Las nueve sinfonías de Beethoven: tríptico 3

Séptima Sinfonía en La Mayor, opus 92

Atrás estaba la juventud de Beethoven y a sus cuarenta y un años, su misantropía crecía luego de cada nueva cirugía, inútil y dolorosa.

La séptima de sus sinfonías se gesta durante una de sus convalecencias y, sorprende, como al abrir con un Poco sostenuto, aún sobrevive la ternura en un hombre enfermo de un mal incurable y cada vez más aislado del mundo por su amargura. En esta apertura, cuyos latidos tienen la simetría de un tambor mecánico, todo es equilibrio y el despertar de la orquesta pareciera un parto apacible. El contraste es absoluto si se piensa en la quinta sinfonía y el Vivace que sucede tiene mucho del baile rural de la sexta. Entonces, si bien la lozanía había abandonado al genio de Bonn, a cambio, su madurez física lo había convertido en un artífice de melodías conmovedoras y perfectas.

Se trata de un movimiento en el que la pasión es sosegada, como cuando se recuerda un amor pasado y la distancia en el tiempo hace que el dolor se vuelva una sonrisa melancólica. Luego, el sonido se enturbia y con golpes profundos, la danza ligera se hace pesado retumbar para retornar después a la diafanidad inicial. Ha hallado Beethoven la manera exacta para hacer llegar sus torbellinos, sus rayos de luz y angustias en el momento justo pero inesperado. El autor de este movimiento es un perfeccionista que sabe lo que hace, y efectúa lo suyo con calma. Por ello, el único estallido, controlado, viene al final del movimiento, con una pirotecnia de cuerdas y percusiones.

Busto de Beethoven por Hagen.
Busto de Beethoven por Hagen.

Aunque el segundo movimiento es un Allegreto la impresión de sus primeras notas es de desaliento, tristeza y cansancio espiritual. Sus violines son solemnes y se complementan en un diálogo delicado: por un lado hay una voz grave y por el otro una luminosa. En un punto la orquesta construye una cima cuyos peldaños delinean los metales. Entra después de este pasaje oscuro, una tranquilizadora línea melódica impulsada por los clarinetes y los oboes; la flauta da, en una coyuntura, la pauta de toda la orquesta y repitiendo el tema inicial, lo transforma en un trino que desarrollan, como voces murmurantes, las cuerdas. Cual una conspiración que intenta ser silenciosa, se aplana el camino para una revolución: es la fatalidad que regresa para ser contenida de nuevo por los vientos. De nuevo, como en la nota predominante de la séptima sinfonía, el final es sobrio.

El presto viene a recordarnos mucho del Beethoven de la tercera sinfonía, pues cual una carrera o un galope de exhibición, el tema asciende de lo marcial para luego danzar con elegancia. Ya nada hay que nos recuerde a otro maestro, todo en la séptima es un Beethoven consolidado que se regodea de saber que la voz que le da a su partitura es plenamente suya y se complace jugando en este movimiento corto. En esta pieza la prisa es seguida de un ir y venir caprichoso que de tajo es interrumpido por vértigos generales, en los que predominan los metales y los violines. Por último, cuando uno ya se siente familiarizado con la pieza, ésta muere de improviso.

El Allegro con brio desata un caos enérgico con algarabía militar y trompetas triunfales. Los violinistas parecieran contorsionarse o padecer de espasmos epilépticos, mientras las demás secciones se mantienen firmes; el tambor hubiera enloquecido a los esclavos de las galeras y, sin embargo, el júbilo germano desenvuelve su fina coquetería. Cuando pareciera que los músicos ya no resistirán más, el maestro les da un descanso, marcado de nuevo por las flautas y, luego de estos segundos, cae de nuevo el batallón de sonidos. Todo prepara un final que, al igual que el presto previo, pareciera haberse trazado de un plumazo, sin otro propósito que dejar atónitos a sus escuchas.

Grabación sugerida:

Sinfonía número 7 en La Mayor, opus 92, de Ludwing van Beethoven, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por Herbert von Karajan disponible en https://www.youtube.com/watch?v=wq9Gu5N42HQ

 

Octava sinfonía en fa mayor, opus 93

Al igual que las combinaciones contrastantes, drásticas y violentas de su música, Beethoven sufría uno de sus momentos de mayor tristeza cuando, a decir de los entendidos, escribió la más alegre de todas sus sinfonías.

