La retórica del agua/Poesía

Una selección poética de Carla Alonzo.*

 

“Nadie puede llegar al río/sobre otros pies que no sean los suyos.” Thomas Merton

 

SOSTUVO LA SOMBRA CON SUS MANOS.

Permaneció con vida y le dio muerte

a lo que tenía que morir.

 

***

 

TENGO EL HÁBITO DE LAS REGRESIONES.

Digo camino, adelante, puerta

y el final de siempre.

En lo más hondo de la pantalla

un detrás-olvido-inmóvil,

secuencia de palabras que divide el polvo,

que envía de regreso toda la niebla

y sólo sé:

y no respiro

me detengo

detenerse es retroceder.

 

***

PIENSO EN EL RASTRO QUE DESAPARECE EN LAS TINIEBLAS,

en el espejo y su estampida de sangre,

en esta inmutable visión negando los hechos.

Ritual del vacío

agua derramando sus fantasmas

la oquedad que sigue al deshielo

:

           un murciélago atreviéndose a beber la luz.

 

***

 

LAS FLORES DEL MUNDO AGITÁNDOSE EN LA BOCA DE DIOS.

Palabras que no cesan su repetición de ola,

su deambular en intervalos de vacío.

 

Habría que adherirse a la sombra

y vaciar todo el líquido,

sentir cómo cada hueso permanece

cómo esta ausencia nos hizo más cercanos.

 

Hay un maestro en cada fuga.

Un nuevo mensaje en el mismo cuerpo.

 

Todo se reduce a la hora en que

se encienden las luces desde adentro

y nos damos cuenta de que la oscuridad

también es un reflejo.

 

***

CORRESPONDENCIA DE PERLAS TRIANGULARES,

el rostro de Venus en cualquier ciclo.

 

Un centinela desnudo de sombra

en todos los ejes guía la luz.

 

Abre la frente más que los ojos

y observa: la única liturgia es la del cielo.

 

***

 

DETRÁS DE LOS CEREZOS CRECÍA LA NOCHE.

Las hojas ardían como la pira interminable del cielo.

 

En desbandada,

la gélida envoltura del horizonte

vocalizaba el movimiento de todo lo invisible.

 

Pareciera que Dios se escondía

en la palpitación de los tallos,

en el pecho abierto de los cadáveres sin fondo.

 

Ya no había que lanzarse desde ninguna orilla

para sentirse solo.

La tierra era el más bello precipicio.

 

***

HABÍA LLEGADO LA VISITA DE LA TARDE.

El patio estaba sucio con la hierba alzada,

sorprendida por el viento glacial.

 

Yo era el gnomo al lado del estanque,

el ornato con alas de barro

que deseaba la consciencia del verdín,

que la longevidad del musgo adoptara mi forma.

 

Era tan sólo el espectador de lenguaje limitado,

un oyente en la clase de magia

observando cómo la lluvia llena el claustro,

abre la boca de los pájaros

y entierra el fósil esporádico de algún fruto

que en otro momento pude haber sido yo.

 

***

 

PRONTO RECONOCERÁS QUE LA SEQUÍA MERECIÓ LA PENA

y que también el agua entra por tus ojos.

Ahora eres el puente, la ceniza y el labriego.

 

Llena de aire las semillas

y hunde en la tierra el athame.

 

***

NO HAY NADA DE QUÉ HABLAR

más que de la luz petrificada en mis puños.

 

De cómo mis larvas entumecen

ecos que ahora son esquirlas

y que fuerzan al pretérito a caber en mi boca.

 

Hace tiempo que todo nace sin mí,

no puedo sentir el vacío sin invocarte.

 

Lo que entra o se escapa de mi pecho

definitivamente no es la voz solar en mis entrañas,

es sólo este exilio recordando tu nombre.

 

El mayor escarnio siempre será el mío

por volverme el ave oscura que enfrentó la peor de las muertes:

la de alguien que muere por obligación

para incendiarse en el silencio más irreversible.

 

La tumba donde te sepulto con todo el amor

que sembré en otras vidas.

 

*Carla Teresa Alonzo Lizama fue ganadora del XVIII Premio de Poesía José Díaz Bolio en el 2018.

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