores despistados”. (Las cartas del Boom. Alfaguara, 2023).
O lectores mediocres, como él mismo diría.
Aquí cabe hacer una precisión. El análisis de una obra literaria, en este caso de Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, había sido hecha por otro escritor, Carlos Fuentes. No por un crítico literario.
Más allá de que Cortázar tenía la debilidad de creer que la literatura era, además, un juego donde el lector debía participar (ahí está Rayuela con sus “instrucciones”, como si el lector tuviera en la mano peones, caballos, torres y alfiles, menos un libro), el argentino anunciaba que las obras literarias debían ser engullidas como papilla para evitar atragantamientos (o en ciertos casos, arcadas) por parte de los lectores “despistados” o “mediocres”.
Sí, hay que reconocer que los tiempos cambian, las formas, estructuras, el lenguaje y sus jergas o sociolectos, la morfología de las expresiones lingüísticas, la dimensión del pensamiento crítico, pero sobre todo la evolución o involución de una lengua. ¿Dónde se centra la crítica del siglo XXI en literatura?
“No sé con exactitud por dónde van, qué hacen o qué quieren hacer los poetas. Es importante, sin duda, que se hagan toda clase de experimentos y que se busquen nuevos caminos de expresión, pero hay que reconocer que es muy difícil juzgar algo en el proceso de experimentación. A mí no me interesa”. (Entrevista a Gabriel García Márquez, en Danubio Torres Fierro, Contrapuntos, medio siglo de literatura iberoamericana, 2016).

Al mejor escritor en lengua española del siglo XX no le interesaba emitir un juicio acerca del trabajo creativo de un colega. Si bien es cierto que en la actualidad las críticas literarias se inclinan en el elogio desmesurado más que en el flechazo certero al centro de la propia desmesura de la obra, la crítica literaria es inexistente.
Pero no porque no se quiera hacer crítica, sino porque el ejercicio está devaluado.
Habrá revistas o camarillas literarias de intelectuales —que conforman grupos editoriales de dichas revistas— ocupados en ejercer esa crítica sobre obras que no comulgan con su jurisdicción intelectual, basada en el desprestigio por razones políticas o burocráticas, generalmente en la academia universitaria.
Ahí tenemos los casos de escritores que ocuparon cargos en puestos clave como Jorge Volpi, quien fuera director de Canal 22, director general del Festival Internacional Cervantino y hasta hace poco Coordinador de Difusión Cultural de la UNAM. Guadalupe Nettel, quien fuera directora de la Revista de la Universidad de México. O Gonzalo Celorio, director de la Academia Mexicana de la Lengua. Puestos que sirven a esas camarillas o compadrazgos literarios en detrimento de nuevos valores que, por falta de esos “amigos”, no encontrarán nunca el tesoro enterrado del mapa literario.
Al margen de la burocracia cultural, hay revistas no subvencionadas con recursos públicos (pero que sí facturan publicidad del Estado) que sobrellevan la crítica literaria al límite de las reyertas callejeras, como es el caso de Letras Libres, revista que, al más puro mesianismo, si no recoges con ellos, desparramas. (Véase los interminables “enfrentamientos” literarios entre escritores que guiñan a la izquierda con los pontificales de derecha. O la última crítica de su decano Christopher Domínguez Michael sobre el premio Cervantes 2026 a Gonzalo Celorio, de quien reconoce apenas unos buenos cuantos párrafos en toda su obra y lo coloca muy por debajo de otros ganadores de este premio).
¿Esto es crítica literaria? ¿Un amasijo de artículos en revistas con fines político-burocráticos?

Si bien es cierto que en la supuesta República de las Letras no comanda un par de revistas cuyo fondo político es su bandera, la otra crítica literaria oscila en las antípodas. Suplementos culturales de algunos periódicos de circulación nacional no hacen crítica literaria sino elogio literario. Aquí no hay rivales de letras, todos son compadres buena onda, llevados un poco por la inercia de que decir la verdad es una falta de respeto. Y una falta de respeto no se lleva bien con la corrección política, ergo, la República de las Letras se transmuta en un país de ciegos.
No ha habido en la historia moderna de la literatura hispanoamericana un ente tan dañino como la corrección política (al margen de los excesos de la Edad Media), no solo en el proceso creativo (el escritor debe cuidar ahora —como un cirujano primerizo elige dónde sumir el escalpelo— las palabras “correctas” a la hora de construir frases cuya adjetivación no fuera a ofender a los lectores) sino al momento de hacer crítica literaria.
Lo que se hace hoy no es crítica literaria sino diálogo literario. Una suerte de dialéctica de dudosa voluntad, por no decir calidad.
¿A qué se debe esto?
Con la “democratización” de las redes sociales y el internet, la producción literaria tuvo un viraje inesperado, específicamente desde el 2004, año en que se publicó de manera póstuma la novela 2666 de Roberto Bolaño. Posterior a esa novela, la producción literaria en Iberoamérica ha sido un tanto desalentadora, salvo dos o tres escritores y escritoras en Argentina, España, Chile y México. Un crítico español bastante hilarante afirma que la última gran novela literaria fue Cien años de soledad. Después de aquella, la calidad literaria se fue a pique.
Pues bien, con la aparición de Facebook en el mismo año que lo hizo 2666, el trabajo literario de algunos autores que se autoadscribían de Avant-garde, se expuso más allá de las librerías o bibliotecas; escritores abrieron sus perfiles en las redes sociales, y con ello, no solo eran visibles en las solapas de sus libros, sino que los lectores podían sostener intercambios directos con ellos. Eso acortó la distancia entre un escritor con su público. Y no solo la redujo, sino que estos escritores comenzaron a alentar a sus seguidores en las redes sociales a que ellos también podían experimentar “el sueño” de ser escritor.

