Notas sobre el deterioro del debate público

A partir de las las ideas de la filósofa Hannah Arendt, John Vaquero examina el clima actual del debate público, cuyo deterioro de argumentos y desconocimiento de la dialéctica más esencial, ha creado un caldo de cultivo donde la polarización campea a sus anchas con ayuda de las redes sociales...

Recuerdo que, siendo estudiante, uno de nosotros le preguntó a la maestra de filosofía qué significaba para ella el pensamiento de Hannah Arendt y para qué podría servirnos hoy. Después de reprocharnos —con paciencia, pero también con una ligera ironía— nuestra pretensión de reducir una obra exigente a un aforismo, y la idea de que su valor pudiera medirse en términos de utilidad, guardó silencio. No fue una pausa incómoda, más bien un respiro, como si estuviera buscando una forma justa de responder.

Luego dijo:

“La esfera pública no es el lugar donde cada uno expresa lo que es, sino donde lo que se dice puede ser visto y examinado por otros.”

Durante años creí que aquella fórmula era de Arendt. No lo era. Sólo una síntesis improvisada, pero de una precisión notable; en aquel momento, sin embargo, no nos impresionó demasiado, pues vivíamos —como suele ocurrir a cierta edad— más inclinados a la exaltación que a la paciencia. Nos interesaban más las tomas de posición que los matices, la intensidad más que la forma, y ninguno de nosotros era aspirante a arendtiano, debo confesarlo. Su pensamiento nos hacía más bien el efecto de un jarro de agua fría, una invitación a contener los impulsos, cuando lo que buscábamos era transformarlos en llamarada.

Sin embargo, con el tiempo, esa frase ha ido regresando, a veces sin que uno se dé cuenta, sobre todo cuando observo el modo en que hoy discutimos. En muchas de nuestras controversias recientes —también en el ámbito cultural— da la impresión de que algo se ha desplazado. No tanto lo que se discute, sino la manera misma de hacerlo. Las ideas aparecen cada vez menos como algo a examinar y cada vez más como algo que delata a quien las enuncia: antes de preguntarnos si un argumento es válido, parece más urgente decidir si quien lo formula merece nuestra venia.

Ese pequeño giro —casi imperceptible al principio— cambia todo. La discusión deja de organizarse en torno a reflexiones, propuestas, hipótesis, y empieza a hacerlo en torno a personas. La falacia ad hominem no consiste tanto en equivocarse al juzgar a alguien, sino en evitar el contenido de lo que dice para descalificarlo: “Lo dices porque eres…”, “no tienes autoridad para…”, “eso sólo puede pensarlo alguien…”. No son argumentos, pero funcionan como si lo fueran o, mejor dicho, los sustituyen.

Necesito matizar lo anterior: no todo señalamiento personal es ilegítimo, porque el contexto importa, así como la trayectoria de quien se expresa, particularmente en términos de coherencia. Pero nada de eso debería dispensarnos de responder a lo que efectivamente se ha dicho o se ha escrito. Cuando esa sustitución se vuelve casi automática, el diálogo pierde algo esencial: la posibilidad de que las razones circulen, se examinen o se modifiquen.

Y entonces ocurre algo curioso. No es que haya más debate, es que hay menos, al romperse lo que llamo “ese terreno mínimo” (las famosas zonas grises de las que siempre hablo) en el que un intercambio puede tener lugar. Cada intervención ya no se dirige a un espacio común, sino que refuerza una posición previa, hasta tal punto que quien observa desde fuera aprende pronto la lección: cualquier sutileza puede ser leída como una falta, una tibieza o una debilidad, digna de ser sancionada. El resultado es previsible: silencio… o endurecimiento; la realidad, mientras tanto, se va simplificando.

Un ejemplo reciente en Mérida ayuda a verlo con claridad. A propósito de las manifestaciones del 8 de marzo, el punto de partida era relativamente simple: hubo daños a edificios y monumentos, a mobiliario público y privado. A partir de ahí, se abría un campo de discusión legítimo, de tal forma que algunos ciudadanos lamentaban esos daños —por razones patrimoniales, cívicas o legales—; otros los justificaban o los relativizaban en el contexto de una protesta más amplia.

