Fabular. Esa es la palabra. Desde Don Quijote de la Mancha han surgido en literatura millones de historias, pero pocas se han quedado en la memoria. Personajes entrañables cuyos nombres están escritos como tatuajes en la piel de los lectores. Y esto no solo se puede atribuir a la audacia y astucia del escritor, no, la parte central en la cual descansa una buena historia se ubica en el recurso fabulador. Ahí está la literatura. Porque contar algo, todos podemos. Pero fabular…
David Toscana está de vuelta con su capacidad fabuladora. Esa que nos entregó en El último lector, Santa María del Circo, Olegaroy o Evangelia. Con ese estilo quijotesco que ya había mostrado en novelas pretéritas, Toscana no es que sorprenda con su nueva obra El ejército ciego, sino que confirma ser un juglar del siglo XXI encerrado en alguna plaza pública de la Bulgaria del siglo XI. Más allá del Premio Alfaguara de Novela 2026, El ejército ciego es un canto a la belleza. A la creación literaria. Pero por encima de todo, es un canto a la imaginación.
Desde el raciocinio o desde el sentido común se podría juzgar a este libro como una tomadura de pelo. ¿Qué me cuentas Toscana? ¿Quién en su insano juicio y ciego podría hacer las cosas que tus personajes hacen? ¡Es que no solo es un ejército derrotado, es un ejército ciego! Afortunadamente la imaginación no cuestiona métodos ni resultados: nace inocente y nunca muere. Y este libro de Toscana no es que reivindique la capacidad de imaginar, sino que nos la trae de vuelta. Nos sacude de la solapa, como si estuviéramos en un trance aletargado, y nos recuerda que la capacidad de asombro radica no en lo que vemos, sino en lo que podemos llegar a imaginar.
En esta sociedad cansada de utilizar el sentido de la vista y las imágenes en la palma de la mano, llega este ejército derrotado para mostrarnos que “los ojos suelen hablar de más. Los ojos malgastan el tiempo, páginas y tinta. Cuando uno deja de ver la vida lo que hace es vivirla”. El ejército ciego cuenta la historia de las huestes búlgaras que habían caído prisioneras a manos de los bizantinos. El emperador Basilio ordena sacarles los ojos a 99 de cada cien: eran quince mil. Manda de regreso al ejército guiado por los tuertos. Cuando llegan a casa y el zar de Bulgaria los ve en aquellas condiciones, “careció de fuerza moral para soportar el golpe. (…) Dos días después murió”.
He leído reseñas donde se afirma que esta es una “épica de los vencidos”. Me parece un error. O quizá un despropósito. Toscana no cuenta la historia para reivindicar a una nación o a un ejército. Tampoco lo hace para poner en tela de juicio a los tiranos que poblaron las ciudades del Imperio Bizantino, no, el autor regiomontano entrega una épica de la dignidad humana: la derrota también tiene rostro y apellido. Con la tragedia del fracaso, el ejército búlgaro había quedado ciego, y sin embargo no acudimos a una lectura de dolor o conmiseración. Tampoco se antoja condescendiente. Eso convertiría la novela en un drama cursi y patético.
Por el contrario, Toscana nos cita a un coro de voces de humor negro donde la inocencia y el gozo sobresalen por encima de la tragedia: ‘Mejor te fuera no existir que vivir ciego’. Eso dicen algunos en la taberna sin saber lo que están diciendo. Como si uno viniera al mundo sólo a ver. Yo prefiero estar vivo”. Pese a las humillaciones que reciben los ciegos, Toscana nos cuenta la historia de algunos personajes de este numeroso ejército, desde herreros, panaderos, carpinteros, médicos, porcicultores, campesinos, amanuenses y hasta titiriteros.
Durante el camino de regreso sortean la locura y el sentido común, dan cabida a las risas por encima de la tristeza, inventan juegos con los propios ojos que les fueron sacados de sus cuencas, y “tanta risa irritó a nuestros enemigos. Nos amenazaron. Golpearon a algunos. Tintinearon las armas, pero igual seguimos riendo. A nosotros ya nadie podía hacernos nada”. La belleza es concepto olvidado y hasta manoseado. El arte en general puede ser cualquier cosa para este siglo, desde bananas pegadas con una cinta en una pared, hasta canciones hechas en computadora con un loop perenne cuya letra parece haber sido escrita por un niño de cinco años.
Lo que en literatura también puede ser cualquier cosa, Toscana devuelve al lenguaje un brillo que se había perdido con tanta novela de narcos y asesinatos y melodramas de la vida cotidiana y autocomplacencias de escritores que debieron quedarse en el periodismo. Historias de la vida propia del escritor que a nadie le interesa (como las obras de Gonzalo Celorio, premio Cervantes 2026) porque no hay nada más banal y chafa que escribir sobre uno mismo.
