“Polvo blanco”, un relato de Leopoldo Orozco

Este relato de Leopoldo Orozco (Ensenada, BC, 1996) obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Cuento Universitario Luis Arturo Ramos 2023. Primero fue publicado en fanzine y ahora forma parte del libro de cuentos "Ciudades deshabitadas", el cual puedes descargar aquí. ¡No dejes de leerlo...!

Mención honorífica en el Premio Nacional de Cuento Universitario Luis Arturo Ramos 2023, este relato forma parte del volumen “Ciudades deshabitadas”, ¡descárgalo aquí…!

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“There was nowhere.” Katherine Mansfield

Ana aprendió a fumar para, sólo de vez en cuando, poder tomar un descanso entre turnos, pero nunca terminó de hacerlo bien. El humo agrio nunca alcanzó a tocar sus pulmones, e incluso cuando apenas empezaba a entender el mecanismo del cigarrillo, el jalón inicial del aire con un vacío discreto de la lengua, siempre hizo por no meter a su pecho ese tufo claro que, aún fuera del torrente de su sangre, le daba una claridad de pensamiento leve, inusitada, como si apenas acabara de despertarse después de un sueño tranquilo. Mantenía la calada en la boca para que la brasa avanzara a través del tubo pálido, y la soltaba después de unos segundos al aire, lo más despacio que podía, para ver cómo se escapaba y se esparcía el humo denso frente a su rostro. En los días de frío, le gustaba ver que la voluta tenía más cuerpo que en los días cálidos, y que cualquier vaho de su boca mantenía una curiosa similitud a la exhalación del cigarrillo encendido.

Sólo tomaba estos descansos cuando el encargado del front desk era Esteban —Ésteiban, decían los dueños del hotel, con ese curioso salto en la primera e y el tono cordial con el que se entablaría una conversación con un buen salvaje—, que era más permisivo y nunca delató a nadie. Decidía usarlos sólo de vez en cuando, en momentos en los que sabía que los pies no iban a aguantarla más tiempo, siempre que las demás housekeepers estaban ocupadas y sólo cuando ella ya tenía adelantados un par de cuartos en su zona. Pedía a alguna de las otras que se encargara mientras iba a fumarse un cigarrillo. Nunca se le negó el favor, porque ella era siempre la primera en cubrir los retrasos de las otras y lo pedía con tan poca regularidad a comparación de ellas que siempre les pareció una petición menor.

Entonces, cuando el momento era justo, salía cinco minutos con un único cigarrillo metido al fondo del delantal blanco y un encendedor azul celeste. Siempre faltaban por lo menos treinta minutos para el medio día, a la hora en la que el sol alcanzaba a tocar todas las ventanas de los cuartos el tiempo suficiente como para dejar calientes las colchas marrones de las camas. Se sentaba en un taburete blanco al lado del contenedor de basura a fingir que fumaba, mientras sentía el destensarse de los pies y los brazos. Sólo cinco minutos.

Ese día, mientras terminaba su tercer buche y respiraba por la nariz con un alivio más agudo del normal, bajó la mirada sin darse cuenta y encontró una pequeña bolsa de plástico entre sus dos zapatos desabrochados. La bolsita —bolsita, pensó, tan pequeña, insignificante— estaba cerrada con una franja violeta y azul, como las bolsas ziploc con las que cubría los sándwiches del niño en la madrugada. Era transparente y le recordó al sobre en el que le dieron las fotos tamaño infantil que se tomó alguna vez para entregar junto a unos documentos.

Pero esta bolsa no contenía fotografías. Contenía un polvo blanco y fino, como el bicarbonato de sodio que utilizaban en el hotel para quitar las manchas difíciles de las alfombras o en casa para hacer pastel de zanahoria. Soltó el humo con suavidad y se quedó mirando el minúsculo paquete, erguida y tranquila, durante unos segundos.

Sus hermanas le habían contado de algo parecido, pero nunca había visto aquello con sus propios ojos. Se aseguró de que nadie la estuviera viendo y se arrodilló frente al polvo blanco, para verlo más de cerca, como los niños que se inclinan en las aceras para ver pasar las hormigas. ¿Debería tocarlo? ¿Dejarlo ahí? ¿Pedir ayuda? La policía no era una buena opción y lo sabía. Tenía la certeza, por conversaciones ajenas en el laundromat o en la fila del supermercado, de que los mojados no podían llamar a los puercos. Sus hermanas no podrían hacer nada, e incluso tal vez quedarían tan perplejas como ella ante esa blancura.

