Puntualmente, a las doce del día 27 de septiembre, bajo la conducción del maestro Alfonso Scarano, inició la cita dominical del segundo concierto de la temporada Septiembre – Diciembre de 2026 de la OSY.
El programa incluyó en su primera parte la Obertura Romeo y Julieta de Piotr I. Tchaikovsky; el concierto para flauta, arpa y orquesta de Wolfgang A. Mozart interpretado por Andrea Herrera a la Flauta y Ruth Bennett al arpa; luego del intermedio, la Sinfonía no. 9 en mi menor, Op. 95 Del Nuevo Mundo Antonin Dvořák.

Obertura Romeo y Julieta de Piotr I. Tchaikovsky
El romanticismo, el gozo del amor y la tragedia se desplazan en esta obra que además de plantear un considerable reto técnico, exigió a cada uno de los músicos de la orquesta un verdadero desafío interpretativo que lo mismo demanda fuerza y suavidad, solemnidad y momentos más ligeros que contrastan con el tono dramático que distingue a la tragedia shakesperiana llevada al lenguaje musical. El lenguaje corporal de Scarano es contenido y preciso en su movimiento. Mira de frente a la orquesta y se vuelve a cada una de las secciones cuando corresponde.
La carga expresiva se concentra sobre todo en el rostro y en las manos, la batuta firme, unas veces la mano extendida señala al extremo del conjunto donde las percusiones reciben el mensaje, otras el puño cerrado denota el máximo dramatismo, el público atiende también a estos gestos y, a través de ellos, se suma al conjunto orquestal en un mismo espíritu. El final firme y pausado de la orquesta como una sola voz multifacética desató la ovación que fue al mismo tiempo homenaje y desahogo.

Concierto para flauta, arpa y orquesta de Wolfgang A. Mozart
Después de la tempestad vino la calma. En el escenario destacaba la presencia señorial del arpa como una promesa de sosiego, como el presagio de un vuelo suave, como caen las hojas otoñales de un paisaje dorado. Al lado, un atril y el cuaderno cerrado de una partitura que aguardaba el aliento y el prodigio de unas manos.
Con un aplauso expectante el público recibió a las solistas, en el podio el director, tras los saludos cordiales dio paso a los primeros acordes de la orquesta y de la flauta solista que pronto volvió al reposo mientras el conjunto de cuerdas y una mínima dotación de alientos llenaba el espacio de esa alegría mozartiana que en su tiempo conquistó al mundo.
Tras la introducción orquestal, las dos solistas, unidas en una complicidad armónica, mantuvieron un diálogo capaz de resguardar el frágil equilibrio de una pieza que en cada compás esconde esa imposible sencillez que solo consigue el virtuosismo. Si en su conjunto la pieza supone un viaje ascendente hacia despejados infinitos, bastaría una sola nota en falso para precipitarla hacia las profundidades de un abismo.

Así Andrea Herrera y Ruth Bennett, como caminando de puntas para hacer música y no hacer ruido, cuidando la digitación, la intensidad del ataque, el ritmo de sus movimientos, la eficacia de su respiración, la precisión de la lectura y la honestidad de su propia interpretación, llegaron a la nota final sonriendo. Antes de agradecer los aplausos, antes de mirar siquiera al público, antes de que el mundo se apropiara de su mundo, ellas compartieron su emoción con un abrazo.
Sinfonía Del Nuevo Mundo de Antonín Dvořák
Luego del intermedio, como para volver a poner el corazón a prueba, la intensidad de la Sinfonía del Nuevo Mundo exige un vigor llevado al límite y descansa en la nostalgia del recuerdo. Los contrastes en su ánimo exigen nuevamente una concentración fundada en el dominio técnico, tan sólo para escalar por las alturas hacia la conquista y descender hasta el remanso de las aguas de un río que se dejó atrás, pero que no se ha olvidado…
Una sinfonía universal en la ejecución de nuestra orquesta y sus constantes desafíos culminó con Scarano y sus músicos arropados entre vítores y ovaciones, muy merecidos en opinión de este cronista. ¡Bravo!