La literatura es otra cosa, aunque, ociosamente, la han querido vender en las ferias de libros como un producto de consumo de masas cuando no es así. Y no es que la literatura sea selectiva (o clasista, como dirían los progres) sino que para serlo debe encerrar belleza. Y muchas obras modernas carecen de eso. En El ejército ciego, la belleza no es un accidente. No hay párrafos que al autor le salieran de chiripa. Por ejemplo, hay un capítulo donde los ciegos, en su regreso a casa, se encuentran con el mar. Quizá uno de los más bellos del libro. Al final, el narrador cuenta que les pidieron a los ciegos que no se comportaran como niños (lo cual ya nos dice mucho de su conducta frente a su reciente ceguera y nos da la clave del libro).

“También se nos pidió que no nos comportásemos como niños. Cosa imposible. El mar estaba ahí para volvernos niños, y nunca hubo niños ciegos tan contentos en el mar. Si los historiadores, en vez de ocuparse de batallas y emperatrices, contaran lo que en verdad deben conocer las generaciones por venir, habrían de dedicar muchas líneas a esos hombres con el agua a la cintura o en el cuello, que chapaleaban y brincoteaban, cantaban y reían y se olvidaban de la muerte, de las deudas y las ampollas, de las vilezas y el paso del tiempo, para celebrar como nadie ha celebrado jamás el triunfo de las tinieblas sobre la luz”.
Este párrafo condensa la profundidad a la que quiere llegar Toscana. Esta es la “visión” de esos vencidos. Aunque visión en un contexto de ciegos suene a oxímoron. Ahí radica la belleza de esta obra. El lenguaje que el autor emplea es una mezcolanza de crónica histórica con elementos narrativos de la tradición oral en tono de leyenda. Leemos la obra, aunque en realidad estamos escuchando a un bardo en el mercado de alguna aldea búlgara. Al lector también le fueron sacados los ojos, pues Toscana es el tuerto que nos guía a través de un lenguaje que no conocemos en este siglo, y vamos pasando las páginas a tientas, escuchando la voz del escriba.
Se puede hacer un glosario de locuciones que por supuesto han caído en desuso y que el autor tuvo el oficio de incluir para hacer verosímiles sus relatos. Por ejemplo, cuando se narra la escena donde maese Zósimo el sacaojos reúne sus utensilios para llevar a cabo esta tarea, se emplean los términos lezna, rasqueta, gubia, buril y barrena. Cuando Radislav, el aprendiz de herrero regresa ciego a su taller, se recurre a las locuciones fragua, fuelle, escoria y la expresión fierro de marras.
En una escena de mercado, Toscana elige una adecuación léxica al registro de los presuntos hablantes del siglo XI: “‘Eso yo no lo sé’, dijo el judío Moskono, apurándose a recoger sus efectos tras la venta del día.” Y en las calles de Constantinopla, un ciego describe lo que pudo haber visto si tuviera ojos: “Diría que en los portales de los comerciantes se vende todo tipo de efectos y haría un listado de esos efectos, por largo y obvio que fuera”. La palabra “efectos”, que no es otra cosa que un artículo de comercio, una mercancía, es empleada para darle esa sonoridad de medioevo.
La novela de Toscana se desmarca de los temas contemporáneos en la forma, pero no en el fondo. Y la forma literaria ha mutado, abundan narrativas ultramodernas donde al que menos se le exige es al lector. El oficio también ha mutado. Hay escritores que escriben para un número de lectores o son rehenes de sus editores. La libertad en el sentido creativo se diluye. Hay un recurso literario que va cayendo en desuso por escritores sobre todo jóvenes: la alegoría y la parábola. ¿Que si estas poseen matices moralistas? No para el lector avezado pero sobre todo inteligente. Leer es una forma de escribir también la historia que se lee. Como Cortázar decía, “no me gustan los lectores mediocres”.
Toscana es una alegre isla en toda la industria editorial. Escribe como quiere y lo que quiere. Primero la historia, después vendrá el lector. Y eso hace brillar lo que se cuenta. Olemos las entrañas de su autor, aunque tengan mal olor. Pero entramos a eso que no tiene nombre y que vemos y vivimos junto con el narrador. Esta obra tiene el respeto a una cualidad que todo escritor debe poseer: el oficio. Toscana es el gran flautista. El juglar. El ejército ciego es una obra que da cátedra de oficio literario: el sagrado arte de documentar la narración para mimetizarse en un escriba, en un cronista del siglo XI para traer la gran parábola de la otra visión de los vencidos al siglo XXI.