Las gentes decían que te ponía todo pendejo y violento. Que te dejaba ido, o una cosa así. Que valía mucha feria porque a los güeros les gustaba comprarla, que no les interesaba cuánto cuesta ni quién la vende. Una vez oyó que un primo se había encontrado un paquete grandísimo del mismo polvo blanco, tan grande como un ladrillo, pero envuelto en un plástico transparente y suave, en un lote baldío que estaba desyerbando, y que lo vendió a unos motociclistas a cambio de varios miles de dólares, con los que le alcanzó para ponerle llantas nuevas a su carro y comprarle dos pares de zapatos a cada uno de sus hijos, entre otras muchas cosas. Había tenido suerte, porque nadie más se enteró y el dinero no se lo quitó nadie. Tampoco vinieron después a preguntar.

Una suerte, porque al esposo de la Fátima lo agarraron con un par de paquetes de esa madre abajo de los asientos de su camioneta, y en palabras de su tío, los puercos le metieron una putiza y un balazo en la pantorrilla izquierda, disque porque había querido darse a la fuga, pero como había nacido de este lado de la frontera lo metieron en la cárcel varios años en vez de deportarlo, y al parecer no lo han soltado ni lo soltarán pronto. Y eso que era, según esto, de la chafa, porque lo que llevaba bajo los asientos apenas le iba a alcanzar, después de venderla todita, para el alquiler.

Ana apagó el cigarro en la pared de ladrillo y lo tiró dentro del contenedor de basura. Había escuchado que unos cuantos gramos de cierto polvo blanco —no sabía cual de todos— podía valer mucho. ¿Pero cuánto exactamente era mucho? Si se guardaba con discreción la bolsita en el delantal y de milagro encontraba alguien que supiera cuánto valía, a quién llevarla, ¿qué provecho podía sacarle?

Si un ladrillo —¿un kilo?— de algún polvo común podía pagar llantas y unos ocho pares de zapatos y quién sabe cuántas cosas más, ¿esta bolsa tan pequeña podría, por lo menos, pagar unos tenis infantiles? Los de Lalito —Eddie, cuando cruzaba el umbral de la casa y se le olvidaba el español— ya habían empezado a desprenderse de las suelas. ¿Por lo menos una caja de útiles? ¿Lápices de colores para los mapas del mundo, reglas, plumas, compases, borradores? ¿Un par de cuadernos? ¿Unos meses de school lunch? ¿Tal vez el polvo blanco podría pagar esa mochila que el niño había visto, con unos ojillos de borrego herido, colgada en las estanterías de la department store y que parecía resistente y novedosa, llena de intersticios ocultos y espacio para una laptop que no tenían?

Pero digamos, pensó Ana, que ese polvo era el mejor. El más exclusivo de los polvos, el más peligroso. Traído, tal vez, de México, de Colombia. Un polvo que arriesgó muchas vidas. Que hizo correr mucha sangre. ¿Cuánto es mucho? ¿Podía una bolsa diminuta de cierto polvo valer tanto como un paquete entero de otra cosa? Tal vez, sólo tal vez, dos pares de zapatos. O un uniforme entero —aunque recordó que, de este lado, los niños no usan uniforme—. ¿Varios pares? Decirle a Lalito, escoge tres, de colores diferentes, que te duren.

Luego pensó, ¿alcanzará para sacar las joyas de mamá del pawn shop? El material de los sueños se hizo más blando, más consistente. ¿Un depósito, renta? Salir por lo menos un par de meses de casa de los tíos que los tenían en el cuarto de lavar desde el año pasado. Temporarily, por supuesto, mientras encontraban otro sitio. Tal vez sería el empuje necesario, último, para dar paso a otra cosa. Un vestido nuevo con el que ir a entrevistas de trabajo, pagarse un curso.

Una bicicleta para no tener que tomar el bus. Dos bicicletas, una grande y una pequeña. El primer enganche de un carrito usado. Una cena fabulosa, que todos queden llenos y tengan para llevarse a sus casas. Una fiesta de cumpleaños. Un…

—¡Ana!

Se levantó de un solo movimiento. Percibió en el aire la humedad de una lluvia que se arrastraba pesadamente hacia ella en la misma dirección que la última voluta de humo del cigarrillo a punto de apagarse, con la brasa ya casi pegada a la piel. Una compañera le hacía gestos de premura desde un balcón del segundo piso. Ya eran las doce y hacía falta terminar un cuarto.

Mientras se amarraba los zapatos de nuevo, lanzó un breve vistazo al polvo blanco. Parecía inocente, casi angelical, como algo que alivia y reconforta. Sintió un ligero hormigueo en la punta de los dedos. Se puso de pie, se limpió la tierra de las rodillas y se dirigió hacia la recepción. Llovió toda la tarde.

Para cuando empezó el turno de la noche, ya no había nada.

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Leopoldo Orozco (Ensenada, Baja California, 1996). Magíster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra. Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Universitario Carlos Fuentes 2023, otorgado por la Universidad Veracruzana. Finalista del XXXVIII Premio Loewe de poesía a la creación joven 2025. Su libro más reciente es el volumen de cuentos “Ciudades deshabitadas” (edición de autor, Barcelona, 2026).

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