Hasta ese punto, el desacuerdo era aceptable y hasta banal. Pero el debate no se quedó ahí, pues a quien expresaba reservas sobre los daños se le atribuían intenciones o limitaciones —machista, insensible, ignorante— que no se reflejaban necesariamente en lo dicho. Se respondía, así, a una versión simplificada o a una carencia supuesta del argumento, como si señalar un hecho implicara negar el problema mayor en el que ese hecho se inscribe.

El efecto fue inmediato: las posiciones intermedias desaparecieron, por lo menos en las redes, pues en conversaciones en vivo la intransigencia es menos común, porque todavía conservamos algo de urbanidad en el trato social no virtual. Más exactamente, lo que intento reflejar es que las expresiones de moderación dejan paulatinamente de poder expresarse sin coste. Decir “puedo compartir la causa, pero no los medios” pasa a ser sospechoso en un clima de interlocución cada vez más tenso y conflictivo.

Pero no me refiero únicamente a las consecuencias de un proceso de polarización; hay algo más difícil de nombrar, pero quizá más decisivo: una pérdida de niveles en el uso del lenguaje. Durante mucho tiempo —nunca de forma perfecta— existió una cierta diferencia entre lo que se dice en privado y lo que se dice en público. No por hipocresía, sino por ajuste. El espacio público exige una forma, cierta elaboración, algo así como una conciencia de los otros, que la lengua francesa expresa con una maravillosa palabra: les égards (las consideraciones o el respeto hacia el otro).

Hoy esa diferencia se ha vuelto inestable, pues el lenguaje inmediato, a veces brusco, a veces simplemente descuidado, pasa casi sin transición al espacio común. Y con ello se pierden cosas que no son menores, como, por ejemplo, la elaboración: ese trabajo lento de ordenar lo que se piensa antes de decirlo; se olvida también el principio de responsabilidad, pues hablar en público no es lo mismo que reaccionar en privado, aunque a veces lo olvidemos. Y se desperdicia, sobre todo, la posibilidad de un desacuerdo que no rompa el vínculo. Las redes sociales no han creado este problema, pero lo han acelerado, en la medida en que premian la reacción, amplificando la emoción: me da la impresión de que se acortan los tiempos. En ese entorno, el incentivo no es tanto pensar mejor como responder antes, y más fuerte.

En el ámbito del arte y de la cultura, esto se nota especialmente, pues viven del conflicto de interpretaciones, que se dirimen desde hace siglos y hasta milenios en controversias públicas, debidamente escenificadas y acotadas. Debería existir la posibilidad de “leer” de distintos modos, de volver a un entendimiento caleidoscópico (no significa relativista) de la realidad, sin renunciar por ello a la búsqueda de la verdad (independientemente de que ésta exista o no, con V mayúscula). Si toda discrepancia se interpreta como una agresión moral, la crítica se vuelve precaria, defensiva, o sencillamente se desvanece, ya que poco a poco, se instala una forma de autocensura: no tanto por prohibición explícita, sino por anticipación de la reacción.

Hay aquí una confusión que conviene señalar. Se tiende a asociar autenticidad con ausencia de filtros, como si hablar sin mediación fuera siempre más verdadero. Pero en el espacio público ocurre algo distinto: sin forma, el pensamiento no se vuelve más sincero, sino menos compartible. Filtrar no es ocultar sino, muchas veces, hacer posible que algo sea entendido, o por lo menos atendido.

Cuando el debate abandona las ideas y se desplaza hacia la descalificación personal, deja de ser un diálogo y se convierte en otra cosa, no sé si algo como una oposición entre adscripciones enfrentadas, o de egos, disfrazado de contraste de ideas, donde lo que está en juego ya no es el contenido, sino la identidad de quien habla.

Ese ‘entre’ al que me refiero al principio de este artículo no es una metáfora. Es lo que Arendt llamaba el mundo común: aquello que nos separa y, al mismo tiempo, nos pone en relación (1). Tal vez el problema mayor no sea entonces que pensemos distinto, sino que estaríamos perdiendo ese espacio entre nosotros. Ese lugar frágil y exigente donde las palabras no son sólo expresión de quien las pronuncia, sino algo que puede ser visto, discutido, incluso corregido por otros.

Y sin ese espacio, la conversación se vuelve más árida y más difícil.

Referencias:

(1) Esta idea la expresa Hannah Arendt a lo largo de su obra, y alguna vez de manera muy explícita, como en ‘La condición humana’ (1958), donde escribe: “El mundo es lo que está entre las personas, lo que las separa y las relaciona al mismo tiempo.”

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