Mis contemporáneos me dan hueva: Gerardo de la Torre

In memoriam, Gerardo de la Torrre.

El escritor mexicano Gerardo de la Torre (Oaxaca, 1938) falleció el 7 de enero de 2022. Por tal motivo, rescatamos esta entrevista realizada por Myriam Moscona y publicada originalmente en su columna “Luz negra” en el suplemento “Confabulario” de El Universal.

Autor de más de cuarenta libros, vive al margen de todo ambiente literario. Ha sido guionista, traductor, teatrero, profesor y, durante años, obrero de la refinería de petróleos. Fue guionista de Fantomas y de Plaza Sésamo. Militó en el Partido Comunista desde 1959 hasta su desaparición.

M-¿Qué recuerdos tienes de Oaxaca?
G-No muchos. Nací allí pero más bien viví en Minatitlán, una zona de producción petrolera, un lugar infecto y caluroso al que nos llevó mi padre. Había casonas de madera y árboles de mango, recuerdo que pasaba el tren con los carrotanques cargados de petróleo.

M-¿Allí estudiaste?
G.-Sólo hasta primero de primaria y luego nos vinimos a la Ciudad de México.

M.-¿Por qué?
G.-Porque a mi padre le encantaba la jugada y no sé qué hizo para que lo transfirieran a la refinería de Azcapotzalco. Acá iba a cada rato al frontón y al hipódromo y perdía todo su dinero, cosa que nos obligaba a vivir miserablemente.

M.-¿Cuántos eran de familia?
G.-Fuimos siete, pero en ese momento, vivíamos cuatro niños y dos adultos en un departamento de dos recámaras. En 1949 vine a dar a la colonia Narvarte cerca del Parque del Seguro Social. ´

M.-¿Desde entonces te aficionaste al béisbol?
G.-Desde antes, desde los cinco años., pero vivir cerca del Parque fue toda una aventura. En ese entonces se llamaba Parque Delta, antes de que lo tiraran e hicieran el del Seguro Social que ya tampoco existe. Todos los domingos iba a misa a recoger una hojita del evangelio y de allí me iba al beis.

M.-¿Para qué era la hojita del evangelio?
G.-Para demostrarle a mi mamá que había ido a misa.

M.-¿Y cuándo te convertiste en un lector?
G.-Ah, pues aquí es donde la puerca tuerce el rabo y donde mi pasión por el beis se ramifica en tres más: la literatura, la cinefilia y la política. Siempre me molestó la injusticia social, desde chavito.

M.-¿Y te hiciste militante?G.-Entré al Partido Comunista Mexicano, convencido de que algo se podía hacer para vivir en un medio más fraternal y solidario. Qué iluso, porque vinieron fuertes decepciones y todo el desastre que ya conocemos. En el corazón sigo pensando que es posible construir una sociedad menos hostil, pero ahora no encuentro opciones.
M.-¿Cuántos años estuviste en el PC?
G.-Hasta que se disolvió. Entré en el 59 y salí en el 81.

M.-¿A qué célula pertenecías?
G.-A la de trabajadores petroleros. Yo entré a trabajar a PEMEX a los quince años. Era aprendiz en el taller de tubería y a los 19 quedé de planta. Más adelante me hice mecánico y estuve allí hasta 1972, año en que me salí con la descabellada idea de querer vivir de la escritura.

M.-¿Y qué chamba tuviste entonces?
G.-Yo era amigo de Juan Manuel Torres, que venía de estudiar cine en Polonia. Lo conocí en la librería de Polo Duarte. Bebíamos como verdaderos generales e hicimos una buena parte de nuestras vidas en cantinas. Por ese entonces le ofrecieron ser jefe de escritores de Plaza Sésamo y me fui con él.

M.-¿Pasaste de obrero a guionista?
G.-Allí se conjugó mi amor por el cine y mi aprendizaje en otras cosas. El guión es una herramienta y el libro es una obra acabada en el que tú eres el único responsable. Los géneros no se comportan igual. El cuento, por ejemplo, es para contar algo en poco tiempo, mientras que la novela cuenta la historia de sus personajes. Cortázar hablaba de nuevas formas narrativas que pudieran potenciar la escritura.

M.-¿Y has seguido esa línea?
G.-Cuando comencé a escribir yo había leído a los escritores del XIX y quise escribir de otra manera. Creo que mis primeras novelas están muy influidas por el cine, por Ocho y medio de Fellini, por ejemplo. Buscaba una estructura que me permitiera jugar.

