Carvalho y Torrente: dos antihéroes del desencanto español

En su columna, John Vaquero sigue explorando algunas figuras del desencanto español: personajes y situaciones, desde la literatura o el cine, que encarnan las tensiones de la sociedad postfranquista, proponiendo un cruce inesperado: el detective Pepe Carvalho y el policía caído en desgracia José Luis Torrente. Dos registros opuestos, pero una misma mirada deformada —y lúcida— sobre el desengaño...

La novela negra mediterránea y la comedia grotesca han producido dos figuras que, desde registros opuestos, parecen mirarse en un mismo espejo de feria: Pepe Carvalho es un personaje de novela creado por Manuel Vázquez Montalbán y José Luis Torrente una criatura cinematográfica de Santiago Segura.

Ambos recorren, a su modo, el paisaje moral de un país que sale del franquismo y entra en la democracia. Y en ese tránsito, lo que encuentran no es tanto una promesa sino una decepción; de hecho, no están solos, pues forman parte de una constelación más amplia de figuras que, desde la Transición hasta hoy, han intentado dar forma a ese mismo malestar.

Carvalho, protagonista de una larga serie que arranca con Yo maté a Kennedy, es un detective privado instalado en Barcelona. Excomunista y exconvicto, dicen que hasta colaboró con la CIA (¿o la TIA, de Mortadelo y Filemón?), arrastra una biografía ambivalente que ya contiene el germen de su mirada.

Es un escéptico refinado: cocina con la misma intensidad con la que desconfía del mundo, quemando a fuego lento los miles de libros que leyó como quien renuncia a las certezas, y en el otoño de su vida, convierte cada caso en una excusa para radiografiar la impostura política, cultural y sentimental de su tiempo. A su lado, Biscúter —un delincuente de poca monta reconvertido en su fiel escudero— introduce una nota de normalidad, casi ingenua, frente al pesimismo de su jefe.

Torrente aparece en el extremo opuesto del espectro. Fue policía, expulsado del cuerpo, y vive anclado en una caricatura de sí mismo: podríamos decir de él que es autoritario, machista, racista, futbolero (¡Atlético!) y orgullosamente inculto. Pero reducirlo a eso sería perder lo esencial.

En la saga iniciada con Torrente, el brazo tonto de la ley, Santiago Segura evoca algo más incómodo, con un personaje que no solo entretiene o irrita, sino que deja entrever la persistencia de ciertos residuos irreductibles y atemporales de la miserable condición humana, más allá de los cambios institucionales.

Entre bocadillos de chorizo y güisqui peleón, Torrente avanza destrozándolo todo, pero en ese exceso hay algo que rebasa la mera vulgaridad. La risa, aquí, no es inocente, se parece más bien a una carcajada que incomoda mucho y divierte bastante poco.

Hay en él algo profundamente valleinclanesco: la exageración es sólo un punto de partida, para alcanzar cierta deformación deliberada de la realidad pero en un ambiente de ordinariez casi documental.

De cierta forma, este personaje hace eco a la España cañí de peineta y pandereta, pero sin la nostalgia propia de ese subgénero y más bien con la corrosión irónica de las postrimerías del siglo veinte.

Lo interesante es que, pese a sus inmensas diferencias, ambos personajes parecen responder a una misma experiencia histórica. Carvalho observa el mundo con desgana y fatigado; Torrente lo atraviesa con una grosería sin filtros; uno piensa demasiado y el otro no piensa en absoluto, pero los dos actúan al margen de la ley y desconfían, cada uno a su manera, del orden que los rodea.

En Carvalho hay una desazón intelectual: el convencimiento de que las utopías han fracasado y de que la cultura misma ha quedado bajo sospecha; en Torrente, en cambio, no hay duelo, sino una forma de supervivencia casi instintiva de quien no lamenta la pérdida de ningún ideal porque nunca creyó en ellos. No obstante, en ambos se percibe un mismo reflejo: el de una sociedad que ha cambiado más rápido en sus formas que en sus inercias.

Quizá por eso los dos resulten profundamente españoles, aunque sería un error verlos sólo como estereotipos. El primero sería algo así como un defraudado ilustrado y el otro, un frustrado visceral, habitando cada uno según su lógica el espacio de una desilusión colectiva que se convierte en existencial. En los años 1980 circulaba una pintada que condensaba, con humor negro, ese estado de ánimo: “Contra Franco vivíamos mejor”.

Era una provocación, pero también una melancolía: no de nostalgia real sino de sensación de fiasco ante una democracia que no cumplía sus promesas. Carvalho y Torrente podrían leerse como variaciones de esa misma frase en la medida en que, cada uno a su manera, parecen moverse en un mundo en el que ya no creen y al que, sin embargo, siguen perteneciendo, como dos caras de una misma moneda: la de un país que aprendió a proyectarse —a veces con sarcasmo, a veces con risa gruesa— en el espejo deformante de sus propias contradicciones.

REFERENCIAS:

NOVELAS: 

El autor Manuel Vázquez Montalbán.

Manuel Vázquez Montalbán – Serie Pepe Carvalho

He aquí una selección muy subjetiva, que ilustra el paso de la crítica política al hastío vivencial:

  • Yo maté a Kennedy, 1972.
  • Los mares del Sur, 1979.
  • Asesinato en el Comité Central, 1981.
  • El delantero centro fue asesinado al atardecer, 1988.
  • Sabotaje olímpico, 1993.
  • Milenio Carvalho, 2004, póstuma.

*Todas publicadas por Editorial Planeta.

 

CINE: Santiago Segura – Saga Torrente

Películas poco atractivas para un cinéfilo, pero elocuentes, desde el exceso cómico como síntoma social:

  • Torrente, el brazo tonto de la ley, 1998.
  • Torrente 2: Misión en Marbella, 2001.
  • Torrente 3: El protector, 2005.
  • Torrente 4: Lethal Crisis, 2011.
  • Torrente 5: Operación Eurovegas, 2014.

 

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