“Por mi gran culpa”, novela de Ligia Urroz (fragmento)

Ligia Urroz
En esta novela, Ligia Urroz presenta la condición humana con todas sus paradojas, contradicciones y revanchas. Narrada como las grandes novelas del siglo XIX, aquí los acontecimientos se suceden uno tras a otro. Publicada por la editorial Hachette México en 2025, aquí te presentamos dos capítulos...

Todo el mundo vigilaba a todo el mundo. Era obligatorio conocer la vida de los demás para hablar de ella, y amurallar la tuya propia para que no hablaran de ella. Annie Ernaux 

1

Galicia, 1870

Don Rafael se abrió paso entre la muchedumbre de emi­grantes flanqueado por sus dos hijas y los cargadores que traían los baúles de las jóvenes. El Zarabanda se mos­ traba soberbio con su chimenea de vapor y sus mástiles erguidos rasgando el azul de agua y las nubes de Ga­licia. El patriarca quería entregar la documentación para que las muchachas abordaran con premura. Los papeles estaban en regla, con el sello del notario. Las mujeres menores de veinticinco años que viajaban solas eran obligadas a presentar un permiso de sus padres —o sus maridos, en el caso de las casadas— visado por el gober­nador de la provincia respectiva. A pesar de su estado de ingravidez —difícil de notar por su flacura— Josefa era una mujer soltera y así llegaría hasta Nicaragua. Más tarde, lejos de las autoridades de migración, dirían que era viuda y estaba embarazada de su malogrado marido.

No sabían si la sociedad leonesa de Nicaragua sería igual de conservadora que la española; temían que sí.

Don Rafael entregó los papeles al inspector y abrazó largo y fuerte a sus hijas. Se tragó sus lágrimas y con­siguió mantener la voz sin quebranto, debía transmitir fortaleza en un momento tan crucial. Con discreción les indicó que se cuidaran y repitió la orden de doña Lola: no enviar correspondencia hasta dar con un correo se­guro. Prometió visitarlas en cuanto le fuera posible. Les pidió custodiar las monedas de oro con las que se sos­ tendrían al llegar. Las bendijo con la señal de la cruz, ellas besaron sus mejillas y, anegadas en lágrimas, le pidieron que protegiera a su madre y a Genoveva. Las miradas de las jóvenes siguieron la espalda de su padre hasta perderse en el gentío.

La recepción de los viajeros de primera clase era dis­tinta a la de los emigrantes de segunda y tercera. Los últimos viajaban hacinados y se formaban en largas colas para subir al vapor; los de primera, como Josefa y Do­lores, eran recibidos de inmediato con un servicio de té. Los cargadores transportaron una parte de los baúles a las bodegas y los más necesarios a su camarote. Los vestidos pesados, la ropa blanca o el menaje de casa irían debajo, pues el aposento tenía el espacio reducido.

Ligia Urroz es una narradora mexicana de origen nicaragüense.

El concierge entregó a las hermanas un plano de la or­ ganización del barco y mandó a su mayordomo a darles una visita guiada por los lugares privilegiados de pri­mera clase: las áreas de paseo, el comedor, la biblioteca, los salones para los juegos de mesa, las tertulias musi­cales y literarias. Las jóvenes quedaron sorprendidas por el lujo y la majestuosidad del barco. ¿Cómo se podía sostener en el agua ese edificio gigantesco? Visitaron la enfermería y la capilla donde se celebraría misa todos los domingos y fiestas de guardar. Hacía varios años que una real orden obligaba llevar a bordo tanto a un ciru­ jano como a un capellán, les informó.

En la visita por el barco, Josefa vio un letrero que decía “Penado el tráfico o la trata de esclavos”. En Es­ paña y en sus colonias la esclavitud era legal —y lo sería hasta una década y media después—, pero en la educa­ción de las niñas esa información no estaba presente. Por un momento, Josefa previó que entraba en un mundo cuyas reglas básicas le eran desconocidas.

El compartimento de las hermanas era un aposento con dos camas, un lavabo con agua corriente —podrían asearse a diario si lo deseaban— y un tocador o escritorio pequeño. Empacaron vestidos sencillos pero elegantes para viajar con comodidad. Josefa mencionó que pronto notaría ajustadas sus faldas de la cintura, y tal vez del busto, pero Dolores la tranquilizó indicando que ya las arreglarían en su momento, pues sabían algo de costura. Al instalarse, las hermanas cargaban un miedo pesado: desde ese momento, estaban por ellas mismas. Deberían elegir su futura casa, organizar sus horarios, la comida y, sobre todo, los nuevos vínculos. Las decisiones siempre habían sido tomadas por doña Lola y don Rafael; ellas obedecían a cal y canto.

La libertad de elegir paraliza a quien vive de órdenes.

El Zarabanda seguía recibiendo pasaje de tercera. La hora de zarpar sería justo después de la cena. Si en el trayecto hacia su destino final alguien preguntaba los motivos de su viaje, responderían que las encomendaron establecer una academia musical en el Nuevo Mundo. Las esperaban familiares en León, Nicaragua.

Alcanzaron sus bolsos de mano y salieron temerosas al comedor.

La autora radicada en CDMX escribe novela, cuento y ensayo.

2

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa

Castilla y León (cuatro meses atrás)

 

Confiteor Deo omnipotenti, et vobis, fratres;

quia peccavi nimis cogitatione, verbo, opere et omissione: me culpa, mea culpa, mea maxima culpa.

