“Me llamo Juan”, nuevo libro de Edgardo Arredondo

Una reseña de la tercera novela del autor yucateco

« ¿Existen los milagros? La gente quiere creer». Tal es el estribillo que funge como enlace entre las dos historias que se van alternando en la novela de Edgardo Arredondo que hoy nos congrega. A la manera de William Faulkner en Las palmeras salvajes, el autor utiliza el contrapunto para mostrar dos mundos ampliamente distintos pero al mismo tiempo coincidentes en muchos sentidos. De la misma forma que el escritor yucateco Juan José Morales construye en su relato Mundos paralelos la representación de un mundo a donde la modernidad occidental no ha llegado, y otro, donde esta ha devorado todo, Arredondo teje en esta novela la historia de Juan y de Juan; uno, «el Johnny», un empresario que ha conseguido llegar a la cima de eso que llaman «éxito» a base de fraudes, engaños y sobornos, el otro, Juancho, un travesti cuyos tiempos de gloria han terminado en un pueblo perdido de México llamado San Bartolomé.

A diferencia de la novela de Faulkner, donde las historias nunca llegan a cruzarse, en Me llamo Juan coinciden en el clímax con el fin de generar un final tan vertiginoso como inesperado. Edgardo Arredondo nos ha acostumbrado a una obra narrativa en la que el acto de contar se da casi de forma pura, acción tras acción y diálogo tras diálogo.

La primera historia, la de «el Johnny», se mueve en el mundo de las grandes finanzas y de los empresarios poderosos en una ciudad de México cuyas calles muestran el correlato de la desigualdad. Efectivamente, «el Johnny» es un personaje que disfruta humillar a los vendedores ambulantes, a los meseros, a los porteros de los edificios y, en general, a todo aquel que considere un «nido de perdedores». La manera de pensar de «el Johnny« es un ejemplo claro de la cultura del emprendurismo en la que los valores del mercado se trasladan a los rincones más íntimos de la vida cotidiana. Palabras como «producción», «éxito», «competitividad», «rendimiento», «utilidad» forman parte ya de nuestro vocabulario cotidiano: «A ver si haces algo más productivo que andar limpiando parabrisas, buey», le grita »el Jhonny» a un niño en un cruce de semáforos. Y añade: «esta escoria de la sociedad es un subproducto de nuestra economía de mercado. Triunfan los fuertes. Esta basura está conformada por pendejos sin aspiraciones».

“Me llamo Juan” (Feloiu, 2018)

Así, bajo esta ideología y a través del lavado de dinero »el Johnny« ha conseguido convertirse en unos de los principales accionistas de Argos, una empresa de alto calibre que se dedica a elaborar y vender fibra óptica. Mientras las aspiraciones del personaje apuntan llegar más alto a cualquier costo, descubrimos también los intersticios de su vida personal: ha abandonado a sus ancianos padres a su suerte, no pasa la pensión a su ex esposa y a su hijo (uno de varios y al único que reconoce) y busca el desprestigio moral de uno de los accionistas más honestos de la empresa.

La otra historia nos traslada a un pueblo imaginario llamado San Bartolomé, ubicado en los linderos de Michoacán y Jalisco. Ahí pasa sus días Juancho, padeciendo la «muerte social» por tener sida, hecho que terminó con su carrera en el mundo de los espectáculos y de la televisión. El mundo de esta historia no puede ser más distinto: se trata de un medio rural donde la religiosidad de raigambre católica y las costumbres juegan un papel preponderante. Juancho es víctima de los prejuicios y de la discriminación, su salud es altamente precaria y a duras penas consigue encontrar un rol como promotor de lectura en una escuela primaria. De niño ha sufrido las golpizas de su padre por su homosexualidad y el abuso sexual del párroco del pueblo.

Los contrastes morales entre los dos Juan Hernández son evidentes. Sus vidas se cruzarán sin que ellos sepan cuando en un laboratorio de la ciudad de México se confundan los análisis clínicos de manera tal que «el Jhonny» saldrá con VIH positivo mientras que Juancho regresará a su pueblo pensando que está curado. Este es el hecho que detona el desarrollo de la trama pues a partir de este momento, como en el Cuento de navidad de Dickens, «el Jhonny» se convertirá en una especie de Ebenezer Scrooge transformado a partir de su encuentro con el fantasma del sida, puesto que buscará resarcir los daños económicos y morales que ha causado. Lo cual lo llevará a encontrarse con Mikel Tsang un empresario chino que opera una extensa red de trata de personas que recluta jóvenes de Centro y Sudamérica para ejercer la prostitución.

Por otro lado, en San Bartolomé se extenderá la creencia de que Juancho ha sido curado por San Toribio Mártir, patrón del pueblo, y por gracia de un «agua milagrosa» que aparentemente emana de un retrato del santo. Así, Juancho será utilizado para lucrar con la fe; algunos familiares suyos en contubernio con el predicador de un grupo religioso que se ha separado de la Iglesia católica buscarán hacer un negocio de venta de milagros.

El escritor Edgardo Arredondo (EFE)

Como puede verse, ambas historias, la de «el Jhonny» y la de Juancho, son la representación de dos Méxicos que coexisten: uno rural, católico y costumbrista; otro, moderno, urbano, cosmopolita. En ambos la falta de solvencia moral de las personas degenera en corrupción, abuso y engaño. Ambos inmersos en una cultura del individualismo que implica el olvido de la solidaridad y de la convivencia.

Ya en De médico a sicario veíamos a los personajes de Edgardo Arredondo buscando hacer el bien en un mundo adverso. Si bien Me llamo Juan raya peligrosamente en el melodrama y los personajes llegan a sentirse planos, la reflexión ética que emprende Arredondo le lleva a mirar al mundo empresarial, a la pobreza que se palpa en las calles, al mundo de las mafias, a las instituciones eclesiásticas y a la discriminación diaria que no conoce clase social, pues como dijera el narrador «el diablo se puede esconder debajo de cualquier disfraz».

Por ejemplo, la novela no establece una diferencia entre el párroco de la Iglesia católica que abusa de menores, que mantiene relaciones sexuales con mujeres casadas y  que exige el pago del diezmo, y el predicador de la secta que ha decidido fundar una “Nueva Belén, la Tierra Prometida de Dios”. En ambos casos la máscara es la misma. No hay diferencia, tampoco, entre el empresario amparado en la ley y el mafioso fuera de ella; con marco legal o sin él, la impunidad es la misma.

« ¿Existen los milagros?», se pregunta el narrador, pero esta vez añade: «Al menos la explosión de fe que conduce a una persona a admitirlos puede mover montañas». Es decir, más allá de los sacerdotes, las figuras, los santos, las imágenes o la religiosidad ritualista, existe la terrena voluntad movida por la esperanza. Si hay milagros en esta novela, se trata de los que hace la gente al repercutir con sus actos en los otros. Y por ello, muy adentro en las páginas de Me llamo Juan se puede sentir la necesidad de encontrar algo auténticamente humano lejos de cualquier tipo de espiritualidad de manual. Por eso creo que esta novela tiene más que ver con la voluntad que con la fe. Y aunque a ningún lector le gusta que le den moralejas, en esta novela de Edgardo Arredondo vale la exploración de eso que podríamos llamar lo genuinamente humano: la reivindicación, a través de la literatura, de esos sentimientos nobles que ya no solemos permitimos, a veces ni siquiera en las relaciones humanas más cercanas.

* Texto leído en la presentación de Me llamo Juan (Felou, 2018) el 18 de marzo de 2018 en el marco de la FILEY.

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