Voces unidas en concierto operístico de la OSY

En esta ocasión, Felipe Ahumada Vasconcelos acudió a los dos conciertos de la Orquesta Sinfónica de Yucatán del fin de semana, para apreciar mejor el programa denominado "el coro en la ópera", dirigido por Alfonso Scarano, y que aglutinó a más de 600 personas entre público y ejecutantes. ¡Bravo...!

Aproximadamente cien integrantes de la orquesta y los coros aguardaban la entrada del director en el escenario del Palacio de la Música, profusamente iluminado. Todos a tono para una noche especial, el viernes 9 de octubre, y un mediodía singular, el domingo 11. La portada del programa de mano titulaba el concierto «El coro en la ópera», bajo la dirección de Alfonso Scarano, con la participación del Coro de Cámara de Yucatán de la SEDECULTA (Secretaría de la Cultura y las Artes), dirigido por Jonathan Rentería Valdés, y del Coro Infantil «U K’aay Paalal» (El canto de los niños), del CECUNY (Centro Cultural de la Niñez Yucateca), de SEDECULTA, dirigido por Raúl Morales Macip.

Con el teatro totalmente lleno en ambas funciones, se reunieron en cada una aproximadamente cuatrocientos ochenta espectadores que, sumados al elenco artístico de unos cien integrantes entre coros y orquesta, hicieron cerca de seiscientas almas en torno a una selecta muestra de la producción operística de Pietro Mascagni, Gioachino Rossini, Giacomo Puccini, Richard Wagner, Giuseppe Verdi, Vincenzo Bellini y Georges Bizet.

Fragmentos de nueve óperas distintas: Cavalleria rusticana, La gazza ladra, Madama Butterfly, Lohengrin, La traviata, Norma, Carmen, Il trovatore y Nabucco; en tres idiomas: italiano, alemán y francés. Los coros tuvieron el protagonismo principal, de acuerdo con la propuesta de este cuarto programa, excepto en la obertura de La gazza ladra, cuya ejecución es enteramente instrumental.

Luego de escuchar la dulzura y el trasfondo trágico del preludio de Cavalleria rusticana, de Pietro Mascagni, los miembros del coro, al ponerse de pie, anunciaron el inminente despertar de las voces, respondiendo al llamado de las campanadas.

La magistral conjunción de la orquesta y el conjunto de voces logró crear una escena casi visual del amanecer en una plaza, donde la vida despierta entre el canto de los pájaros y los naranjos en flor que apenas comienzan a tejer el manto de sombra que lo cubrirá todo en el trágico clímax de la obra.

En la obertura de La gazza ladra, de Rossini, no hubo misterio: desde los primeros redobles del tambor hasta el último acorde de la orquesta en pleno, el público siguió la batuta de Scarano, disfrutando su tempo, sus pausas, sus diminutos silencios, sus efectivos suspensos. Ignorando, tal vez, el drama de la criada condenada a muerte por el supuesto robo de una cuchara de plata que la urraca había ocultado en su nido. En Madame Butterfly, de Giacomo Puccini, llamó la atención el momento en que la viola se desplazó hasta el fondo del escenario y se integró al coro. Desde ahí, su tañer suave fue apenas audible más allá del escenario, mientras el arpa y los pizzicatos resaltaban por su melodía.

Por cierto, nos extrañó que el maestro Russell Montañez, violista co-principal de esa sección de cuerdas, estuviera sentado en el segundo atril, cediendo su lugar a un colega. Al indagar la razón, supimos que, deliberadamente, en esta ocasión no ocupó su sitio: ha sido invitado, como director artístico de la Orquesta de Cámara de Mérida, a ofrecer tres conciertos los días viernes 16, sábado 17 y lunes 19 de octubre en la Catedral de Santa Catalina, en Vilna. Como no podrá acompañar a la OSY en el concierto que ofrecerá en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, convenía que su suplente ocupara desde ahora el primer atril.

Con la música de Wagner se dio una ruptura en el ambiente que hasta ese momento se respiraba en la sala: una mayor solemnidad, la insinuación de un drama que apuntaba a lo mítico, poniendo de relieve, una vez más, la versatilidad de la orquesta y los retos de la dirección. Esa tensión se suavizó con las notas de la marcha nupcial.

Pasado el intermedio se volvió a la ópera italiana: de Verdi, los preludios de los actos primero y tercero de La traviata, junto con los coros de las gitanas y los matadores. Fiesta, diversión, ritmo y danza. En Norma, de Bellini, la guerra; los metales a prueba; las percusiones que sostienen el vigor de un coro que suena firme y desafiante.

En los fragmentos elegidos de Carmen, de Bizet, se dieron dos de los momentos más llenos de dulzura. El primero, con la «Marsch und Chor der Gassenjungen» (Marcha y coro de los muchachos de la calle): aquí el Coro Infantil «U K’aay Paalal» se ganó el protagonismo, no solo por su feliz presencia, sino por la perfección y la belleza de su ejecución, ovacionada con fuertes aplausos y voces de «¡bravo!».

El segundo momento estuvo marcado por el dúo de arpa y flauta del preludio del tercer acto de esta obra. La velada del viernes y el concierto del mediodía del domingo terminaron con el célebre coro «Va, pensiero» («Vuela, pensamiento»), entonado por el conjunto vocal y acompañado por la orquesta en pleno.

La primera jornada, el viernes 9, duró aproximadamente dos horas y media. La segunda, el domingo 11, comenzó veinte minutos más tarde debido a una falla en el suministro de energía eléctrica que afectó a toda la zona. Esta circunstancia obligó a suprimir del programa dos preludios de La traviata, el preludio de Lohengrin y los coros de las gitanas y los matadores, además de otros dos preludios. En suma, fuimos seiscientas almas unidas en torno al coro de ópera como expresión sublime de la belleza humana…

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