Una novela de Carlos Reyes Ávila: “La fábrica de mejicanitos” (fragmento)

"La fábrica de mejicanitos", de Carlos Reyes Ávila, fue finalista del Premio «Sor Juana Inés de la Cruz» en 2017 y actualmente es publicada por Nitro/Press y la Universidad Autónoma de Nuevo León. ¡Aquí te traemos un adelanto de esta novedad editorial no más por no dejar...!

“La fábrica de mejicanitos”, novela finalista de Premio «Sor Juana Inés de la Cruz» en 2017 es publicada por Nitro/Press y la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2022. Carlos Reyes Ávila también ganó el Premio Internacional de Poesía Mérida 2021 con el poemario “La fiesta del fin del mundo será transmitida por PPV”, publicado por el Ayuntamiento de Mérida.

 

1 – Dios odia a los pobres

Dios odia a los pobres, dice Cojones como quien habla del clima.

No los odia, güey, no mames, ya vas a empezar con tus pendejadas, responde Conejo sentado en la banqueta.

Sí los odia. No hay nada que Dios desprecie tanto como a los pobres. Es algo que realmente lo exaspera y lo pone de malas.

Ah chingá. ¿Y tú de cuándo a acá crees en Dios?

Yo no creo, pendejo, pero los pobres sí, y eso es lo que importa. Creen en un Dios que los aborrece como a nadie más en este mundo.

Nel, no creo… ¿tú cómo sabes?, pregunta Conejo.

Es simple. Mira, si no los odiara los haría estériles y no permitiría que se reprodujeran; supongo esa es la parte humana de Dios, es decir, su versión gandalla.

No mames, responde Conejo mientras se revisa las bolsas del pantalón.

Ese es el Dios de los pobres, hecho a su puritita imagen y semejanza. Los pobres se crearon un Dios mezquino y ojete igualito a ellos, que para acabarla de chingar, los odia.

Bueno, y según tú, ¿eso por qué o qué?

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Porque son culpígenos y guadalupanos, Conejo, obvio, porque, piensa, ¿qué sería de sus tristes vidas sin el drama? Como carecen de todo, quieren al menos que sus vidas tengan un cierto tufillo de culebrón mediocre donde ellos puedan ser los héroes y las víctimas de un destino cruel e injusto.

Esa realidad está muy jodida, dice Conejo levantándose de la banqueta y estirándose como gato que se espabila y se sacude la modorra.

Sí, muy jodida, pero yo no la estoy inventando, nada más la estoy describiendo. El pobre vive para sufrir y esa es su maldita razón de ser: hacer que nada en su vida tenga sentido. De hecho, a mí me gustan los pobres, me caen bien, porque además, si no hubiera pobres, ¿quién trabajaría para los ricos? También me agradan los gordos.

Yo conozco un chingo de gordos. Este país es una bola de manteca frita que rueda por las calles, dice Conejo sobándose la barriga de perro flaco lombriciento.

Lo que me gusta de los obesos es la forma en que renuncian a todo en busca de la gratificación pendeja e inmediata que les otorga la comida. Esos malditos tocinos han convertido la inmediatez en su religión.

Y tú vendes piñas en el mercado…

¿Sabes qué? Antes la banda me decía que el alcohol y las drogas me iban a matar, ¿pero sabes qué es lo que sí mata?

¿Qué?

Los hijos, carnal.

Uf, bueno… eso ya es otro pedo, dice Conejo mientras se rasca los huevos.

Los hijos te exprimen la existencia. Ve a la banda que tiene hijos, están todos flacos, o marranos, cansados, canosos, ojerosos y sin ilusiones, sobreviviendo apenas, y todo para mantener a esos almacenes de mierda e ingratitud que son los hijos.

¿Tú no piensas tener familia nunca o qué?

Conejo, ya una vez estuve casado.

¿Neta?, y ¿qué pasó?

¿Cómo que qué pasó? Evolucioné, güey. Me divorcié. Sólo la gente subnormal se casa, nomás para divorciarse a las primeras de cambio. Eso es algo que no logro comprender: ¿para qué mierdas quieren casarse si no se soportan ni a sí mismos?

Cojones, ¿no tienes hambre?

 

2 – Hijos de la chingada…

Carlos Reyes Ávila (Torreón, Coahuila, 1976).

Conejo y Cojones salen del “Ay Nanitas” cagados de la risa, la noche comienza a ponerse frenética y divertida. A pesar de ser diciembre y de madrugada el termómetro todavía le pega por arriba de los 30 grados. Afuera, como cada maldita noche, se encuentra la Doña de los Burros al pie del cañón con su hielera y su mesita. Sin dejar de platicar se encaminan hacia ella.

Jajajaja… ¿Neta?, pregunta Cojones.

Sí, güey, y dice Mariano que todavía le dan crudas morales, responde Conejo sin dejar de cagarse de la risa.

¿A estas alturas? Eso ya ni cuando estábamos en la prepa.

Y a veces hasta le da por ponerse sentimental, agrega Conejo, burlándose con risa de marihuano.

Qué chidos esos cabrones que pasan por todos los estados emocionales en una misma peda, comenta Cojones mientras se detiene frente a la Doña que vende los burros.

Vengasée, paselée… ¿Qué les damos muchachos?, pregunta la Doña y agrega: ¿Lo de siempre?

Pero sí trae de chicharrón, ¿verdad, Doña?

Clari, mijos, aquí se los tengo apartados, responde buena onda la Doña.

¡A huevo!, celebra Cojones.

Écheme pa’ empezar uno de chicarrón y uno de picadillo.

Yo los dos de chicharrón.

Ahí les van, les dice sacando los burros de su hielera y poniéndolos sobre la mesita. ¿Quieren salsa para bajar avión?

Así está bien, Doña.

Oigan, muchachos, háganme un favor… dejen voy al Oxxo por una soda, cuídenme aquí tantito, no me tardo.

Ya va, Doña, aquí la calmamos, responde atento Conejo.

Se quedan viendo Conejo y Cojones. Conejo sigue comiendo sin comprender lo que planea el otro.

¿Tons?, pregunta Cojones.

¿Qué?

¿Se arma o qué rollo?

¿Qué cosa?

Vamos a chingarnos la hielera, güey.

Ah, no mames, ¿neta?

¿A poco nunca has pensado en chingarte una hielera de burritos?

Pues sí, a huevo, pero pobre doña.

En caliente, güey, sí se arma.

¡Uta!

Agárrate, pendejo, en chinga.

En caliente pues.

Sobres.

Este libro es una coedición de Nitro Press/UANL.

Cojones toma la hielera, y Conejo, la mesita. Corren en sentido contrario al Oxxo. Minutos después regresa la Doña con su soda, que tira al suelo al darse cuenta de que le acaban de hacer de agua su hielera.

Hijos de la chingada…, grita: ¡Me chingaron mis burros!

La Doña de los Burros está que se la lleva la chingada, llorando del puto coraje. Toma su Nokia viejito y marca.

Hijo… sí, soy yo… tu mamá… dile a tu hermano que se venga para acá… sí… pero ya… me robaron la hielera… ¿cómo que quién? Pues dos cabrones… no los conozco, nomás los he visto… sí, qué tiene, guárdate todo… vengan para que me ayuden a buscarlos, no han de andar lejos… sí, aquí afuera del “Ay Nanitas”, donde siempre, ¿pues dónde más voy a estar?

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