Últimos días de la exposición de Alberto Urzaiz en Galería Secreta de Mérida, la cual reúne una selección de 18 obras de la serie “Morfogénesis”: el nacimiento de la forma. Debido al éxito de la muestra esta se ha extendido hasta el 18 de julio. ¡No dejes de visitarla!
Hablar del trabajo pictórico del artista Alberto Urzaiz es un reto, no sólo por lo extensa, profunda y experiencial que es, sino que, además, por el hecho que se ha divulgado a modo de advertencia, que acerca de su pintura “no hay nada que decir” y que, “lo único importante es observarla”, como lo ha señalado el propio artista, al parecer.
Sin embargo, este autor cree, más bien, que él evita la narrativa privilegiando la experiencia perceptiva; pero, aunque fuese solo esto, toda experiencia perceptiva contiene un relato, por lo tanto, susceptible de ser decodificado hasta con el más liviano ejercicio exegético; negar esto, es negar la trama epistemológica y fenomenológica que una obra despliega. 
Pintar no es silencio, es proposición, memoria y testimonio, como señalaba Merleau-Ponty, la mirada encarna el mundo; o como agregaba Benjamin, la obra conserva huellas históricas. Negar el discurso, es amputar la gnoseología del hacer, es ignorar que cada trazo transmite saberes, intenciones y efectos; y negar que cada “mirada”, activa trazas mnésicas en el observador: una obra exhibida no “cede” a la nada su ser, su ruta teleológica es un sujeto interpelado.
Ciertamente afirmar que el observador “por antonomasia” debe realizar un examen crítico confunde roles normativos con descripciones empíricas; muchos observadores no realizan examen crítico y, aún así, experimentan efectos no articulados; la relación perceptiva deja huellas, aunque el observador las silencie. Aquí es donde está la clave: el observador es quien decide, no el creador de la obra (salvo que el artista decida no mostrarla); el silencio puede ser una estrategia performativa o defensiva, es la llamada “observación vacía”, pero ontológicamente la obra no queda sin efecto.
Esto, remite a la tradición que liga belleza-verdad. De esta forma, lo que molesta a algunos es: ¿cómo conoce el sujeto?; el artista se apega tanto a su creación que no acepta desprendimiento alguno; aceptar cómo conoce un observador, implica conocer un relato ajeno; esto es, precisamente lo que al creador le incomoda conocer. Pero en realidad la pregunta correcta es: ¿cómo se abre el campo donde el ente puede aparecer en el observador?, como nos indicara Heidegger. El creador de una obra de arte, nada puede hacer a este respecto, una vez que decide “mostrar” su creación al mundo, ha abierto todas las puertas.
Evocando a Rothko y su supuesto negacionismo al discurso, él reclamaba una responsabilidad moral del artista: “no importa lo que pinte, siempre y cuando esté bien pintado” indicaba; “no existe ningún cuadro que no trate nada” agregaba. Dicho esto, la obra no puede ser mero ornamento, más bien, debe confrontar, interpelar al observador con lo humano, con lo profundo, con el miedo, con el asombro, con la tragedia…

Este ruso de origen, más bien proponía una forma de conocimiento no proposicional: conocer por afecto y presencia, no por enunciados… ya que el cuadro revela y enseña a sentir verdades sobre la condición humana; nunca pudo haber desconocido la traza mnésica, ni el impacto fenomenológico u ontológico, ni mucho menos epistémico que se articula en un observador pausado.
Precisamente una confrontación, una interpelación es lo que produce la muestra “Morfogénesis” de este artista, que inevitablemente desata la traza mnésica; la fuerza interpretativa y profundidad semiótica que posee su obra que se erige como un umbral epistémico donde la materia cuestiona su propia ontología, difícil que no active las trazas del observador.

Lejos de la mera mímesis, la obra instituye una antropología del vacío, donde la paleta telúrica, de cenizas y tierras evocan un desgaste geológico que asume una dimensión política y psicológica: el despojo de lo accesorio frente a la verdad del ser, traduciendo el “desgaste” de la superficie en una resistencia psicológica que enfrenta a la vacuidad contemporánea.
Su puesta en escena posee una teatralidad fenomenológica contenida, un rito silente que encuentra su cénit en esa magistral obra que muestra una horadación que, rompe la dimensionalidad, como en la poética de Xavier Villaurrutia o como en el pensamiento de Martín Heidegger sobre “el claro en el bosque”.
Lejos de ser un vacío inerte, opera como el diapasón místico de la colección. Constituye el eje que dota de una profunda musicalidad a toda la muestra, conectando con tradiciones apofáticas, fenomenológicas y místicas. Políticamente esa representación de un horadado pétreo, encarna una herida histórica lacerante: es el espejo de las ausencias en el sufrido pueblo mexicano, la memoria de despojos cincelados en la piedra.

Aquí el manejo de la luz y la sombra no es simple “claroscuro”, sino el testimonio del dolor y la esperanza que coexisten en el alma colectiva. Esta “horadad” no es carencia, sino potencia resonante… evocando el pensamiento de Bachelard sobre la inmensidad íntima y la nostalgia.
Y donde el silencio clama justicia, evocando la poética de Juan Rulfo; es un silencio que canta, una herida luminosa en el soporte que trasmuta la plástica en una sobrecogedora elegía, en pura poética, conmoviendo al espectador y al observador al transformar la contemplación en un sobrecogedor encuentro con la memoria y el infinito.
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Alberto Urzaiz (Mérida, Yucatán, 1950)
Es un artista visual formado como arquitecto en el ITESM Monterrey, cuya práctica pictórica inició desde joven y se ha mantenido activa por más de cinco décadas. Fue profesor en la Facultad de Arquitectura de la UADY (1982–2012) en las áreas de Diseño, Teoría e Historia del Arte, y ha colaborado con publicaciones mediante dibujo y caricatura. Su trayectoria expositiva comienza en los años setenta, destacando desde entonces en certámenes como el Segundo Concurso de Arte Pictórico FIC Vidriera Monterrey (Mención Honorífica, 1975) y la IV Bienal de Artes Visuales de Yucatán (Primer lugar en pintura, 1991). En 1997 recibió la Medalla al Mérito Artístico del CONACULTA. En 1999, el MACAY le dedicó una retrospectiva y el Ayuntamiento de Mérida publicó el libro Alberto Urzaiz: Las formas del tiempo.
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