Sobre la arquitectura en la “nueva ciudad” de Mérida

En su reflexión arquitectónica, Alfonso Castellón habla de la "nova civitate" de Mérida no como un modelo exportable sin matices, sino como una experiencia situada que revela una posibilidad humana: construir una ciudad que se reconoce, se cuida y se nombra con ternura... ¡Una lectura imperdible!

La nova civitate de Mérida se configura como una operación urbana que trasciende la mera restauración técnica: es una reescritura del lugar donde historia, materia e imaginación se reconocen y se responden. En esta “nueva ciudad” la intervención del casco histórico no sólo conserva muros; restituye voz y condiciones de habitar, transformando el paisaje construido en sujeto capaz de hablar por sus patios, revoques y umbrales.

Desde una perspectiva fenomenológica, la obra devuelve presencia al espacio: el cuerpo que camina relee la ciudad y la ciudad responde con texturas, sombras y resonancias. La restauración, así entendida, no congela el pasado, sino que prolonga su sentido mediante prácticas y materiales que sostienen continuidad narrativa.

Casa Ortega (Arquitecto Luis Barragán)

En Yucatán clima y materia son ejes decisivos. Mérida exige una poética del abrigo y la sombra: patios que ventilan, corredores que filtran la luz, materiales que respiran. Estas soluciones son principios compositivos que integran la condición térmica como elemento constitutivo del proyecto urbano. Patios recuperados funcionan como pulmones; fachadas actúan como filtros; luminarias de barro median la luz y la temperatura con saberes ancestrales. La ciudad dialoga con su clima.

La insistencia en la materia convierte el oficio en ética. Barros modelados, pastas de piso restauradas y carpinterías recuperadas no son ornamento sino modos de sentido: la caligrafía táctil del barro en la luz nocturna, el brillo y desgaste de las pastas que narran pasos y encuentros. La pátina se lee y se prolonga; la continuidad técnica deviene testimonio simbólico.

Casa Magnolia Blanca – Taller Mid 51.

En este tejido, el arte actúa como interlocutor: esculturas en patios, murales que dialogan con zócalos, relieves que responden a cornisas. La obra plástica no se añade a la arquitectura; la completa y la amplifica. Artistas, arquitectos y artesanos insertan imágenes que remiten a mitos locales, genealogías indígenas y vida cotidiana, transformando la ciudad en una galería viva donde los registros se superponen sin competir.

La coherencia del conjunto potencia identidad, turismo y ethos cultural. La recuperación del casco histórico conjuga servicio público y criterio estético: el visitante percibe una ciudad que decide narrarse con dignidad. Pero el objetivo principal es la consolidación de un ethos que prioriza la vida social, la memoria y la convivencia; una disciplina compartida que protege la pluralidad desde un centro de gravedad común. La modernidad entra con discreción: contrapuntos contemporáneos que subrayan sin borrar, integrando transparencia, estructura y economía de medios sin desarraigar la tradición.

En la sensibilidad cromática y el manejo del vacío resuenan afinidades con Luis Barragán; en la contundencia geométrica y la claridad formal se advierte la huella de Ricardo Legorreta. En la lectura poética del lugar aparecen ecos de Octavio Paz; en la atención a la ternura y la hondura, resonancias de Rosario Castellanos; en la voz popular y la cercanía del decir, la presencia de Jaime Sabines. Estas referencias no son citas literales sino matrices de lectura que ayudan a interpretar la ciudad como texto y paisaje vivido.

Casa Esther (Arquitectura Enekén Studio).

La restauración es también antropología del habitar: reconstituir usos -patios como lugares de encuentro, plazas como escenarios de rituales cotidianos, mercados y talleres que retoman su pulso- es una condición para que la forma recupere su sentido vivo. Saber técnico, saber artesanal y saber comunitario se entrelazan; la verdad del proyecto se verifica en la experiencia de caminar, tocar y convivir.

La nova civitate de Mérida no pretende ser un modelo exportable sin matices, sino una experiencia situada que revela una posibilidad humana: construir una ciudad que se reconoce, se cuida y se nombra con ternura. Su ética del sosiego -una política del tiempo y la paciencia- contrarresta la prisa del mercado y apuesta por la transmisión y la belleza como bienes comunes. En esa conjunción ontológica, entre estética y ética, reside la lección más profunda: la ciudad no es un objeto que se posee, sino un sujeto que se cuida; cuidar la ciudad es cuidar la forma en que nos contamos a nosotros mismos.

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