Extraña y bella novela (corta) sobre la dificultad (¿imposibilidad?) de acercarse al otro hasta las últimas consecuencias. El protagonista (sin nombre) vive solitario en una gran casa vacía llena de recuerdos, rodeado de perros y con su madre, con quien casi no habla, refugiado en su habitación, solucionando por una insólita afición problemas teóricos sin vínculo con la realidad práctica, cuando no trabaja (es físico) en una central nuclear.
Ella sí tiene nombre, Virginia, madre soltera, hermosa pero asimétrica, de grandes caderas y finísima talla, procaz en las relaciones íntimas con el innombrable pero distante y distanciada, en otra asimetría, ahora existencial, que los convierte a los dos en amantes efímeramente fusionados por el deseo y, sin embargo, enajenados uno al otro por la incapacidad de abrirse y entregarse más allá de los cuerpos. Entregar su cuerpo al otro puede hasta significar, sorprendentemente, proteger la irreductibilidad del alma, o como se le quiera llamar al infranqueable misterio de sí, al último reducto del ser.

La escritura, como siempre con García Ponce, es serena y envolvente, trazando círculos y espirales que dan un sentido trágico a las repeticiones incesantes de rasgos físicos, entornos y actitudes, sugiriendo un halo de fatalidad y destinos inevitables, en unas vidas que se tocan para mejor separarse, como si la condición humana consistiera en eso: la imposible aproximación a la otredad, la condena eterna a la soledad dentro de la aparente convivencia de generaciones, familias, amigos y animales (1).
De hecho, según le cuenta la madre a Virginia, la vieja casa de campo devenida urbana y casi desocupada después de cuatro generaciones fue originalmente un convento, antes de ser habitada por su familia. A las monjas o a los frailes enclaustrados sucedieron otros seres encerrados en una metáfora de habitaciones alineadas e incomunicadas, pues cada una permanece con vida propia, la de los recuerdos intransferibles y difíciles de compartir, salvo mediante anécdotas superficiales propias de un conversatorio.
En cuanto a los perros, omnipresentes, indisciplinados e invasivos, tan próximos al protagonista y a la niña -pero rechazados por Virginia desde un principio-, evocan el tumulto, el ruido, las incesantes y agitadas interacciones entre mamíferos o, si se quiere, la obligación de estar en el mundo, creando una tensión permanente e insoluble con la retractación inapelable del íntimo ser (2).
‘L’enfer, c’est l’Autre’ (el infierno es el otro), podría ser, en una alterada cita robada a Sartre (3), el desenlace de tantas vueltas en derredor de sí mismo, persiguiendo el sueño inalcanzable de la unión entre seres atraídos y retraídos incesantemente, en la noria de una improbable y soñada relación, tan deseada por ráfagas pero siempre inconclusa (4).
‘Je t’aime, moi non plus’, cantaban Gainsbourg y Brigitte Bardot en los sesenta (5), en una canción fortuitamente inspirada por Salvador Dalí (6).
Garcia Ponce retoma aquella obsesiva aspiración a ser, alternativa improbable al estar con los demás; no sólo frente a la muerte, sino antes, frente a la vida, uno siempre, irremediablemente, es(tá) solo en el mundo.
“Luego Virginia abrió la puerta y dejó entrar a los perros” . La última frase, enigmática y abierta, se puede interpretar de dos maneras. Como una ventana abierta a la tenue posibilidad de un encuentro verdadero, auténtico y profundo, auspiciado por los estímulos e interacciones de la cotidianeidad. O como la renuncia implícita a la ansiada armonía entre dos almas, acompañada por la resignación al mal menor: seguir viviendo.

Notas y referencias:
1) -Qué es lo que quieres de mí? Dímelo -murmuró Virginia, regresando a la primera, a la única pregunta. Lo que no puede mirarse -dijo él, sin apartar la boca de su cuello—, lo que tiene que ser mío sin serlo para que yo sea tuyo, para que los dos seamos uno del otro desde afuera; tú lo sabes, es posible, es lo que es nuestro más allá de nosotros.
(2) “… [Virginia] se veía contradictoriamente viva y al mismo tiempo distante en medio del silencio. En ese momento, él extrañó la presencia de los perros, como si necesitara de sus movimientos inesperados para que hicieran accesible el espacio en que podía acercarse a ella, y durante un largo instante los dos se quedaron uno frente al otro, unidos y separados, sin saber qué hacer.” “…esa parte de Virginia era la que él sentía necesitar realmente, como si al negarse a toda relación con los perros se le estuviera negando a él mismo y durante esos momentos lo dejara solo, en la misma situación en que había vivido hasta antes de conocerla, de tal manera que la realidad de su pasado, que él hubiera querido entregarle, permanecía viva, interponiéndose entre los dos y él no podía evitar la tentación de ceder también, entregándose a ese pasado y haciendo aún más honda la separación…”
(3) Joseph Garcin, en ‘Huis clos’ de Jean-Paul Sartre (1945), pronuncia la frase “L’enfer, c’est les autres”, aunque en un sentido diferente al que percibo en la novela de García Ponce. Para Sartre, en un concepto existencialista clásico, la percepción y el conocimiento de sí mismo se construye a través de la mirada de los demás. En ‘La vida perdurable’, el sí profundo de cada uno resulta refractario al otro, el ‘huis clos’ no es el espacio del problemático encuentro, sino cada una de las personas, encerrada en su laberinto.
(4) “… su vida se había hecho aparentemente inconmovible, encerrada en esa separación en la unión dentro de la que ninguno de los dos parecía capaz de moverse hacia el otro más allá de lo que lo hacían y sin embargo, él no podía dejar de sentir que aún no tenía a Virginia y ella lo sabía sin encontrar tampoco cómo entregar esa última parte de sí misma que la convertiría en la amante que hace absoluta la unión al perderse en esa realidad del amor que debería sobrepasarla y que también estaba fuera de él.”
(5) Aunque la versión más emblemática de esta canción fue grabada con Jane Birkin, originalmente es Brigitte Bardot (BB) quien canta “je t’aime, je t’aime, oui je t’aime”, y Serge Gainsbourg le responde “moi non plus” (yo tampoco).
(6) Salvador Dalí declaró: «Picasso es español –yo también. Picasso es un genio -yo también. Picasso es comunista –yo tampoco…».