M.-¿Y dialogabas con alguien sobre tus textos?
D.-Pasé por el taller de Arreola, pero me logré zafar a tiempo porque estaba muy influido por él. Mis escritos eran imitaciones torpes y lo peor que puede ocurrirte es copiar formas que no son las tuyas, además de que intentó bajarme a una novia, pero con él aprendí a manejar la artesanía y los posibles juegos del lenguaje.

M.-¿En qué género te has expresado mejor?
G.-En la novela, para mí es el género ideal para revelar una visión del mundo. Claro que todo esto es un aspecto teórico porque a la hora de la hora te agarra la mano el chango y capaz que no llegas a ningún lado. Estoy por terminar una especie de testamento político en mis novelas, son historias sobre la militancia, con los horrores de esos tiempos.

M.-¿A qué te refieres?
G.-A la decepción, a la amargura, al sentirse timado. Tantos años que me volqué a eso y resultó que toda esa falsificación se derrumbaba. Es el fracaso de un ideal y ahora la globalización me hace sentirme maniatado. No me queda más que ayudar a la gente que tengo cerca. Mi vida es solitaria, doy clases y todo el día estoy en la computadora, entre mis libros, películas, botellas de vino y música.

M.-¿Ahora no tienes una actividad política?
G.-Sólo que así se llame el donativo anual que doy a Green Peace. Imagínate: del PC a Green Peace… Esa es la síntesis de mi vida. Suena patético, ¿verdad?

M.-¿Y extrañas una militancia?
G.-Sigo convencido de que vivimos en una sociedad que predica como el valor supremo la ganancia. No extraño algo en lo que dejé de creer, pero las injusticias me siguen moviendo las tripas. Me doy cuenta que con manifestarme en contra de la matanza de focas, de las muertas de Juárez o del desafuero es hacer muy poco, pero a mis 67 años ya estoy de regreso.

M.-¿Qué suceso te ha marcado más?
G.-A estas alturas, un infarto que me dio hace cuatro años. Antes me sentía invulnerable. Mis alumnos me decían “la roca”, pero cuando sentí en carne propia que me podía morir comencé a vivir (y a beber) como “vulnerable”. No disminuyas mi fama de borracho, ¿eh? Además, se me ha quitado lo tormentoso. Llevo una vida más solitaria pero también más tranquila. Ya no tengo con quién pelear.

M.- ¿Y de qué vives?
G.-Vivo con muy poco, con lo que me da la revisión, reescritura y traducción de libros ajenos. Y cuando me cae más lana me la gasto en películas, invito a mis alumnos y cosas así.

M.-¿Traduces del inglés?
G.-Sí, porque de chavo leí a Hemingway, a Fitzgerald y a Steinbeck. Además, durante años traduje novelas condensadas para Selecciones y otras pendejadas. Ahora las editoriales me mandan libros insalvables y yo los rehago. La técnica consiste en levantarte a escribir lo tuyo, siempre eso va primero y ya que te hartas entonces te dedicas a las chambas. Nunca al revés.

M.-Has tenido algunas chambas exóticas, ¿no?
G.-Con Cardona Peña hacía Fantomas y otra historieta de crímenes. También me aventé Vidas ilustres de escritores y artistas para Novaro..

M-Chambas muy distintas a las que hiciste en la refinería.
G.-Sí, de allí acababa con el cuerpo cansado, pero con la cabeza limpia. Podía escribir y al día siguiente llegar a dar martillazos. Hay algo saludable en esa práctica.

M.-¿Y el b

eis?
G.-Le hice de todo, pero me dediqué más a lanzar. Jugué en una liga de chavo y llevo muchos años en los que he hecho cualquier cantidad de pendejadas. Leñero y yo hicimos una antología del beis y juntos fuimos al último partido que se jugó en el Parque del Seguro Social.

 

M.-¿Tienes amistades literarias?
G.-Vivo al margen porque mis contemporáneos, salvo pocas excepciones, me dan hueva. Prefiero andar con mis alumnos. Al menos con ellos me divierto. Y como dice Cazals, esto de la vejez es una chinga. El placer del viejo es el del conocimiento, pero ya que has afilado el colmillo te queda menos tiempo.

M.-¿Entonces cuál es la ventaja de la edad?
G.-¡Ah! Pues que viajas gratis en el trolebús.

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