Los ingredientes de esta pieza, despojada de todo adagio, son la repetición y la variación humorísticas. El primer movimiento, un Allegro vivace con brio es galante como una copa de sidra ofrecida por una mano femenina y, de un banal idilio de violines y flautas, se llega a una grandilocuente interpretación; ligereza y coquetería se apresuran en solos de oboe, clarinete y flauta de efímera delicadeza; como en todo lo escrito por Beethoven, la orquesta varia de manera caprichosa el tema original y, cuando el final llega, el trino que ha dado alma a todo este movimiento se presenta incompleto, la última nota es una interrupción repentina.

Johan Maezel
Johann Maezel

El allegretto scherzando se ideó en una reunión de amigos. Cuando Johann Nepomuk Mäzel, creador del metrónomo, le describió el funcionamiento de su invención al genio, de inmediato el sordo inventó, a manera de tic tac, una tonadilla fácil que nutrió a la octava de sus sinfonías. Cual un ratoncillo corriendo entre los recovecos de una habitación llena de objetos de formas disímiles, este segundo movimiento, rebosa en retornos, en ires y venires, cual la canción de un reloj que se atrasa y adelanta y que, pese a su inexactitud, provoca risas en lugar de malestar. Se trata de una travesura.

 

El tercero de los movimientos es un Tempo di Menuetto que renuncia a la dulzura empalagosa para desenvolverse, entre trompetazos, con desenfado. Lento sin ser adagio y plagado de contrastes, el tercer movimiento de la octava asemeja a un joven ebrio y alegre que atraviesa, a tropezones, por un estrecho camino, pese a parecer que caerá pesadamente de un momento a otro, alcanza a llegar al final de su trayecto, sin raspones, con gracia y emoción.

Concluye la sinfonía con un Allegro vivace cuyo punto de partida es casi una improvisación de los violines; luego esta línea es transformada, como por un eco profundo, primero en un estruendo y luego en una caricia. Pareciera que todos los instrumentos tienen prisa por concluir y, sin embargo, cuando la debacle se avecina inevitable se reinicia de nuevo, con variaciones, el hilo conductor. Maestro de las emociones, Beethoven sabe cómo producir suspenso, amor y orgullo con un efluvio de notas; quién no se conmueva ante tanta belleza invisible debe tener un espíritu pobre, un alma lisiada. En el centro de este movimiento, pareciera, por algunos segundos, que una pasión desgraciada se apoderará con sus penumbras de la sinfonía pero, sin prisa, la tensión es destruida por la línea original y ésta se enriquece en matices profundos gracias a esta batalla de la que ha salido triunfal. La conclusión llega, llena de prisa y energía.

Grabación sugerida:

Sinfonía número 8 en Fa Mayor, opus 93, de Ludwing van Beethoven, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Christian Thielemann, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=k4QU6KW4XjE

 

Novena sinfonía en Re menor, opus 125

La más prolongada de las sinfonías de Beethoven se estrenó una década después de la octava y se compuso entre 1818 y 1824; el trabajo del maestro fue arduo, continuo y agotador; quería que esta fuera la más contundente de sus obras pues presentía que sería la última de sus piezas sinfónicas.

El 7 de mayo de 1824, el Teatro de la Corte Imperial de Viena estaba repleto. Los admiradores del genio tenían deseos de escuchar la décima sinfonía y temían, con cierto morbo, que ésta fuera su última aparición pública. Aquel día, Beethoven relevó en varios momentos al maestro de capilla Michael Umlauf, aunque es fama que durante el concierto sostuvo la partitura en mano, la miraba e imaginaba, en el portento de su cerebro, la creación que jamás escucharía y que había compuesto de principio a fin.

