Entre dos mundos: “Coyote Balcánico” de Rayo Guzmán

En su columna, Ricardo E. Tatto comenta acerca de "Coyote Balcánico", de Rayo Guzmán, novela cuyo argumento oscila entre México y Serbia, con una trama acerca de la memoria y el perdón, aunque sin ser reduccionista, pues también ahonda en las difíciles relaciones familiares... ¡No dejes de leerla!

En Coyote balcánico, Rayo Guzmán construye una novela de desplazamientos: entre México y Serbia, entre el presente y el pasado, entre la memoria familiar y aquello que preferiríamos olvidar. Publicada por Hachette en 2025, la obra sigue principalmente a Zoran, hijo de la mexicana Eloísa y del serbio Darko, quien carga con una identidad escindida y, sobre todo, con la herida provocada por el abandono paterno. Su regreso a los Balcanes constituye el punto de partida de una indagación mucho más profunda: ¿hasta qué punto somos responsables de las heridas que heredamos y qué hacemos con ellas?

La geografía cumple aquí una función que rebasa lo meramente escenográfico. Mineral de Pozos y Guanajuato dialogan con Belgrado y las orillas del Danubio; México y Serbia aparecen como territorios distantes que, sin embargo, comparten tradiciones, supersticiones, muertos y una relación persistente con el pasado. Guzmán trabajó durante alrededor de diez años en la novela y viajó por los Balcanes para documentarse, recorriendo lugares como Belgrado, Budva, Montenegro y Croacia. Ese proceso le permitió confrontar la cultura balcánica con su propia raíz guanajuatense.

Uno de los principales aciertos de la novela reside precisamente en ese mestizaje de imaginarios. El nahual mexicano convive con figuras provenientes del folclor balcánico, mientras los ancestros observan desde ese territorio intermedio que la autora denomina el Bardo. Lo fantástico no funciona simplemente como ornamento: constituye una prolongación de la memoria de los personajes y convierte los conflictos familiares en una suerte de mitología privada. Las culpas, pasiones y resentimientos parecen transmitirse de una generación a otra como si fueran una maldición.

En el centro de todo permanece el triángulo formado por Eloísa, Darko y Zoran. Eloísa conoce a Darko cuando está a punto de casarse con Federico, su amigo de infancia. La irrupción del serbio transforma radicalmente su existencia: la pasión deriva hacia una relación violenta y ella termina regresando a Guanajuato, donde descubre que está embarazada. Años después, será Zoran —el “coyote balcánico” del título— quien deba internarse en el territorio y la historia de su padre para enfrentarse con aquello que éste dejó atrás.

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La elección del coyote como emblema resulta significativa. Zoran pertenece simultáneamente a dos mundos sin quedar contenido por completo en ninguno. Su viaje hacia Serbia es también un viaje hacia sí mismo: para comprender quién es necesita enfrentarse con la figura paterna y con una historia familiar que lo antecede. Así, el desplazamiento geográfico adquiere las características del viaje iniciático.

Guzmán alterna además registros y temporalidades. Los capítulos vinculados con Eloísa presentan una dimensión más mística, mientras que Zoran pertenece plenamente al mundo contemporáneo. La propia autora ha explicado que parte de la arquitectura narrativa surgió de una historia real que conoció una década antes y de entrevistas con la mujer que inspiró al personaje de Eloísa, aunque ese material testimonial terminó transformándose mediante la ficción.

Quizá el aspecto más discutible —y al mismo tiempo uno de los más fértiles para la conversación— sea el tratamiento del perdón. La novela conduce sus conflictos hacia la posibilidad de la reconciliación, incluso después del abandono y la violencia. Algunos lectores han cuestionado precisamente que ciertos pasajes puedan percibirse como una minimización o romantización del abuso, mientras otros encuentran en ese itinerario la principal potencia emocional del relato. Esa tensión impide reducir Coyote balcánico a una sencilla fábula sobre perdonar: obliga a preguntarnos dónde termina la comprensión del pasado y dónde comienza la responsabilidad individual.

La novela posee, en este sentido, una vocación profundamente emocional. Guzmán no parece interesada en personajes impolutos, sino en seres contradictorios, capaces de amar y dañar, huir y regresar. Incluso Darko debe confrontarse con las consecuencias de sus decisiones. Por ello, más que una historia romántica entre una mexicana y un serbio, estamos ante una novela sobre la filiación: sobre aquello que los padres transmiten a los hijos aun cuando no permanezcan a su lado.

Coyote balcánico termina hermanando dos geografías aparentemente inconexas mediante algo mucho más antiguo que las fronteras: los relatos con los cuales las familias explican sus heridas. Rayo Guzmán convierte el viaje de Zoran en una exploración de la identidad, la pertenencia y las lealtades heredadas. Entre coyotes, ancestros y fantasmas, su novela plantea que quizá conocer nuestro origen no sirva para modificar lo sucedido, pero sí para decidir cuánto de ese pasado estamos dispuestos a seguir cargando.

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