Ideo precor beatam Mariam semper Virginem, omnes angelos et sanctos et vos, fratres,

orare pro me ad Dominum, Deum nostrum.

Amen.

 

Dolores, Josefa y Genoveva entran a la iglesia escoltadas por sus padres, doña Lola y don Rafael, templarios res­ponsables de resguardar su virtud y moral. La familia acostumbra los ojos a la negrura de la catedral de Santa María de Regla de León, un recinto umbrío donde los vitrales góticos apenas dejan filtrar débiles hilos de luz.

El aroma a humedad, parafina, flores blancas e incienso se mezcla con el olor repugnante del tabaco rancio y de la grasa corporal, del aliento de las bocas con dientes ca­riados y de los sobacos agrios de la feligresía. La iglesia es un territorio donde, a la par del amor de Cristo, ser­pentean el castigo y la represión.

La comunidad toma su sitio en las bancas de ma­dera. Las hermanas, respetuosas, procuran no pisar el desgastado reclinatorio rojo que se extiende debajo de sus faldas y crinolinas. A los pocos minutos da inicio el canto de entrada e irrumpe el obispo: la congregación calla como si Dios mismo o uno de sus arcángeles bajasen a la Tierra. El cura es un hombre pálido, de una belleza celestial, dotado con la potestad de absolver el pecado primigenio, la mancha original. Los fieles quedan de­ mudados ante su presencia. Es un seductor de mentes, almas y cuerpos. Llega al altar y, como es costumbre, da la espalda a la comunidad, posa sus ojos en la efigie del Dios crucificado.

Inicia la celebración eucarística y con ella el rezo en el cual todos se reconocen culpables.

(Yo confieso ante Dios todopoderoso)

Como el sacerdote, Josefa también eleva la vista para contemplar al Cristo que señorea el altar. Desde siempre, y aun entonces a sus dieciséis, la Iglesia ha estado en el centro de su vida como un espacio de formación y orden. Su mundo es gobernado por un Dios absoluto, tan ubicuo como aterrador.

(y ante vosotros hermanos)

Iniciada la oración, la niña abandona al Cristo y clava sus ojos en las baldosas del piso para no caer en la ten­tación de mirar a alguien o ser vista, sobre todo, por un hombre. La mantilla de rigor que oculta su rostro y cabeza, la cubre del mundo y, al mismo tiempo, simbo­liza el luto por la pasión y muerte del cordero de Dios. (que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión)

Se da golpes de pecho corroída por la posible ver­güenza y el espanto de cometer, —ejecutar o pensar, aun sin saberlo—, algún acto que contraríe a la Santa Iglesia Católica.

(por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa)

Cada domingo es una ceremonia de guardar en la que, con el puño en el corazón, se exhibe la culpa. Esa sombra que oscurece el alma de los hombres pero, sobre todo, el de las niñas y mujeres: Eva prueba el fruto prohibido y se lo comparte a Adán. La manzana del árbol del cono­cimiento del bien y del mal envilece a quien la prueba. Así es desde el principio de los tiempos, la curiosidad condena al fuego eterno y acarrea como losas pecados

—propios y ajenos—, y mancilla las conciencias.

(por eso ruego a Santa María siempre virgen)

Arropada por el manto de la Santísima Virgen María, su gran ejemplo, Josefa ora para que la madre de Dios le provea la fortaleza necesaria para alejarse de cualquier tentación. Llena de gracia y amor, bendita entre las mu­jeres, es la indicada para recibir sus preocupaciones y reconciliarla ante su Hijo.

(a los ángeles, a los santos y a vosotros hermanos) (que intercedáis por mí ante Dios nuestro señor)

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Los hermanos en la fe están presentes en cada banca, en los pasillos, apiñados al fondo, junto a las puertas en­tornadas de la catedral. Ellos, como centinelas vigilantes del camino correcto, señalan, murmuran y critican tanto como interceden ante el Todopoderoso. Se escudan del escrutinio comunal en los valores de la piedad y la de­ cencia. Los vecinos pudientes de León aniquilan con un dedo inquisidor mientras vuelven la vista al cielo para pedir por su prójimo: un doble juego de hipocresías que mantiene unidas a las familias leonesas de estirpe.

Que así sea para siempre, por los siglos de los siglos.

(Amén.)

Este domingo, el próximo domingo, cualquier do­mingo, Josefa y sus hermanas confiesan ante todos sus errores, pretenden limpiarlos —este domingo, el próximo domingo, cualquier domingo, toda la vida— revelan sus pecados, cumplen con los sacramentos y, en la semana, trabajan en labores caritativas, sacrificios diarios. La vida entera se les va en expiar condenas por infringir reglas que alguien, en su absoluta necesidad de dominar, establece como ley.

La culpa, sombra cosida a la falda con la aguja del miedo y la hebra de los siglos.

La culpa, jaula donde crece una fauna de fragilidades humanas.

La gran culpa, costal de estiércol.

Josefa devuelve la vista del piso, se persigna en la fe y repara una vez más en el Cristo clavado en la madera acariciado ahora por una luz amarilla y álgida. Un ser inanimado ante el cual rendirse y obedecer. Mira de reojo al obispo y se maravilla.

Canta con sus hermanas el Kyrie eleison, ruegan piedad al Señor.

En la casa del Creador del Cielo y de la Tierra, todo es irónicamente aterrador, bello y descomunal.

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