beethoven-componiendoEl primer movimiento es un Allegro ma non troppo un poco maestoso cuyos acordes iniciales podrían servir con facilidad para musicalizar el génesis. Sobre una oscuridad inmóvil, los truenos y relámpagos parecieran luchar por despertar la luz y la vida dentro del silencio más sepulcral. Hay en esta sección una síntesis de todas las sinfonías previas, se trata de una exposición de los mejores rasgos de la juventud y la madurez, orquestados con la sapiencia de un hombre mayor en todos los sentidos. Digno de interpretarse en una catedral, el primer movimiento de la novena sinfonía de Beethoven, ilustra la lucha sagrada de la creación y, si algo ha perdido de su obra anterior, es esa desesperación reinante en el primer movimiento de la quinta y la desesperanza de la tercera. Antes cuerdas y vientos se complementaban y en este punto comulgan, murmuran con placidez como cómplices, y se dirigen a un final de lúgubre matiz, ahogado por los brazos gigantescos de un titán.

El movimiento segundo también es una obra maestra por sí solo, es un Scherzo heroico de principio a fin. Pareciera que esta parte de la novena se propone, desde el borde de un risco, conjurar una tempestad nocturna y, en lugar de la devastación, el horizonte es poseído por una inspiración poderosa y tremenda. La percusión golpea en el momento justo y los vientos saben hacer mucho con exhalaciones cortas pero exactas, algo grande se aproxima y, cual si llegaran buques de países lejanos, los metales anuncian una fiesta y los violines son seducidos por un placer indescriptible, amoroso. Regresa el golpe inaugural y cuando el Scherzo parece precipitarse, se eleva más.

El tercer movimiento, Adagio molto e cantábile, destila un regocijo reposado y, por trechos, tiene un aura divina, casi angelical, que es rara Beethoven, maestro de la tormenta apasionada. De pronto, cual si se tratara de la publicación de un edicto imperial, una tromba interrumpe la apacibilidad general del movimiento, esta pieza se desliza como un riachuelo tranquilo, como una corriente que sigue su curso a la deriva.beethoven-2

Por último y de improviso comienza el movimiento más célebre, el coro culminante. La orquesta expone en un trecho violento, terrorífico, lo que la potencia humana desarrollará más adelante. De nuevo, de entre lo tenebroso, los metales y los vientos encauzan lo ominoso hacia un cauce esperanzador: es el himno a la alegría. Imposible es describir con fidelidad algo tan hermoso y magnífico, cualquier esbozo será polvo en comparación con esta ráfaga de luz extendiéndose por el universo. Se trata de una oración a la humanidad, un canto a lo divino cuyos golpes arrancan lágrimas hasta a las inteligencias más insensibles. Escuchar por primera vez este movimiento de la novena requiere la mayor de las concentraciones, pues aunque abre como una ópera, con la potente voz masculina de un profeta, pronto se vuelve en el salmo de una religión universal. Son cuatro las voces humanas que dan pauta al himno y, el estruendo general es una orquesta vocal que, en cortos intermedios, deja a los instrumentos hacerse uno solo, una marcha triunfal, un desfile, una ventisca devastadora que de pronto se estrella contra un muro imbatible de voces, seres apolíneos de los Campos Elíseos.

Al final del himno la gente lloraba, con el rostro encarnado aplaudía, gritaba, ovacionaba con aplausos estruendosos al maestro, al autor de la novena sinfonía. Beethoven seguía leyendo la partitura, acaso planeaba en perfeccionar aquí o allí; quien no podía escuchar su obra maestra tampoco podía experimentar a plenitud su apoteosis. Un músico, se discute mucho quién fue, tocó su hombro y le hizo voltear. Ser espectador de aquella fiebre multitudinaria debió despertar la más tremenda de las emociones a aquel sordo que, haciendo acopio de fuerza y templanza, se limitó a dar un par de reverencias hacia el público. Se ignora si el genio sonrió, faltaban apenas tres años antes de que partiera a la eternidad.

Grabaciones sugeridas:

Sinfonía número 9 en Re Menor, opus 125, de Ludwing van Beethoven, interpretada por la Orquesta Alemana Filarmónica de Cámara de Bremen, dirigida por Paavo Järvi, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=xbZjAxqHYSg

Sinfonía número 9 en Re Menor, opus 125, de Ludwing van Beethoven, interpretada por la Orquesta Sinfónica de la NBC, dirigida por Arturo Toscanini, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=DuK133dK6eQ

 

 

 

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