Así, después del 2010, una vorágine de jóvenes menores de 30 años compró el señuelo, y los autores que vendieron esta malísima idea creyeron que los likes se traducirían en ventas, y de esta manera comenzaron a proliferar sitios de internet, videos en YouTube, entrevistas en formato podcast y, por supuesto, las ferias de libro fueron cada año aumentando el número de visitantes. El libro, contrario a lo que se pensaba, salió de las librerías como Lázaro salió de aquella oscura cueva, y caminó con una salud que ni las propias editoriales se imaginaron.
Esto trajo consigo un fenómeno social, más no necesariamente cultural: el escritor influencer. Hoy pululan por la red miles de cuentas en Facebook, Instagram, Youtube y Tik Tok de jóvenes y no tan jóvenes que buscan “acercar” la literatura a las nuevas generaciones, “creadores de contenidos” que reseñan las buenas nuevas del reino de las letras: cualquiera que así lo desee puede ser escritor.
Y no está mal. Pero las motivaciones —me puedo equivocar, el tiempo dirá— son incorrectas, esto desde la perspectiva vocacional. Escritores nacidos antes de 1990 descubrieron que su disposición a la escritura estaba dirigida por la lectura, relectura y análisis de muchas obras literarias. En cambio, hoy en día parece que las motivaciones son otras. Para empezar, se lee, sí, pero mucha basura en la red. La formación literaria de jóvenes “prospectos” no sabe diferenciar el trigo de la paja. Se asumen “autodidactas” pero sin ninguna base literaria para forjarse un criterio. Y ya no hablemos de otros conceptos clave como la estética, la retórica y un largo etcétera, la mayoría de estos influencers literarios no tienen ni siquiera buena redacción. Ya no hablemos de ortografía.
Otro señuelo que esta generación se ha comprado y a crédito, son los talleres de escritura creativa. Autores que se promocionan en Facebook dan estos cursos vía YouTube u otras formas desde una computadora o de manera presencial. Y la gente le tiene fe a estos diplomados. Piensan que si Fulano de Tal les impartirá un curso de cómo escribir un buen cuento, con eso ya tienen las bases aseguradas.

Aplaudiría si en vez de dar cursos de escritura, rebosen la red de cursos de lectura. Es más loable y útil. Los jóvenes que tienen el deseo genuino de ser escritores lo que necesitan no es escribir, es leer. Y deben profundizar en una guía de buenas lecturas que le ayudarán a escribir cuando sea el tiempo pertinente. No digo que un escritor no necesita de vez en cuando ciertos consejos, pero al final la escritura se realiza en la más terrible soledad.
Con este escenario, podemos concluir de manera hipotética, que la crítica literaria desapareció del ámbito para ceder su lugar a la dialéctica lúdica literaria. Una que va más orientada al diálogo superficial, el elogio mortecino y la búsqueda de likes en las redes sociales.
Esto no quiere decir que los autores que precedieron a la generación de Roberto Bolaño y hasta del Boom Latinoamericano no se apoyaban mutuamente respecto de sus obras literarias, por el contrario, entre ellos se leían previo a la publicación de sus libros para ejercer una crítica que ha desaparecido del ámbito. (Véase Las cartas del Boom, Alfaguara, 2023, donde estos cuatro autores temblaban de zozobra cuando se leían entre ellos ante la implacable crítica que se ejercían; y véase la parodia que Bolaño mismo hizo de la crítica literaria en Los detectives salvajes).
Por último, cabe advertir que, pese a las ferias del libro que se llevan a cabo en Hispanoamérica, esto no se traduce ni en mejores ventas, ni en mejores obras literarias, ni en mejores lectores, ni mucho menos en mejor crítica literaria. La proliferación de este fenómeno merece mayor estudio e hipótesis ya que podría obedecer a una conducta insustancial y superficial de parte de los grupos que se ostentan en círculos literarios, sobre todo en aquellos que se manifiestan y reproducen bajo el formato de las redes sociales y los talleres de escritura.

